Abbás Ibn Firnás, el genio y sabio de Ronda

En Al-Ándalus durante el siglo IX, hubo un hombre que voló por primera vez en la Historia

Si Europa es lo que es, se lo debe sobre todo a los intelectuales y sabios de Al-Ándalus que supieron traducir y transmitir todos los saberes grecolatinos, andalusíes, persas y babilónicos, y dárselos a Occidente.

Abbás Ibn Firnás fue un rondeño andalusí, nacido en el 810 d.C y que recaló en la corte califal de Córdoba, durante el reinado de Abderramán II (822-852) y Muhhamad I (852-886). Fue músico, poeta, astrónomo, físico, alquimista, inventor y filósofo. Él fue una figura renacentista, seis siglos antes del Renacimiento italiano y de Leonardo Da Vinci.

Le tocó vivir entre los siglos VIII y X, en el que los béticos y los de religión cristiana se encontraron destinados a convivir primero y, luego, a fusionarse con la cultura andalusí que crearan junto a los musulmanes y judíos. Esta situación da una idea de que pudo beber de las dos fuentes o sustratos.

Cultivó varias disciplinas del saber, tanto en el área de la investigación científica y técnica, como el de la creación literaria y musical, ya que incluso tocaba el laúd y componía melodías.

Ibn Hayyan, historiador y coétaneo en la corte califal, lo define de este modo; “Era sabio refinado, hábil filósofo, brillante poeta, astrólogo inspirado y veraz, sensato y penetrante en sus excelentes pensamientos, lleno de inventiva y capacidad de innovación”.

Como inventos, construyó la primera esfera armilar de la que se tiene referencia en Al-Ándalus; también realizó el primer reloj anafórico, construyendo la primera clepsidra de flujo constante provista de autómatas; y fue el primero que desarrolló en tierra andaluza la industria del vidrio a partir del mineral como el sodio o el potasio, cuya finalidad era la de reducir la temperatura de fusión. Representó el firmamento en una gran bóveda de cristal y lo colocó en su hogar;  por ello  y porque supo plasmar los astros, verse las nubes, también los relámpagos y truenos, se le considera el precursor de los planetarios actuales.

Inventó un artilugio para volar, siendo el primer ser humano en lograrlo. Un día de 875 en la Al-Rusafa, a tres kilómetros al noroeste de Córdoba, una colina rodeada de vegetación en la falda de la sierra. Se hizo un vestido de plumas de seda blanca, “añadiéndose unas alas de estructura calculada” según Ibn Hayyan, y con las que pudo volar un buen trecho y segundos, fracturándose las dos piernas al descender, porque al equipo le faltaba la cola. Hoy en día, se le tiene como el inventor del protoparacaídas y planeador.