Recordando a Manolo Mesa, Manolito del Huerto

Remembranza de un jerezano inolvidable por su nobleza y bondad

Los muertos encarnan la antítesis del amor desposeído. Cuanto más muertos en tiempo, más arraigados a los asideros de nuestros dependientes afectos. Ni los muertos son víctimas de la vida ni los vivos –tránsfugos de ausencias- somos victimarios de la muerte. La derrota de la Parca –cuanto menos frente al corolario cofradiero- consiste en la evaporación (reciclada) del malhadado olvido. Los cofrades recuerdan a las duras y a las maduras. Martillos pilones. Hasta los hermanos difuntos –erre que erre- procesionan en el libro de ídem cuando la cofradía crece en hieratismo y altos capirotes. Verbigracia: Manolo Mesa, Manolito del Huerto. Otro muerto vivísimo. No apelaremos a entrecomillados de Galeno de Pérgamo. Ni de Erina de Telos. Ni de Jantipa.

Para retrotraernos a Manolito Mesa tampoco asignaremos interludios sensitivos a la mera nostalgia. Basta con nombrar toda la familia de palabras del concepto primigenio de nobleza. Y de bondad. Manolito fue un catedrático en periodismo por su afán comunicativo, por su lenguaje castizo y universal a la misma vez, por su dialecto de gestos explicativos y señalamientos al llavero del Xerez Deportivo.

En el codificado género de la mímica escénica, déjanos ahora, nuestro admirado Manolo, ficharte para un silogismo todavía no resuelto del todo en el ámbito de nuestra Semana Santa: aquella recreación orquestal de quien postula su cristianismo, de quien cristaliza su Fe, de quien patentiza sus creencias desde la eficacia de las obras y no desde la vocinglera charlatanería.

De ahí que sigas ejemplificando sin paliativos ni martingalas ni estridencias. Sí, tú, ángel custodio de Santo Domingo que de nuevo caminas sobre las aguas de la verdad y la verdad –qué vamos ahora a descubrirte- nos hace libres a pesar de los pesares. ¿Quién no te recuerda? ¿Quién es capaz de olvidarte? Si incluso hasta la ciudad puso una calle en tu nombre. Sigues existiendo. Continuamos reflejándonos en la luna de tu ancha categoría personal. En la verosímil estela de la amistad sin costuras. En el valor incalculable e intransferible de la dimensión y del alcance de tus silencios. Silencios de un muerto muy vivo.