Astapa, una resistencia indígena andaluza

La historia de un pueblo indígena andaluz que no reconocía la legitimidad romana

Cuando Iberia empezó a formar parte de Roma, las últimas ciudades y reductos indígenas y cartagineses iban enfrentándose a las legiones romanas con una resolución negativa. Entre ellas fue conquistada y derrotada Baecula, donde Asdrúbal Barca, cartaginés, tuvo que huir. El apoyo indígena andaluz a los cartagineses se vio mermado, tanto por las derrotas como por deponer las armas ante el poder romano.

Cerro Los Castellares en el término municipal de Herrera, Sevilla. Lugar, donde las últimas investigaciones, sitúan al antiguo asentamiento turdetano de Astapa. A la derecha, explanada donde acamparían las legiones. El singilis de por medio.

Iban cayendo una a una, las ciudades y tribus de la Turdetania simpatizantes en la lucha y resistencia de los cartagineses: Iliturgi, Cástulo, Ilipa, etc… Era la fecha de 206 A.C., setenta y tres años antes que lo de Numancia, Astapa (a 25 km al norte de Estepa) era un pueblo indígena andaluz que no reconocía la legitimidad republicana romana, así que se opuso al sometimiento de su población a las legiones de manera feroz, ya que se trataba de gente aguerrida, salvaje y muy peligrosa.

Ante esta situación, un oficial romano quiso darle un duro castigo a la población de Astapa. De un día para otro, a la mañana, los habitantes se encontraron como los romanos habían acampado al otro lado del río que circundaba su asentamiento.

Entonces se reunió el consejo de la tribu; decidieron enviar mensajeros para recabar apoyo de poblaciones cercanas, pero el Tribuno romano había conseguido que, gracias a la protección escarpada del terreno y a su ejército, aislar por completo a Astapa de algún apoyo exterior.

Los jefes valoraban que, poco realmente, disponían para frenar a las huestes republicanas; sólo unas murallas superables y su valentía con las armas. Entonces vieron una única salida, ya que alargar el asedio les traería problemas de abastecimiento alimentario, porque de agua disponían gracias a un arroyo cercano y, por otro lado, no tendrían dificultad los romanos en atravesar las lindes y penetrar en la población;  y por tanto dicha salida sería la de salir en tropel a darles un mordisco en su propio campamento y, mientras, los niños, ancianos y mujeres quedarían bajo la custodia de unos cincuenta jóvenes armados, más bien adolescentes. La consigna era clara y contundente: antes morir en batalla que rendirse y vivir humillados.

Cerro Los Castellares en el término municipal de Herrera, Sevilla

Entonces, las puertas se abrieron y los astepenses, llenos de rabia y furia corrieron hacia el campamento del tribuno de Escipión, creando unos grandes alaridos de guerra, ruido de armas y un gran jaleo. Tras la sorpresa y numerosas bajas de caballería e infantería romana, los turdetanos fueron eliminados hasta el punto de quedar un grupo rodeados completamente por legionarios, y algunos de aquellos miraron hacia la muralla de su Astapa, donde los jóvenes esperaban la señal, un leve movimiento de cabeza. Así, tras ser aniquilados los guerreros astapenses, los romanos fueron con rapidez hacia la ciudad para conseguir su botín, pero se quedaron petrificados y paralizados ante la escena que vieron; a los últimos jóvenes guerreros degollando a mujeres, ancianos y niños, arrojándolos a la pira de fuego junto con el oro, plata y objetos de valor y, tras ellos, se arrojaban al fuego antes de caer bajo las espadas romanas.

Los jóvenes habían ejecutado bien el mandato, la última orden de sus jefes guerreros; ‘no dejéis nada sobre lo que un enemigo salvaje pueda descargar su ira’.