domingo. 26.06.2022

Cristina Pedroche: veredicto inocente

“Mataste un gato, Cristina, y te llamaron matagatos”

Mataste un gato y te llamaron matagatos. Cristina Pedroche no es paradigma de la humildad ni de la adustez. Ni de la bonhomía. La chica luce morros de egos subidos. Algo así como una Cleopatra del siglo XXI con perfil de virgen jónica. Pero tampoco es jarrón decorativo en el rincón de los rayos catódicos. Ante la cámara gasta desparpajo y consume la abstracción ajena de los minutos de audiencia. Tiene altura de miras aún cuando pisa descalza los platós de sus novelerías televisivas y televisadas…

Su carácter -¿plastificado de chuminadas?- puede antojarse pamplinoso en según qué vertientes del ojo crítico del televidente. Cada fin de año -ecuador profano de las Navidades- luce su no vestido, es decir, el despojamiento en pedrería de las vestiduras propias. Ella se sabe metáfora con pierna de actriz hollywoodense años cincuenta. Cuando la Rita Hayworth vestía el aire con un guante largo y negro como el brazo desnudo del imaginario popular.

Pedroche pulula entre el galimatías simpaticón y la risotada desprovista de énfasis dialéctico. Infantiliza la dentera de una sonrisa que atrae la fidelidad del mando a distancia. Es la negación externa de la atracción interna del macho ibérico en proceso de extinción. La pasión inconfesa de tantos confesos apasionados. La presentadora, muy ajena al inmovilismo y a la vagancia, curra y da palos al agua cada dos por tres. De modo que en el esfuerzo salva la apostura…

Sus fans callan -de cara a la galería- todas las condicionadas incondicionalidades. Sus detractores/as sin embargo vociferan críticas a diestro y siniestro. Sintomatología endrina de la España cañí. Pedroche nunca dice adiós porque prefiere el ‘Hola’ de todas las portadas. De todas las portadas, naturalmente, del colorín. Pero resulta que la niña se aprende los guiones al dedillo y domina la natural frescura de la improvisación: as de oros de la ganancia de la caja tonta. O no tanto.

Su listeza a veces se pasa de frenada. Pero no obstante a menudo también peca por exceso en la alumna inocentona que paga y protagoniza todas las sucesivas novatadas. En el jardín del bien y del mal, Cristina -¡siempre a lo suyo!- cuenta chistes a la luz roja que la enfoca. Y su fuero interno se hiperventila para solaz del coleto personal. Botafumeiro sin tampoco ánimo de molestar al respetable público.

Ahora el ojo avizor de la monomanía no la deja en paz ni a sol ni a sombra. Y acechan el instagram de la Pedroche para denunciar lo trivial. Dardo despuntado. Lo dicho: mató un gato y la tildaron de matagatos. Cualquier foto colgada propicia el chorreón del grito en el cielo.  Del grito de la turbamulta que confunde la gimnasia con la magnesia. Si Pedroche publica una foto haciendo el pino -vulgo: yoga- en el más difícil todavía de una postura que quizá disfrace alguna treta del equilibrio, ya las lenguas de vecindonas de la España profunda -falsamente posmoderna- vociferan nunca a la chita callando.

Ladran, luego cabalga la presentadora. De un grano de arena, montamos el coloso en llamas. Pedroche sabe leer, sabe entrevistar y sabe fotografiarse. Con la cabeza en el suelo para poner al mundo del revés. Las redes sociales han abierto la caja de pandora de la mirada del otro, de la otra. Para combatir la apostasía de las horas muertas. Y la centrifugación de la curiosidad desatada. Cuando la mirada de voyeur se permuta en crítica destructiva sin ton ni son, entonces florece uno de los pecados capitales hispanos: la envidia. Para los/las que la padecen, sesión de yoga al canto. Y a sudar (mala) adrenalina.

Cristina Pedroche: veredicto inocente
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