Cuando algunos padres le quitan a sus hijos la magia de los Reyes Magos

Existe una actitud impresentable de descuido para con la ilusión del 6 de enero

Pongámonos en situación. Escribimos crítica televisiva. Un género sobre el que también recae un plus de responsabilidad social. La crítica televisiva, como la cinematográfica, precisa de un cierto discernimiento ensayístico. La caja tonta influye sobremanera en posturas conductuales de masas. Se trata de un poder mediático de inmediata influencia.

La televisión destruye intelectos y también construye inteligencias. Depende el programa y la línea editorial. A menudo el errático concepto del entretenimiento no tiene por qué justificarlo todo. Aunque los índices de audiencia suman adictos y adeptos al alza. En televisión no necesariamente lo numérico es directamente proporcional a lo cualitativo. O, por precisarlo de un modo más contemporáneo, a lo educativo.

No podemos obviar que algunos programas reflejan la realidad de la calle. Y entiéndase aquí la realidad como un trasunto del palpitar y del pensamiento de la gente corriente y moliente. En este sentido la pequeña pantalla suele traducir conductas que alarman a bote pronto. Es cuanto ha sucedido en un programa de tertulia televisiva de modesto alcance. Nos ahorramos especificar el canal porque importa sobre todo el mensaje genérico.

Nos ponemos en situación. Un debate o una mesa redonda en televisión. Los participantes charlan y charlan sin tampoco demasiada telegenia. Personas del procomún abordan las características singulares de las Navidades más personales. De los pros y los contras. Cada cual cuenta las Pascuas según le va. Según la conciban. Según les guste más o menos. Hasta que salta la alarma…

Hasta que salta una alarma digna de reseña. Por la boca muere el pez. Una de las participantes en la tertulia, madre de hijos aún pequeños, confiesa que no realiza el más mínimo esfuerzo por conservar la magia de la ilusión de la existencia de los Reyes Magos para con sus hijos. Aduce que tarde o temprano los chicos sabrán una realidad difícil de esconder. Para echarse las manos a la cabeza. Para denunciar de inmediato una actitud que debería estar -simbólicamente hablando- penalizada.

¿Quién es nadie para cercenar antes de tiempo la magia de una verdad que algunos quieren vender como mentira? Por comodidad materna, por flojera paterna, por pusilanimidad educativa nunca ha de cortarse de raíz todas las conjugaciones del verbo ilusionar. El comentario de la señora en televisión no es sino un signo de tan generalizado comportamiento en más padres de lo imaginable.

Existen los Reyes Magos y existe asimismo el espíritu de sus Majestades de Oriente. El paraíso infantil que siempre llevamos dentro, la generosidad para con el otro, el amor en la alegría del prójimo, la valoración y valorización de la unidad familiar, la sagrada costumbre del mantenimiento de la tradición. Etcétera.

No únicamente se araña una verdad incólume, no sólo se realiza un acto de injusticia para con los hijos, sino que además nos erigimos en dueños y señores -en dueñas y señoras- de una decisión que no nos corresponde. La magia y la ilusión de los Reyes Magos es una obligación -per se- de los progenitores. Lo contrario es inadmisible. La tertulia televisiva que nos ocupa es la muestra de un botón. De un botón que jamás debe desabrochar el supremo milagro de la inocencia que encierra la sonrisa de un niño.