“Si has sido víctima de maltrato psicológico, no denuncies”

Carta de una mujer que sufrió insultos y faltas de respeto continuas durante veinte años de matrimonio

Dicen que no hay peor violencia que la que agrede al corazón día tras día, haciéndolo cada vez más vulnerable, convirtiendo lo extraordinario de un grito, un insulto o una falta de respeto, en lo cotidiano. Este es el caso de una jerezana, madre de dos niños adolescentes, que tras veinte años de matrimonio decidió poner fin al mismo, y así a dos décadas de sentirse infravalorada por su pareja. Decidió denunciar por sentirse víctima de maltrato psicológico con el apoyo de sus hijos, quienes la alientan a seguir adelante a pesar de su intención de retirarse del caso. Sin embargo, lo llamativo de todo esto es lo que está sufriendo en el juicio para demostrar que pasó lo que nunca debió pasar, que fue tratada como un objeto, como basura.

No vamos a desvelar su identidad para salvaguardar su seguridad, pero podemos llamarla “María”, una mujer que creyó que lo que recibía a diario era amor cuando se trataba de algo bien distinto, y es que hablamos de sometimiento y de degradación de la persona, hasta tal punto de ver normal decir al juez que vestía de forma recatada y que era mujer de su casa, como si serlo o no serlo, como si vestir con cuello alto o no hacerlo, fueran ápice para recibir descalificaciones.

María busca que se haga justicia, pero no las tiene todas consigo, no haber denunciado nunca las situaciones que sufría a diario es un handicap para alcanzar un veredicto favorable. Tiene que demostrar cada acto, cada insulto, cada vez que le decían que no valía para nada. María se siente sola, pero sus hijos están ahí, testificando la realidad de la convivencia diaria en la que han visto llorar a su madre en soledad, en la que han visto la destrucción de su ser, y como la flor de su alegría se marchitaba por cada día que pasaba.

En palabras a elMIRA.es nos remite su postura en contra de aquellas mujeres que aprovechándose de la actual Ley de Violencia de Género intentan dañar a sus ex-parejas, que sin haber realizado mal alguno son considerados agresores por el simple hecho de ser hombre, casos que crecen en número y que pueden afectar en su caso tras no haber dado parte hasta que quiso poner fin a una relación que le hacía vivir en la oscuridad de su ser. Este es el caso de María, quien nos ha remitido una carta donde expresa sus sentimientos ante la desventura del juicio. Deseamos que alcance justicia, por ella, y por todas las Marías.

Carta tras veinte años en la oscuridad 

“Después del informe forense de la UVIVG me he quedado noqueada. No sé  si tiene sentido lo que estoy haciendo. Te dicen que denuncies, que no te tienes que callar, pero luego, los hechos son muy difíciles de probar ¿Cómo explicas que hayas estado casada tanto tiempo con un hombre machista, egoísta, que no te comprende, ni te escucha, ni te abraza, ni te consuela, ni te mima, ni te cura, ni te besa, te ignora, te avasalla, te hunde en la miseria, te critica, te culpa, te obliga, te exige… ¿cómo? No paro de pensar: ¿Cómo lo explico? ¿Cómo hacer que me entiendan? Cómo y por qué. ¿Por qué denuncio? Ni yo misma lo sé”.

“Creía que la denuncia me iba a ayudar a poner orden en mi vida. Buscaba que una sentencia favorable me aclarase si yo era una mujer que había sido maltratada. Yo, aún no lo sé, aún me culpo. Aún pienso que yo, con mi comportamiento sumiso, lo alenté”.

“Pero, es que yo, sentía que los dos éramos uno solo. Yo lo quería, a pesar de sus carencias. Es como cuando no te gusta algo de tu cuerpo, o hay algo de tu cuerpo que no funciona, está enfermo. Tratas de poner remedio, restringiendo aquello que te hace daño y potenciando lo que beneficia a tu organismo. Pues eso, él formaba parte de mi vida y si me provocaba dolor, ponía en marcha todo lo que estaba en mi mano para que todo se solucionara y el dolor desapareciese. Hacía todo lo que fuese necesario para que esa parte de mí (él) siguiera funcionando. Es así, creía que era una parte de mí. Así me lo inculcaron, te casas para toda la vida”.

“Pero la enfermedad puede avanzar, estancarse o desaparecer. En este caso la enfermedad pudo conmigo. Cada vez era más duro el sacrificio y cada vez duraban menos los momentos de placidez, de tranquilidad”.

“Tenía siempre miedo a que volviese el dolor. Estaba siempre alerta. No vivía tranquila. Era como tener la espada de Damocles sobre tu cabeza, no sabías qué iba a hacer, qué no le iba a gustar para que volcara toda su ira contra mí, o contra mi familia, mis hijos, siempre había algo”.

