La crisis de la vivienda en España, desde Madrid a Barcelona, pasando por Sevilla o Jerez de la Frontera, se acentúa aún más con el encarecimiento del alquiler, los precios de compra y la falta de oferta, ya no afecta solo a los jóvenes. Cada vez más personas mayores se ven obligadas a compartir vivienda porque sus pensiones no les permiten asumir un alquiler en solitario, especialmente cuando los ingresos están por debajo del Salario Mínimo Interprofesional.
Es la realidad que vive Tomasa, una jubilada de 70 años que reside en Móstoles y comparte habitación con otras tres personas. “Tuve que venirme a buscar una habitación porque no podía alquilar un piso. Mi pensión es de 650 euros, pago 250 de alquiler y vivo con tres personas”, relató a los compañeros de 'Herrera en COPE' en una entrevista que se ha hecho viral en redes sociales.
Debido a la baja pensión que se le ha quedado, una vez que paga el alquiler mensual, le quedan unos 400 euros al mes para afrontar todos los gastos, una cantidad con la que asegura llegar "muy justa" a final de mes. En ocasiones, reconoce que su alimentación se basa en productos básicos: "A veces ceno un bocadillo de mortadela, que está buenísima, y no pasa nada".
Una pensión que obliga a ajustar cada gasto al máximo
Este quebradero de cabeza para Tomasa no solo se basa en el precio del alquiler y en tener que compartir vivienda con tres personas. La subida de los precios también le afecta para ir al supermercado, obligándola a buscar siempre la opción más económica. Esta pensionista cuenta que adquiere la leche en el supermercado "más baratillo" y que, cuando se está acabando, la estira con un poco de agua para que dure más.
Básicos como el café, se han convertido en un pequeño lujo. Aun así, logra tomar alguno gracias a su colaboración con un centro cultural de mayores de Fuenlabrada, donde ayuda con tareas de limpieza y apoyo. "Limpio y estoy en el bar", comenta al periodista, y a cambio puede consumir algo allí.
Tampoco tiene vacaciones, pues forman parte de su realidad. En verano se conforma con ir a la piscina municipal, donde paga un euro, o refrescarse en casa. Son pequeños planes que sustituyen a los viajes que, admite, hoy son inasumibles.
Compartir piso para combatir la soledad
Al margen de estas dificultades económicas, compartir vivienda también tiene un componente emocional. Tomasa convive con una auxiliar de enfermería y dos jóvenes más, con quienes asegura haber creado una especie de "pequeña familia". Por las noches, cuando coinciden en casa, comparten conversaciones sobre el día a día. "Soy la psicóloga de la casa", bromea, contando cómo intenta animar a sus compañeros cuando llegan cansados del trabajo.
Después de haber pasado momentos difíciles en su vida, Tomasa tiene claro que no quiere vivir sola. Incluso ha rechazado la posibilidad de mudarse a una vivienda individual. "No me gusta vivir sola. Me deprime", comenta. Prefiere seguir compartiendo piso y mantener la compañía que, dice, hoy es tan importante como llegar a fin de mes.
Del "hay que buscarse las mañanas" de Tomasa son muchas las lecturas que se pueden sacar. Se la ve una mujer feliz, aunque su situación diste en demasía con la de una persona pensionista y jubilada al uso. El hecho de estar compartiendo piso a estas edades es algo que ella en ningún momento se lo imaginaba, "pero tienes que hacerte a ello". Pese a que asegure que "la vida te da muchas vueltas", la realidad es que ninguna persona que ha dedicado su vida a trabajar, ya sea en labores del hogar o de forma profesional, tenga que llegar a estos límites para no verse en la calle.
