Mal de Ojo

No me venga usted ahora con que nunca ha oído hablar del “mal de ojo”

Aunque una buena parte de la sociedad crea que esta anomalía, la del mal de ojo, sólo existe en el imaginario individual de aquellas personas proclives a influencias exteriores, lo cierto es que hay evidencias de que ya en la cultura occidental del Medievo, tiempo de conjuros y brujas, el mal de ojo era un problema serio y tratado por especialistas en medicina. Y hoy, cuando la tecnología ha avanzado tanto, se ha pisado tierra de otros planetas y la información es tan rápida en moverse por las redes sociales que puede llegar al último rincón del mundo casi antes de que se produzca la noticia, resulta que en España, y mucho, se siguen practicando estos conjuros u oraciones medievales contra las energías negativas que parece arrastrar el mal de ojo.

Y créenlo, si no fuese porque en mi presencia he visto los efectos “curativos” que ha experimentado un bebe, para más señas, último de mi saga, después de rezarle una experta en mal de ojo, todavía podrían quedarme alguna duda de si semejante creencia popular tiene más de superstición que de certeza. Pero es que no, es que en carne propia, como la canción, hay días que parece que a uno mismo le han echado el fatídico mal de ojo, ya que sin motivo aparente, o sin noche de farra y vino por medio, te levantas con el cuerpo de jota, hecho un gancho, sin saber exactamente si despegarte de las sábanas o seguir hermanado con ellas. Eso sí, acurrucado o no, lo que si sientes circular por el interior de tus venas es un humor de perros y pocas ganas de palique. Vamos, es que ni de futbol siquiera, y menos ahora, después de lo de Croacia. Y a partir de ahí el día se te presenta tal que así… o sea, sin sutileza alguna por medio, como si te hubiese cagado la moscarda.

Pues todo y eso y más es lo que parece que a algunos nos está pasando últimamente. No damos una a derechas. Vamos, que tenemos un mal de ojo encima de mil narices. Jo, es que algunos llevamos una temporadita que ya, ya. No es que yo ahora quiera recordarles a ustedes los tres mil pavos que pensé recobrar por el impuesto pagado en los trámites de la hipoteca, y que se fueron al carajo aun habiendo una sentencia del Supremo a mí favor.

No, no, mi mal de ojo arranca mucho antes; arranca hace unos años cuando a la hora de renovar mi viejo utilitario todo el mundo me recomendaba comprar uno de gasoil, ya que aunque su adquisición era más cara, con el tiempo quedaría amortizado con el precio del carburante. Y además, como también ejerzo de ecologista intermitente en mis ratos libres, me convencía el diagnóstico que los técnicos del momento certificaban sobre los carburantes y su contaminación atmosférica. O lo que era lo mismo, el gasoil de los vehículos emitía menos agentes contaminantes al espacio que la gasolina. Ha pasado el tiempo y ahora todo hace indicar lo contrario, y claro, o bien yo metí la pata en su momento, o alguien, con más cara que un elefante con paperas, quiere meter de nuevo la mano en los bolsillos de los sufridos contribuyentes con la argumentación de que el gasoil es la pócima infernal que destruye el mundo, y por tanto, para solucionar semejante veneno, con un impuestecillo de “na,” parece que todo puede quedar arreglado.

Pero miren por dónde mis penalidades parecen no acabar ahí, y nuevamente tengo que echar mano a la coincidencia del mal de ojo con lo que me está pasando, porque coincidiendo en que a mi vehículo, aquel de gasoil que me compré hace años, empezaban a fallarle los cojinetes, como a su dueño, la amortiguación y las bielas; o sea, que tenía artrosis total, hace unos meses decidí cambiarlo por uno nuevo. Lógicamente la decisión estaba clara, si el gasoil es más venenoso que los filetes de ternera engordados con clembuterol, mi nuevo utilitario sería de gasolina. Tal y como ha sido, pero ni con esas, señores y señoras, ahora, en ese “tótum revolútum” con que algunos parecen empeñados en presentarse cada día ante los contribuyentes para que no se den cuenta que detrás de cada palabra de seda hay un impuesto esperando, resulta que nuevamente parece que el mal de ojo ha ido a peor, ya que ahora no vale ni el gasoil ni la gasolina; todo lo que no sean coches eléctricos, que dicho sea de paso cuestan un 30% más que los tradicionales, no podrán circular a partir del 2050. Que así, a bote pronto, parece muy lejana la fecha, pero sepan ustedes que no hace tanto algunos hicimos la mili con veinte añitos y en suspiro, casi sin comerlo ni beberlo, nos hemos metimos en década septuagenaria.

Aun así, si he de serles sincero, aunque en un principio parezca que estamos hablando de una “peli” de Star Wars, suena tan sicodélico y futurista el mensaje que se propone a nuestro alrededor…todo tan eléctrico…todo tan maravilloso, que hasta las margaritas, como en el ideal hippy, crecerán en el capot de nuestros coches eléctricos. Cómo ustedes comprenderán tanta felicidad consigue ponerme ñoñas de emoción, sobre todo ahora, en que el recibo de la luz eléctrica en España es tan bajo…es tan bonito…

Sin embargo no hay que negar al modelo energético propuesto su encanto, y hasta sería perfecto si no se tuviese en cuenta que hoy en España un 22´5 % del consumo eléctrico procede de las denostadas centrales nucleares. Las que nadie quiere y todos aman, dependiendo del mensaje que toque soltar ese día a los incautos ciudadanos, y anular los carburantes, derivados del petróleo, para la automoción, según los técnicos en la materia, incrementarían el consumo eléctrico procedente de las plantas nucleares hasta un 33% como mínimo.

Pero como esto de eliminar en un corto plazo de tiempo los motores de combustión, ya digo, tiene su encanto, aunque parezca una idea original del equipo de gobierno, resulta que no lo es, ya que en media Europa empieza a estar de moda la misma idea, y cuando el río suena, agua lleva, y si esa agua conseguimos removerla un poco, hasta podrían aflorar algunos de estos idílicos motivos tan señeramente ecologista, pero con trasfondo comercial interesante e interesado, ya que en paralelo con el señuelo del Medio Ambiente.

Sin ir más lejos, después del accidente nuclear de Fukushima, tras el terremoto y tsunami de Japón de 2011, en que las centrales nucleares parecieron entrar en una larga travesía por el desierto, el mercado del uranio se hundió hasta alcanzar el ciclo más bajo de su historia, y ahora… ¡qué casualidad! coincidiendo con el anuncio que se están haciendo en algunos estados europeos, y últimamente el de España, de eliminar los combustibles fósiles de la automoción, vuelve la fiebre por el uranio. Y del uranio, como muchos de ustedes saben, procede el isótopo 235, que en fisión nuclear genera la energía del mismo nombre. Teniendo en cuenta, además, de que a la chita callando, en los últimos dos años se está produciendo el mayor crecimiento de energía nuclear en 25 años en Europa. Pero eso sí, hasta que toque denostar de nuevo la energía nuclear por los de siempre, todos tan contentos. Lo dicho, eso del mal de ojo cada día está haciendo más estragos en mi ánimo. Que por nadie pase.