“Últimamente sólo le hacía feliz salir de copas, estar con amigos, disfrutar de un buen vino, de la comida que le gustaba, de los Gin Tonic (como digestivo..). Y yo, como una imbécil, se lo proporcionaba. Como si fuera un drogadicto, para que me dejara en paz. Pera ya, todo era insuficiente. Me acuerdo, su cumpleaños, le hice una fiesta sorpresa. Ese día me dijo: “eres una plana”. Se desahogó bien. Creía que iba a ser un cumpleaños más. Cuando vio la tarta y a todos sus amigos cantándole cumpleaños feliz, disfruté. Disfruté porque vi que sintió vergüenza, o por lo menos, vi que se dio cuenta de que de haber sabido lo que le tenía preparado, no me habría dicho tantas cosas. Al menos ese día. Lo habría hecho otro, daba igual. Más tarde o más temprano, llegaba el día en que tenía que herirme. Y tanto me hirió que tuve que ir a urgencias. Tenía que terminar con la situación. Tenía que extirpar esa parte de mí que me dañaba. Así lo sentía y así lo siento. Una parte de mí se ha ido y necesito un médico, alguien, un juez, alguien que me diga, le ponga nombre a esa enfermedad, a ese sufrimiento, a ese dolor por el que he tenido que pasar durante tantos años, poniendo paños calientes, remedios, pastillas… para que, al final, haya podido conmigo”.

“Necesito un diagnóstico, un veredicto, algo a lo que aferrarme, algo que me dé fuerzas para continuar, que dé sentido al vacío tan enorme que siento por dentro. Ese vacío que quiero que se convierta en alivio, descanso, paz y que no consigo. No lo consigo porque la enfermedad está ahí, acechando. Necesito a alguien que ponga un remedio efectivo, que intervenga para que esa enfermedad sea controlada, remita”.

“Solo deseo eso, una vida sana. Para ello necesito que alguien haga algo para que la enfermedad se debilite, no crezca”.

“Cada vez que crece, yo, me debilito. Es así. Sola no puedo, lo sé, por eso busqué ayuda. Pero es mentira. No hay ayuda. Es mentira. Estoy  sola. Lo sé. Soy yo y mis circunstancias. Desgraciadamente no es fácil de diagnosticar mi dolencia. Parece que he sido yo misma la que me la he causado y he de ser yo sola la que debo encontrar el antídoto”.

“Menos mal que al menos mis hijos saben que yo no lo provoqué. Ellos son los que me están animando a seguir buscando ayuda en la justicia. Yo, por mí, ya hubiese tirado la toalla. Lo hablé con ellos pero me dijeron que no. Mamá, NO, más oportunidades, no. Hay que demostrar la verdad. Es lo que ha pasado, ha pasado de verdad y no es justo que se quede todo como si no hubiese pasado nada, porque ha pasado. Son jóvenes y aún creen en la justicia. Yo, ya, no. Sé que no va a servir de nada. Todo va a quedar en nada. Y lo peor es que eso, va a hacer que la enfermedad avance. Lo sé. Así que estoy en manos de Dios y de la justicia”.

“La psicóloga me está empezando a preparar para un fallo desfavorable. ¡Qué injusto! ¡Qué pena siento! Pero si algo sé, es que luché con todas mis fuerzas para dominar la situación, para que todo pasara. Quiero que la pesadilla que estoy viviendo, pase a ser un simple sueño, me conformo con eso. Un simple sueño. No quiero un sueño feliz, mágico, no, sólo quiero dormir, dormir en paz”.

“Cada vez que iba al psicólogo o psiquiatra para explicarle mi situación y me decían que la solución era extirpar, separarme, me negaba, no concebía mi vida sin él. Me aferraba a la idea de que yo podría hacerlo cambiar, de hacerle razonar y así evitar la separación, la extirpación de esa parte de mí”.

“Me decían que tenía que quererme más a mí misma, que tenía que mirar por mí, que nadie iba a hacerlo por mí, y yo, no creía que eso fuese así. Si yo lo doy todo por los demás: ¿Tan poco valgo para que no merezca que la persona que quiero, me quiera? Si yo doy todo lo que tengo, todo lo que soy para que él esté bien y no está contento conmigo, es porque debo valer muy poco. Si la persona que me eligió como esposa, que se supone que está enamorada de mí, no ve nada bueno en mí, ¿quién lo va a ver? Y cada vez me hacía más pequeñita y me dedicaba a esforzarme más y más para que él viera algo en mí. Necesitaba su aprobación. Pero nunca la tenía. Siempre fallaba en algo. Así me siento. Incompleta”.

“Él ha hecho que me sienta una mierda, una inútil. Y ahora, que incluso veo que lucho, lucho por mis dos hijos. Todavía no veo que merezca ser querida”.