Puigdemont teme que su comida esté envenenada

De un tiempo a esta parte se ha convertido en un maníaco de su seguridad

¿Ve fantasmas donde no los hay? La estabilidad -digámoslo así- nunca fue la característica de Carles Puigdemont. Colérico y bipolar, ambas conductas a la misma vez, el expresidente de la Generalitat siembra el desconcierto y una cierta o agobiante sensación de caos –de todas a todas- en sus equipos de trabajo.

De un tiempo a esta parte sus más estrechos colaboradores le han puesto el apodo de «Maniac Mansion» a su residencia en Waterloo, por sus constantes crisis y desconfianzas. Un castillo lleno de apariciones mentales. Ahora aparece algo más relleno, más orondo, más entrado en carnes.

Uno de los últimos debates que sus imágenes -sus imágenes físicas- desde Bélgica han generado es si había engordado. La cuestión puede parecer baladí. Pero no lo es en absoluto. Ni de lejos. Lo que de entrada podría parecer una cuestión frívola tiene sin embargo una respuesta más grave. Bastante más grave. Ciertamente es así…

Porque si se le ve más lleno -o relleno- no es porque calme la nostalgia de su tierra comiendo demasiado – que también podría ser una cuestión legítima-, sino porque en su última paranoia -en su última obsesión psicológica- cree que quieren asesinarle. ¿Manía persecutoria?

Sus personas de máxima confianza aseguran que sale muy poco -apenas nada- de Maniac Mansion y que cuando sale -de higos a brevas- lo hace provisto de un chaleco antibalas. Tal como se lee. Y que por esta razón, únicamente por esta sencilla razón, aparece más rechoncho en los retratos.  «¡No está gordo, está loco!», exclama uno de los habituales de Waterloo, harto de los desvaríos de su jefe.

Puigdemont, en el fondo, no respira tranquilidad. Ha tendido siempre a creer en teorías de la conspiración y en la brujería, afición que comparte con su esposa, Marcela Topor. De modo que ambos andan al mismo ritmo. Al poco de fugarse creyó durante algunos meses que el gobierno belga y el español estaban trabajando secretamente para activar su extradición por sorpresa con el objetivo de pillarle desprevenido y que no pudiera defenderse. ¿Otra paranoia? ¿La enésima?

Lo que viene a continuación parece un esperpento. La cosa va a más. Porque sus miedos no se limitan a los sicarios sino también -ojo al dato- a morir envenenado. Sucedió el último domingo de 2018: en la habitual «happy hour» en la que sale al jardín a saludar a los que han ido a visitarlo desde España, unos admiradores quisieron obsequiarle con una caja de los famosos pastelitos de Rasquera, comprados en la célebre pastelería Piñol Puig de este pueblo de la provincia de Tarragona…

Por no parecer inelegante, por no parecer borde, por no parecer chusco y no despreciar el regalo, abrió la caja pero en lugar de comerse uno, los ofreció a los agentes que se ocupan de su seguridad, por ver si contenían algún tipo de veneno. «Al ser tan dulces», le dijo a uno de sus colaboradores, «es más fácil que el veneno no se note». Juzgue el lector mismo.

En efecto, no hay constancia de que los mossos que pudieron morir envenenados por los dulces de Rasquera se hayan rebelado contra Puigdemont, ni siquiera de que sepan que su jefe les expuso a este peligro, pero nadie en Maniac Mansion confía en la cordura del que hace un año veían como al líder indiscutible que encarnaba la épica de los que querían una Cataluña independiente. Algunos creen que se ha vuelto loco. Y no en la colina precisamente.