Una Andalucía con ‘VOX y voto’ dice ‘no es no’ a Susana Díaz

Crónica a medias costumbrista de la jornada de resaca postelectoral

Andalucía ha amanecido trazando albores -albores de esperanzas- en este lunes de resaca postelectoral. Al alba – al quijotesco alba sería- una oxigenación de sonrisas y desgarros se mezclaba en extraño maridaje. Extraño por inédito. Extraño por inusual. Extraño por novísimo. Extraño por virginal para los ciudadanos menores de cuarenta y tantos años.

Amanece el renacimiento de otra forma de proceder. Se han resquebrajado de sopetón las cadenas de un derecho adquirido: el de la poltrona vitalicia según la compra de voluntades de miles de estómagos agradecidos. La palabra alternancia ahora se acuña en el figurado diccionario de San Telmo. Y sucede como si el concepto democrático-bajoandaluz sentara plaza sobre el grito -rebelde con causa- de mucha gente enfurecida con los mil demonios de la red clientelar que perpetúan el cortijo particular. A favor de unas siglas.

Readaptando la letrilla de las sevillanas de El Pali, certificamos que los andaluces han cogido el azul para el color de su cielo. El azul de una derecha ideológica que regenere toda la ilusión marchita amasada por tantas sucesivas generaciones de hijos de la blanca y verde que durante las últimas décadas jamás visualizaron luz al término del túnel: pesimismo fundamentado.

Este lunes 3 de diciembre las calles han despertado con un desperezo diferente. Parece que los comicios de nuestro Sur han clavado la punta de lanza en el telón de Aquiles de aquel apoltronamiento socialista ya chorreante de inmovilismo y corruptela. Lo dejó escrito Rabindranath Tagore: El arco susurra a la flecha antes de lanzarla: “Me debes tu libertad”. Y así ha ocurrido precisamente al menos en cuanto a la sensación de pluralidad que cunde por doquier.

El preclaro periodista Carlos Luis Álvarez ‘Cándido’ subrayó en cierta ocasión que “el temor a perder el poder es la angustia del ser”. Angustia harto agónica de rosa que se desangra. Angustia de otra (incorrecta) veleidad: la de fallidamente creernos eternos en el uso y el abuso de la presidencia -cualquiera que fuese-. Antaño – de un tiempo a esta parte- el inconformismo de los andaluces se traducía en silencio y resignación. Pero la mudez también se venga en plato frío. Tan helado como la cristalera de unas urnas con ansias de liberación.

Las prolongadas estancias en la perpetuación del despacho presidencial acarrea una permuta (insondable): la del canto de sirenas por los arrecifes, la del encantamiento por el peligro a babor. La del servicio público por la irredenta soberbia. Susana Díaz se ha envuelto en la toalla de su intimidad (chusca y felina). Desandando aquellos primigenios pasos de Felipe González cuando, pongamos que hablamos de los años 1981 y 1982, viajaba con frecuencia a Alemania -es un poner ilustrativo- no sólo a la búsqueda de apoyos sino también de ideas generales. Y ya asumimos que donde se adquiere una idea general también se adquiere una virtud.

La de la apertura de miras, por ejemplo. ¿Prescindir de lo inmutable es un rebajamiento ideológico? No necesariamente. Baste con escrutar el trayecto inverso entre el humanismo de Marx y la sonrisa (ladeada) de la socialdemocracia. Susana no ha sabido cristalizar el revisionismo del mensaje de la izquierda. Para abatimiento de miles de votos fijos de cuanto entonces. Incluso ha minusvalorado el ahora cacareado centrum mundi de la democracia española. Laxa visión estratégica.

En este versátil y bursátil siglo XXI la ideología ha perdido furor frente al fulgor de la persona. Tan es así que determinados postulados socialistas suenan a chacota en la confrontación teoría-realidad. Susana Díaz ha reescrito un liderazgo por defecto, crepuscular. Descensus ad inferos. Desaprovechando el hito de su posición -el baile de salón parlamentario- para no conjugar el verbo constitucionalizar. En presente de indicativo o en futuro perfecto.

Sin embargo se ha limitado a tensar el rictus de su rostro en la comparecencia de la derrota. Para vomitar el manido dialecto del supremacismo moral. Ella y sólo ella cuenta con la potestad de dirimir bienaventuranzas y sacrilegios en el escrutinio del jardín del Bien y del Mal. Los suyos votantes han de permanecer alertas ante los nefandos votantes de VOX, pongamos por caso. Maniquea polaridad antideportiva de la aceptación -rutinaria- de un fracaso considerado de parte a parte histórico.

Pestilencia desprende el prejuicio sobre las intencionalidades de un partido que ha irrumpido con legalidad en el fragmentado escenario del Parlamento Andaluz. Si VOX fuese anticonstitucional, hubiese sido de inmediato ilegalizado. La Ley de Partidos también cumple a rajatabla su labor de filtro. ¿Por qué los socialistas pueden pactar con partidos independientes y el PP no con el partido en el que milita Ortega Lara? Se trata de una pregunta que aglutina el envés subjetivo de la vara se medir. En política subversión no calza con pataleta.

Susana Díaz no quiere admitir que el crecimiento del partido de Santiago Abascal ha vapuleado todos los pronósticos. Por mucho que silencie los cuatro postulados primordiales de esta nueva formación, a saber: centralismo, inmigración, supresión de la Ley de Violencia de Género y rebaja del IRPF. Tampoco atisba el posible juego de dobles parejas en el que puede incurrir la derecha.

No hay peor ciega que aquella que se niegue a ver lo frontalmente visible: vale decir: que, como señala Ana Rosa Quintana, “hay muchas personas desencantadas, decepcionadas, que se sientan españoles” y que han encontrado en VOX la calcomanía de su dermis política. De sus aspiraciones sociales. La solución inmediata al pulso y púa de sus controversias (también económicas).

¿Acaso no atisba la líder socialista que en Europa la ultraderecha está siendo votada y respaldada por las clases populares? Como antídoto contra el buenismo y la corrupción política. Andalucía ha dicho ‘no es no’ a Susana Díaz. El match point de nuestro destino profesional – la política lo es como gestión de la vocación de servicio- puede ganarnos la partida en cualquier segundo. In ictu oculi. En un abrir y cerrar de ojos. Y ya para los restos de la vida.