miércoles. 06.07.2022

Otro indulto en Sanlúcar

Morante, El Juli y Roca Rey hicieron pasar una tarde agradable al lado del Guadalquivir

Plaza de toros de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), 28 de mayo de 2017. Corrida de la Feria de la Manzanilla 2017. Cielo con marañas que evolucionan a nublados y brisa poniente suave. Lleno. Ameniza la Banda de Música “Julián Cerdán”.

Se lidiaron siete toros de Zalduendo, con pesos entre 501 y 511 kilos; con carnes pero sin cara en general y justos de fuerzas. El segundo fue aplaudido en el arrastre y el quinto, indultado.

Morante de la Puebla: gran estocada; ovación saludad desde el tercio tras petición. Entera desprendida; palmitas. Buena estocada; una oreja.

Julián López El Juli: estocada desprendida que hace rodar; dos orejas. Dos orejas y rabo simbólicos.

Andrés Roca Rey: pinchazo y entera desprendida; una oreja. Gran estocada; dos orejas.

Incidencias: en banderillas se desmonteraron José María Soler, en el quinto, y Juan José Domínguez, en el sexto. El Juli y Roca Rey, con el mayoral, salieron a hombros por la puerta grande.

En la Feria de la Manzanilla de este año la gente esperaba con ganas la presencia de dos toreros de los tres que el año pasado, por estas mismas fechas, salieron a hombros, recordando que, para ello, El Juli había regalado el sobrero, costumbre mejicana impropia de aquí. El tercer aliciente era Morante, que no necesita credenciales. Lo que sí necesita un toque es la costumbre de aquí de adornar el paseíllo de semejantes figuras con los desarrapados que portan cámaras de fotos baratas a lo largo del diámetro del ruedo, de lo que el empresario y el presidente se tendrían que preocupar un poco para ofrecer al público una estampa más digna del momento más bello de una corrida.

Morante, de mandarina y azabache, en su primero, montado y tocado del derecho, tuvo que poner mucho cuidado con capote, caballo y banderillas porque perdía las manos continuamente. Con la muleta el inicio fue por alto para que no se cayera pero lo mejor lo vimos con dos series por la izquierda; probó por la derecha a media altura y otra vez por la izquierda para oír aplausos pero el toro no comunicaba; sólo quedaba intentarlo de frente y de uno en uno terminando con molinete abelmontado y cambio de mano. Tras la gran estocada hubo petición no atendida y pitos a la presidencia.

A su segundo, castaño, cómodo de cara y abanto, no lo entendió con el capote pues hubo muchos enganchones y embarullamiento tanto en el saludo como en el quite; la puya fue larga y protestada y el primer par, de Carretero, excelente (a partir de ahora se empezaron a poner los tres pares, que en los toros anteriores fuero sólo dos). La faena se empezó agarrada a tablas para pasar por alto pero el toro salía distraído o pegando coces, perdiendo las manos o con la cara alta; ante tal falta de colaboración sólo cabía poner la muleta a media altura para los pases de uno en uno y pronto decidió finalizar. Sin embargo, por mucho que el toro sea malo y uno se llame Morante, no es de recibo que, tras la estocada, el matador se retire displicentemente a tablas y deje lejos al animal al cuidado de los peones. En su tercero, anovillado, con poca cara y muchas patas de salida, fue desarmado de saludo pero luego siguió lanceando suavemente para cerrar con media y la poco usual serpentina; cómo estará la cosa que el picador puso un pinchacito y el público protestó porque le parecía mucho; el quite, para mostrar méritos, lo realizó el cigarrero a base de lances belmontinos, hacia arriba como cuando los toros embestían cual búfalos; en banderillas el animal se queda corto o recorta. La muleta, con un toro brusco, no puede pasar fácilmente de enganchones y series deslavazadas, pero Morante parece enrabietado y baja la mano izquierda toreando de uno en uno y con la derecha saca dos series esforzadas y meritorias mientras el amigo protesta, para terminar con macheteo artístico aplaudido.

