lunes. 23.03.2026

Muerte de Franco y la polarización actual

Francisco Franco
Francisco Franco

El 20 de noviembre del 75 ocupa un lugar singular en la memoria de muchos de nosotros pese haber pasado 50 años de aquel día, ese fue el final de la vida de Franco, con ella se cerró formalmente casi cuarenta años de dictadura, este día suscita inevitablemente un ejercicio de reflexión sobre el pasado y su proyección en el presente, debemos reflexionar cómo se construyó la democracia y las heridas nunca se cerraron. Este hecho ha motivado que la polarización vuelva a ganar terreno en la sociedad actual de nuestro país, muchos miran al pasado por carecer de proyectos de presente y futuro para esta sociedad actual llena de líderes y partidos con intereses espurios..... 

La muerte de Franco no significó una ruptura inmediata, pero sí abrió un estrecho margen de maniobra para iniciar un proceso de cambio e instaurar nuestra actual democracia. La Transición, con sus pactos políticos, renuncias mutuas y un diseño constitucional consensuado logró lo que parecía improbable, pasar de una dictadura a una democracia plena sin que el país se precipitara al abismo, ese fue el mayor logro de aquella clase política que hoy la llaman régimen del 78 despectivamente aquellos que, aún hoy, piensan traicionaron sus ideologías, nuestra democracia también fue un logro de aquella sociedad de nuestros padres que miraba al futuro con esperanza.

La Ley para la Reforma Política, los Pactos de la Moncloa y la Constitución del 78 articularon ese tránsito. Nuestro éxito radicó en el pragmatismo, la prioridad no era ajustar cuentas con el pasado, sino construir un futuro posible. La ciudadanía, cansada de autoritarismo y aislamiento, apostó de manera masiva por esa vía.

Cincuenta años después, España es una democracia consolidada, con instituciones operativas, pluralismo político, libertades garantizadas y una ciudadanía que participa activamente en la vida pública. La consolidación institucional no ha implicado, necesariamente, una consolidación plena de la cohesión social. Algunas brechas del pasado nunca se cerraron del todo; otras nuevas se han abierto con fuerza, los extremos ideológicos arrinconados en el 78, vuelven a estar vivos y en amplió crecimiento.

Nuestro país vive hoy un ciclo de polarización política y emocional que va más allá de la lógica discrepancia democrática, está tomando un cariz de odio visceral por pensar diferente. Esta polarización no es exclusiva de España, tiene ecos globales, pero aquí adopta matices particulares. La memoria histórica se ha convertido en un terreno de confrontación, traemos el pasado al presente para señalar en la diana al oponente. Lo que en la Transición se dejó en suspenso para facilitar acuerdos, hoy es reivindicado desde identidades políticas opuestas.

El bipartidismo dio paso a un mosaico más complejo, donde las mayorías se vuelven frágiles y el debate se intensifica con intereses de pescar en nichos de votos manipulados por medios de comunicación afines. La conversación pública se ha acelerado y, a menudo, degradado, fomentando discursos simplificados, apelaciones emocionales y compartimentos ideológicos estancos.

La polarización suele surgir cuando la política se percibe como un juego de suma cero, como es el actual, lo que gana una parte lo pierde la otra. En ese contexto, el matiz se interpreta como debilidad y el acuerdo como traición. La Transición no fue perfecta, pero su voluntad de pacto permitió levantar una democracia sólida que ha llegado hasta nuestros días. Hoy el reto es distinto, evitar que la polarización erosione la confianza en las instituciones y degrade el debate público hasta hacerlo irreconocible.

La memoria del 20 de noviembre no es solo un recordatorio del pasado autoritario; es también una invitación a valorar lo construido desde entonces y a preguntarse qué tipo de convivencia se quiere para el futuro, que futuro queremos para nuestros hijos e hijas. La democracia española nació del consenso en un escenario muchísimo más adverso que el actual. Mantenerla y fortalecerla es una responsabilidad colectiva que exige más reflexión y menos trinchera, exige más reflexión y menos servilismo, dejar de ser una sociedad aborregada manipulada por líderes y partidos políticos que han hecho del arte del debate un campo de batalla.

Un aniversario el de hoy, en definitiva, no es una efeméride encapsulada por la muerte de un dictador, es un espejo incómodo que nos pide mirar de dónde venimos y hacia dónde nos dirigimos si no somos capaces de volver a la senda de la tolerancia, el respeto y el bien común, más allá de intereses de vividores de la política, porque aunque algunos no se hayan enterado, Franco murió hace 50 años. Aprendamos de la historia para no repetirla, no la utilicemos para destruir el presente y futuro de nuestros hijos.

Muerte de Franco y la polarización actual