miércoles 25/5/22

Cuando el quejío reza

Glosa lírica a la saeta del Viernes Santo

Tomamos recado de escribir a raíz de unos textos prodigiosos suscritos en su azucarado día por el finísimo poeta y articulista Joaquín Romero Murube. De pasada se refiere a la saeta para mentar pulsiones como garganta, aliento y corazón. Episódicamente los entuertos de la tristeza provocan estados de fracaso beneficiadores para la expresividad de la hondura del alma. Cuando el silencio acampa sobre los alrededores de una cofradía de rigurosa penitencia surge de las entretelas del sentimiento un volcán de verdad hecho cante.

Si Angelita Iruela leyera estos parágrafos, ya mismito apagaría el micrófono de las ondas radiofónicas a fin de alzar la mano derecha a ninguna parte, afinar la garganta de un credo con letrilla por martinete y entornar los ojos de la sensibilidad para ni siquiera mirar a Quien Todo lo Ve.

Hablamos con conocimiento de pausa. Sí, de pausa de final de Semana Santa mientras la recogida del Duelo bajo palio amamanta la ilusión de la inminente impaciente espera. Hemos experimentado en carnes propias cómo las constantes vitales de la piedad popular de nuestro pueblo aceleraban sus puntiagudas trayectorias cuando la madrugada del Sábado Santo solía renacer desde la silueteada balconada de la voz prodigiosa, atronadoramente superdotada, quebradamente castiza, potencialmente inabarcable… de Ángel Vargas Vargas. Quién es tu hermano mayor, que tan bonita te lleva… Todas las penas son grandes pero como la tuya ninguna…

La calle Taxdirt centrifuga entonces los sudores del acabóse. Paralización del gozo colectivo inclusive. Ángel Vargas maximiza la mudez del lamento en voltios de auténtico fedatario. Como el secretario de la Junta de Oficiales de la expresividad de un pueblo que se sabe representado en las cuerdas vocales del orador aflamencado, del cantor de los códigos de la ley de Dios traducido al lenguaje populoso de nuestra más sintáctica y sintética oración élega, oración expansiva y extensiva, oración monocorde y polifónica, oración desgarradora, oración capaz de provocar escalofríos del costillar como un calambre por mandato divino. Serpentea el brazo casi al compás de la mecida corta del paso de la Virgen y Jerez dedica a las alturas del quejío un ole largo y acérrimo como surgido de los tácitos adentros de la muchedumbre.

A la dicción repentina de una llantina con factura verbalista, a la quebradura de la pena según a la abnegación de la callada por respuesta cuando precisamos el altavoz del amor filial, a la lectura del bando de la copla religiosa por antonomasia, a los duendes del jipío gitano, a los gritos de la tristeza, a la vocalización de la intimidad para entonces desatada, a la tribulación frente al martirio ajeno, a la clavazón de los iracundos cuchillos que taladran la indiferencia del hijo, a la naturalidad de cinco versos zarandeados por la naturalidad de la improvisación... A toda esta suerte de venturas bajo/andaluzas llamamos saeta.

Sí, saeta no como estrambote, no como declaración reductio ad adsurdum, no como banalidad de la sinrazón. Trasunto de cualquier amanecida de Viernes Santo a la altura de la calle Ancha, binomio de querencias con ojeras de contubernio afectivo, el rosario del pentagrama del compás del te quiero porque te quiero, hondura y duende, traslación a la rosa ensangrentada del corazón del cantaor, las rendijas de los memoriales del gozo… Saeta de la memoria. Saeta del Viernes Santo.

Cuando el quejío reza