El Juli, de sangre de toro y oro, a su primero, el mejor presentado, lo recibe con verónicas no limpias pero jaleadas y, tras puya larga en pelea de cara alta, las chicuelinas del quite son bruscas. Con el brindis al público, el inicio es por bajo avanzando y el toro se desplaza, lo que permite luego una serie de trazo largo (con martinete y dos de pecho, ay) y una de naturales en redondo, para volver a la derecha y bajar la mano en dos tandas, terminando otra vez con martinete y tres de pecho (otra vez ay); el final lo ponen una manoletinas, pero manoletinas de perfil, como las hacía Manolete, no como se suelen hacer hoy día.

En su segundo, el lanceo, de tablas a medios, es suave y la puya, de Barroso, buena y aplaudida, la mejor de la tarde; los rehileteros estuvieron en la misma línea, la línea de preparar al toro. La muleta, desde el principio, se movió en trazo largo, por bajo, en redondo, con un animal colaborador; la cuarta tanda, por la izquierda, hace doblar al bicho (justo de fuerzas) pero la siguiente es completa y pone al público entusiasmado; por la diestra en redondo remata en bonito abaniqueo; la zurda, otra vez, es para de uno en uno y el toro hace el avión, seguida de otra tanda en que el Juli se recrea, doblándose, antes de circular y desprecio, con el que la plaza se cae; algunos gritan “no lo mates”; sigue el largo metraje de la faena y por la derecha se arranca de lejos para seguir en redondo, viéndose los primeros pañuelos blancos; el torero provoca sutilmente y se pone a andar en la cara pero muy lejos antes de otra tanda bajando mucho la mano y tras el desplante los pañuelos son ya muchos; el torero tira la espada y el pañuelo naranja presidencial asoma; entre el aplauso unánime sigue otra tanda por la izquierda y el animal, incansable, y otro circular, hasta que se pone a llevarlo a punta de muleta al toril. Cayeron los máximos trofeos sin petición expresa, y sin concesión expresa, aunque el reglamento se expresa así: “Concedido el indulto a la res, si el diestro fuera premiado con la concesión de una o de las dos orejas o, excepcionalmente, del rabo…”

Roca Rey, de verde botella y oro, a su primero, bonito y que remata, con el capote le ofreció un buen saludo avanzando y un muy sentido quite mixto, con tafalleras, gaoneras, saltillera y revolera; en el caballo hubo puya larga y pelea más larga pagada con pérdida de manos. La faena principió, como habitual, con cambio por la espalda y trincheras siguiendo con serie bajando la mano aunque el toro pierde las suyas; tras otra, en redondo, y cambio de mano, la izquierda propició una mucha humillación; una capeína con la derecha y otro cambio permitió seguir por la zurda, donde, bajando, iba bien; a la derecha Roca nos ofrece circulares y martinetes (que temo sea síntoma de un inicio de vulgarización, que no deseo pero ya hemos visto en otros toreros, como Perera o López Simón); el toro colabora aunque llegó el momento del toreo de cercanías y de las luquinas sin espada, antes de terminar con bernadinas.

En su segundo, castaño, tras una larga cambiada de rodillas hay lances mecidos al paso y chicuelinas para llevar al caballo, donde hay puya moderada levemente aplaudida, antes de quite polinómico. Juan José Domínguez se desmonteró sólo por un par, su segundo, porque su primero cayó. Con segundo brindis al público, los estatuarios fueron marca de la casa antes de dos series por bajo a un berreón; por la izquierda también hay mano baja, aplaudida, y por la derecha un circular; vuelve a la izquierda jaleadamente y otra vez a la derecha para en redondo, con arrucina y luquina seguidas de desplante; con un toro que ya se para algo termina por circulares y desplante.

Habían sido siete toros y aún había luz solar cuando salimos de la plaza. No fue largo ni, menos, se hizo largo el espectáculo. Desde hace unos años, Sanlúcar es sinónimo de festejo taurino festero, agradable, bonito. Esta plaza lleva últimamente más indultos que ninguna otra. Hombre, si es la Feria de la Manzanilla. Pues vámonos a la Calzada a seguir bailando sevillanas.

Otro indulto en Sanlúcar