miércoles 23/6/21

¿Por qué no somos empáticos con los demás?

¿Vagancia, egoísmo, indolencia?: un estudio tiene la respuesta

¿Por qué no somos empáticos con los demás?

¿Vagancia, egoísmo, indolencia?: un estudio tiene la respuesta

El hombre debería autoimponerse la obligación incluso moral de proyectar empatía hacia sus semejantes. Por beneficio propio y ajeno. Por ganancia de las relaciones interpersonales. Por divulgación del alto nivel comunicativo. Por humildad agradecida frente a la realidad circundante. Por aportación de un granito de arena humana e incluso humanitaria y hasta humanista. La empatía mueve montañas en el mundo o en el submundo de los afectos.

Hemos de considerar la empatía como el ábrete sésamo del éxito de la civilización en la que todos nos encontramos inmersos por propia ley natural. En la conformación de la comunidad, en la praxis de la cooperación, en la síntesis de la negociación, la empatía es -habrá de ser, debería ser- condición sin qua non. Sin embargo la evidencia palpable demuestra que no es así. Que nanai de la china, que ni hablar del peluquín…

Que no. Que los hombres, los humanos, no nos mostramos afectivos. No: no lo somos con nuestros congéneres. Con nuestro círculo vital común. Sólo lo somos -y no siempre- con las personas que amamos. Y asimismo -quizá por tendencia estratégica de supervivencia del yo más acomodaticio- con aquellos con los que -para nuestro contento y para nuestro descontento- tenemos la obligación de convivir. Pura sensatez esta última opcionalidad.

Los interrogantes se abren en tropel. Y se cincelan -metafóricamente- en troquel. Ya hemos dicho que la empatía es un método de supervivencia. Lo es en grado sumo. Entonces y, por ende, ¿por qué no somos más empáticos? Y, en idéntica derechura, si abundan -afortunadamente- donaciones a caridad o/y aportaciones en aras de la fraternidad mundial, de la solidaridad internacional, ¿por qué no estilamos la empatía como personal modus operandi?

No lo hacemos. Y quizá por esta razón continúa existiendo la confrontación entre iguales. La lucha de contrarios entre los humanos. Y no aludimos por entero a los más o menos subrepticios intereses gubernamentales y, sobre todo, económicos. Porque, tales pulsiones al margen, la humanidad no es empática. Un estudio hecho público por la Asociación Estadounidense de Psicología ha llegado a una conclusión de veras interesante acerca del porqué las personas no se ponen en el lugar del otro con más frecuencia.

"Mucha gente supone comúnmente que las personas reprimen los sentimientos de empatía porque podrían ser deprimentes o costosos, como hacer donaciones a organizaciones benéficas", explica el investigador principal, el doctor C. Daryl Cameron. "Pero descubrimos que la razón principal es que las personas no quieren hacer el esfuerzo mental de sentir empatía hacia los demás, incluso cuando se trata de emociones positivas".

Los investigadores diseñaron una "tarea selectiva de empatía" para probar si los costes cognitivos o el esfuerzo mental podrían disuadir la empatía. Durante una serie de ensayos, los investigadores usaron dos mazos de tarjetas que mostraban fotos sombrías de niños refugiados. No fueron tarjetas elegidas al azar ni al buen tuntún.

El método resultó todo un éxito. Para un mazo, se les dijo a los participantes que describieran las características físicas de la persona de la tarjeta. Para la otra cubierta, se les dijo que trataran de sentir empatía por la persona en la foto y que pensaran en lo que esa persona estaba sintiendo. Cada participante podía elegir libremente de cada mazo en cada prueba.

Pues bien: en todos los experimentos, los participantes eligieron mostrar empatía solo un 35% de las veces, evidenciando una fuerte preferencia por el mazo que no requería empatía. ¿Egoísmo, vagancia, indolencia fraternal? En algunos experimentos adicionales, los investigadores utilizaron plataformas que mostraban imágenes de personas tristes o sonrientes. Cuando se les daba la opción de elegir entre las cubiertas, los participantes seleccionaban constantemente las cubiertas que no requerían empatía, incluso entre el grupo de fotos de personas felices.

"Observamos una fuerte preferencia por evitar la empatía incluso cuando alguien expresaba alegría", reconoce Cameron. Para evitar sesgos, a nadie se le pidió que donara tiempo o dinero para ayudar a los niños refugiados o cualquier otra persona. En las preguntas de la encuesta, después de cada experimento, la mayoría de los participantes reconoció que la empatía suponía mayor desafío, desde el punto de vista cognitivo, porque requería más esfuerzo que simplemente describir las características físicas de otras personas.

Los participantes que más evitaban la empatía durante el experimento, reconocían también que la empatía supone una exigencia, o bien se sentían inseguros, irritados o angustiados ante la idea de experimentarla. Una tarea que requería un esfuerzo. Un plus de entrega. Un sumando sin aparente beneficio propio. Una antítesis del pro domo sua.

La duda consistente en si se puede o no se puede manipular la empatía abre un interesante signo de interrogación. Los participantes a los que se les dijo que poseían habilidades de empatía tenían más probabilidades de seleccionar cartas de la baraja de empatía, y también afirmaron después que la empatía requería menos esfuerzo mental. La conclusión es clara: los costes cognitivos de la empatía podrían hacer que las personas la eviten, pero podría ser posible aumentar la empatía a través del refuerzo positivo.

"Si podemos cambiar las motivaciones de las personas para ser más empáticos, eso podría ser una buena noticia para la sociedad en general", concreta el investigador. "Podría alentar a las personas a comunicarse con grupos que necesitan ayuda, como los inmigrantes, los refugiados y las víctimas de desastres naturales".

¿Por qué no somos empáticos con los demás?