lunes 29/11/21
Cofrade

Viernes de Dolores: tradición de Virgen pálida

Viernes de Dolores: tradición de Virgen pálida

Jornada de rancio abolengo con inminencia de vísperas

La víspera de la Semana Santa encuentra su más cenital significación en el Viernes de Dolores, jornada elegante donde todo adquiere una textura antigua.

Sobre el Viernes de Dolores no se ha cernido la modernidad. Porque prima el hieratismo del rancio abolengo. El Viernes de Dolores es inminencia de rito de tías abuelas e inmanencia de extrapolación de devociones marianas.

El Viernes de Dolores ya es realidad anticipada del Domingo de Ramos. Todo se ha consumado en las Casas de Hermandad, que permanecen vacías de tesoros patrimoniales e incluso de burocracia administrativa.

El Viernes de Dolores es el pomo de la puerta que abre el acceso a los días santos. Algo así como una esterilla de entrada a lo divino.

La ciudad luce en todo su esplendor. Así la concebimos siempre. Sin potencial de altares de insignias y pasos montados en las distintas capillas.

Este Viernes de Dolores es la antítesis espacial de su habitual concepción: porque ni las calles están repletas de nervios andantes, con inquietud de impaciencias en los rostros de los cofrades ni tampoco los pasos siquiera comenzaron a alzarse en la verticalidad de su máximo esplendor.

Este Viernes de Dolores de 2020 no es la deconstrucción de su morfología espiritual. Porque el Viernes de Dolores se expresa por lo común desde la interioridad del yo.

No son horas de jolgorio ni de algarabía. No son horas de trajines ni de pulsión de mentideros. No son horas de tertulias en alta voz. No son horas de prisas previsoras…

El Viernes de Dolores se arropa con el abrigo negro de aquella bisabuela que jamás conociste. La mujer católica del Jerez de entonces que con su más austero collar de perlas se desplaza lentamente por el centro de la ciudad, entre la Plaza de las Angustias y la iglesia de San Dionisio, porque en dichos templos reduplicarían la paz del fuero interno.

Un trayecto de ida y vuelta con suprema grandeza de manos marianas que aguardan besos y renovaciones del rito.

Manos marianas de dos bellísimas Vírgenes de rostro pálido, como el color transido del dolor. La Virgen de las Angustias y la Virgen del Mayor Dolor. En besamanos.

Canto silente de un desgarro. Amargor maternal de contención sufriente. Aflicción incontinenti. Siete puñales de padecimiento en carne y hueso. Encarnadura del tormento. Excelencia del amor por el hijo muerto…

En otras iglesias las Hermandades celebran los últimos vía-crucis cuaresmales. Los mayordomos se afanan en concertar con los floristas la cita de la próxima semana, ya a pie de jarras, a pie de pasos, a pie ánforas. Los secretarios pasan a limpio los listados de la cofradía. Los diputados mayores de gobierno repasan las insignias del altar de ídem. Nada dejado a la improvisación. Ni siquiera al imponderable.

Viernes de Dolores: corazones con latidos gregorianos. 2020 atípico. Inédito. Imprevisto. Impredecible. Jerez no ha faltado a la cita con sus dos Vírgenes clásicas. No ha faltado en el rezo. No ha faltado en la plegaria. No ha faltado en la promesa. Pero cada cual desde su hogar. Desde el atrio de la reflexión interior. Desde el atrio de la meditación personal. Desde el atrio de la más viva que nunca Iglesia doméstica.

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