En el cuento de Hans Christian Andersen, nadie se atreve a decirle al rey que camina desnudo, atrapado en una ilusión que todos fingen respetar. Una metáfora que hoy resuena con fuerza en el escenario político español, donde Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, parece rodeado de un círculo de socios y apoyos parlamentarios que, lejos de cuestionarle, han convertido el silencio en moneda de cambio.
Nuestro presidente, señor Sánchez, ha construido su liderazgo sobre un discurso de regeneración política, transparencia y estándares éticos elevados, un proyecto que, según sus defensores, buscaba alejar a España de viejos vicios políticos. Sin embargo, la realidad reciente ha demostrado que la coherencia entre palabra y acción es cada vez más difícil de sostener pues la distancia entre la ética declarada y la ética ejercida es infinita.
Los casos judiciales, investigaciones, corrupciones, machitos, puteros, polémicas institucionales y escándalos que han rozado a figuras cercanas al gobierno, incluso a su propia familia, han erosionado su credibilidad pública. Aunque es verdad, no todos estos casos implican al presidente directamente, pero si a su gobierno y partido, el efecto acumulativo ha generado una percepción de desgaste ético en el entorno de la Moncloa. Y es precisamente en estos momentos cuando se espera liderazgo, rendición de cuentas y claridad, no solo desde el Gobierno, sino desde quienes lo sostienen.
La estabilidad de la actual legislatura depende de un delicado equilibrio de apoyos parlamentarios. Este equilibrio, convierte cada votación en una negociación y cada acuerdo en una transacción política en la que el interés general queda relegado frente a agendas territoriales, partidistas y prebendas.
En este contexto, los socios del Gobierno encuentran pocos incentivos para pronunciar una crítica honesta, miran al dedo en vez de al cielo, y en la mayoría de los casos al bolsillo, la pela es la pela, el precio de hablar claro puede ser la pérdida de influencia, y el silencio, en cambio, asegura contrapartidas políticas.
Así, la franqueza cede ante el cálculo y la responsabilidad compartida se diluye en un pacto tácito, no decirle al “rey” que está desnudo, una estrategia política que alimenta la desconfianza cada vez mayor de la ciudadanía hacia la "clase política"
Nuestro presidente y su Gobierno ha hecho de la supervivencia parlamentaria un arte, pero también un riesgo que hace peligrar los pilares democraticos. La percepción de que cada decisión importante necesita pasar primero por “taquilla” parlamentaria alimenta la idea de un Ejecutivo frágil, condicionado y, en última instancia, limitado para aplicar una visión de país coherente y estable.
Frente a un clima polarizado, esta estrategia mantiene al Gobierno en pie, pero erosiona la confianza en las instituciones y alimenta un sentimiento de cansancio ciudadano. La transparencia se difumina cuando cada pacto requiere explicaciones a posteriori, y la ética se resquebraja cuando los límites se corren para sostener mayorías.
En cualquier democracia madura, la crítica interna es indispensable. No es un signo de deslealtad, sino de fortaleza institucional. La militancia se ha aborregado con el y tu más y poniendo en marcha el ventilador para ver si la mierda salpica a los contrincantes políticos. Hoy la política de nuestro país parece incapaz de generar voces valientes que le digan al rey que está desnudo de ética y moral. Tanto en el Gobierno como en sus aliados y militantes, prevalece el compartimento estanco: cada cual protege su parcela de poder y nadie se arriesga a señalar el elefante en la habitación, a excepción de Emiliano Garcia-Page que lo hace abiertamente.
Pero una democracia sin capacidad de autocrítica se convierte en una democracia vulnerable, débil y sin credibilidad. Y cuando la crítica desaparece del círculo del poder, es la ciudadanía quien termina pagando el precio.
España necesita que alguien diga lo evidente cuando lo evidente sucede. No por derribar al “rey”, sino para recordar que el poder, sin límites ni verdad, se vuelve opaco y pierde legitimidad. La política exige no solo gestionar, sino sostener principios y asumir responsabilidades.
Y hoy, más que nunca, es legítimo exigir coherencia, ética y claridad a quienes gobiernan y a quienes les apuntalan.
En el cuento de Andersen, solo un niño se atrevió a decirlo, " El rey está desnudo". En una democracia adulta, no debería hacer falta un niño, bastaría con políticos responsables, si la política fuera bien general y no intereses de líderes y partidos independentistas.
¿Cuándo los verdaderos socialistas van a reaccionar ante semejante desaguisado?
Aún así, y analizando los diferentes ítems que están ocurriendo alrededor de nuestro presidente, vemos que "el rey está desnudo" y me aventuro a pronosticar que tendremos un interesante primavera electoral, incluida las generales.
