Un bebé resiste 35 horas sepultado bajo un edificio de 10 pisos

La cuna protegió milagrosamente a este superviviente de 11 meses

En Nochevieja, el bebé Vanya resistió 35 horas bajo el edificio de 10 pisos que lo sepultó por entero y que mató a 39 personas. La cuna le protegió y, guiado por su padre disfrazado de gruista, un bombero le salvó: “Corté el suelo y vi la cara de un bebé”, cuenta. Fue el momento culmen de un capítulo de tensión y luz, de horror y salvación, de muerte y vida.

Parece -por entero- un relato escrito por ángeles. Para lección de los humanos. Olga Fokina se echó a dormir con su hijo mayor, de tres años, en el sofá de su casa. Con la puerta del dormitorio entreabierta, pensó que estaba lo suficientemente cerca del más pequeño, Iván, de 11 meses, al que llaman por su diminutivo en ruso, Vanya, para sentir si lloraba. Todo parecía controlado.

Todo sucedía con normalidad. Sin ningún sobresalto. Pero Olga desconocía cuanto se avecinaba. Que un derrumbe iba a tragarse a su bebé. Y así sucedió. De un modo estrepitoso. Sin saber que 35 horas después volvería a sus manos en forma de milagro. De auténtico y verdadero milagro. Era el ultimo día del año en la nevada ciudad rusa de Magnitogorsk. Sonó un estruendo, un chasquido y el edificio de 10 pisos, en el número 164 de la avenida Karl Marx, se partió por la mitad.

La causa no está clara. Al menos no del todo. Dicen que la causa respondió a una explosión de gas. 35 apartamentos fueron engullidos en pocos segundos, aplastando muros, muebles y personas en un acordeón mortal de hierros y polvo gris. Olga, de 31 años, tuvo tiempo de enganchar al primogénito y ponerse a salvo. Mientras la sacaban, gritaba que el más pequeño había quedado atrás.

Todo parecía, en un segundo, casi los últimos días de una Pompeya del siglo XXI. Sobre las ruinas cayó la noche, como un grito seco y oscuro, y empezó una carrera desesperada contra los escombros, el frío y el riesgo de otro derrumbe. Durante aquella noche sacaron en camilla varios cadáveres. Magnitogorsk, una ciudad industrial en el extremo sur de los Urales (a 1.500 kilómetros al este de Moscú), amanecía con las esperanzas bajo mínimos.

Piotr Grichenko es un rescatista curtido en mil desastres. Profesional de lo suyo. Lleva el pelo cortado a lo cepillo, muy recto, y esconde su timidez bajo un casco naranja. No es indeciso: simplemente tímido. Forma parte del dispositivo de rescate desde casi el primer momento. Él no lo sabe -lo desconoce de ras a ras- pero infiltrado entre los rescatistas está el padre del bebé, Evgeny Fotkin, un maquinista que no estaba en casa la aciaga noche porque -paradojas del destino- le tocó suplir a un compañero.

Es el hombre que, al amanecer el segundo día, le guiará hasta la zona donde ha de estar la cuna del niño. En un primer momento no le han dejado pasar. Tampoco se sabe a ciencia cierta el porqué. Pero las cosas son como tienen que ser: se ha puesto un mono de trabajo que le sirve para hacerse pasar por un operador de grúa. Al pie del desastre, como uno más. En redes sociales ha dejado escrito un mensaje para su pequeño: “Aguanta un poco, de verdad te necesito. Tenemos muchas cosas que hacer juntos todavía”.

Estremecedoras palabras. Un signo de esperanza. Una llamada al cielo. Un grito en lo hondo, que adentro se queda. Amanece, que en efecto no es poco. Ha amanecido, y entre las paredes aplastadas aparece el sofá de su casa. Evgeny sabe que detrás, en algún sitio, hay una cuna. Y que dentro, para bien o para mal, está su hijo Iván. “Vamos a buscar por esta zona, porque el niño está aquí”, pide a los fornidos operarios del Ministerio de Emergencias. La suerte estaba echada. Lo que haya sucedido… tiene su estrella para bien o para mal. La incertidumbre es entonces creciente.

Todo se juega a una carta. ¿La del azar? Los perros no huelen nada. Las autoridades barajan suspender la búsqueda para no arriesgar más vidas. Evgeni ayuda a retirar trastos, pero se oye una orden dando el alto. Otro equipo está intentando acceder desde el patio -la movilidad es una constante- y en zona de riesgo de derrumbe no pueden actuar dos brigadas a la vez. ¿Se da todo por perdido?

No. Suma y sigue la búsqueda. El rastreo. Los equipos trabajan en silencio sepulcral para captar cualquier quejido, pero la montaña de cascotes está silenciosa como una cripta. Casi como un sepulcro. Impotente y angustiado, casi a la desesperada, Evgeny se retira un momento de la escena a rellenar documentos. Pero antes da su teléfono a los equipos de emergencia.

Si hay noticias -buenas o malas- le llamarán. “Nunca perdimos la esperanza”, explica el padre de la criatura. “Yo sabía que las cosas estaban muy difíciles, las temperaturas eran muy bajas incluso para mí, estaba congelado tras llevar una hora trabajando en la calle, no quería ni pensar en lo que estaría pasando el pequeño”. Pero la llamada surgió. Y el milagro se obró.