domingo. 22.03.2026

"Quieto todo el mundo", lo que nos dice hoy aquel 23F

Antonio Tejero durante el Golpe de Estado de 1981
Antonio Tejero durante el Golpe de Estado de 1981

El 23 de febrero del 81, nuestro país contuvo la respiración ante una frase que aún resuena su eco en nuestra memoria, ¡Quieto todo el mundo! Eran las 18:23 horas cuando Tejero irrumpía pistola en mano en el hemiciclo del Congreso de los Diputados. Nuestra joven democracia, apenas salida de la dictadura, se enfrentaba a su prueba más dramática y crucial, un intento de golpe de Estado. Ya de noche, todo culminó con el mensaje televisado de Juan Carlos I, defendiendo el orden constitucional y desactivando el golpe. El 23F, quedó inscrito como advertencia y símbolo que nos recuerda que nuestra democracia puede tambalearse, pero también resistir si los demócratas somos capaces de valorar nuestra libertad.

Aquel intento golpista no surgió en el vacío. La dimisión de Adolfo Suárez, la crisis económica, el terrorismo de ETA y las tensiones internas en las Fuerzas Armadas configuraban un clima de incertidumbre. La Transición, celebrada por su capacidad de pacto, también fue un equilibrio precario entre memoria y olvido, entre reforma y ruptura. El 23F reveló que los consensos no estaban blindados y que la legitimidad democrática aún debía consolidarse.

La respuesta institucional, con el rey reafirmando la Constitución y la mayoría de mandos militares acatando el orden legal, cerró la puerta al asalto autoritario. Pero no eliminó el sustrato de desconfianza ni las inercias corporativas que habían hecho posible la intentona.

Cuarenta y cinco años después, el riesgo ya no adopta la forma de tanques en la calle. El desafío es más difuso pero existente, la desinformación viral, crispación permanente, deslegitimación del adversario y una conversación pública dominada por la lógica del “conmigo o contra mí” está creando un clima favorable. La polarización no es nueva en España, pero hoy se amplifica en redes sociales, donde el algoritmo premia el agravio y la simplificación.

El Parlamento, epicentro de la soberanía popular, sufre una erosión simbólica, se cuestiona su representatividad, se banalizan los acuerdos y se convierte el desacuerdo en sospecha moral. La tentación de presentar al rival como enemigo sistémico debilita el principio básico de toda democracia liberal como alternancia legítima.

A ello se suma una fatiga y desafección ciudadana ante la corrupción, la precariedad o la desigualdad territorial. Cuando las instituciones parecen incapaces de dar respuestas eficaces, crece el terreno para discursos que prometen atajos, voceros indeseables del titular vacío de proyectos y aunque la historia demuestra que esos atajos suelen conducir a callejones sin salida, existe ciudadanos y ciudadanas que están comprando el producto.

Hablar de “desplome” de la democracia puede sonar alarmista, pero si lo analizamos con frialdad, no lo es. España cuenta con una arquitectura constitucional sólida, integración europea y una sociedad civil plural, y aunque las democracias rara vez colapsan de un día para otro, si a menudo se erosionan gradualmente. El debilitamiento de los contrapesos, la presión sobre la independencia judicial, la colonización partidista de organismos reguladores o la normalización del insulto como herramienta política son síntomas de desgaste democratico.

El 23F fue una amenaza abrupta y visible, el riesgo actual es más silencioso con la normalización del enfrentamiento como única gramática posible. Si la Transición se construyó sobre la cultura del pacto, el presente exige actualizar esa cultura sin idealizar el pasado ni blindarlo frente a la crítica.

Memoria crítica, si, nostalgia, no, conmemorar el 23F no debería ser un ejercicio de nostalgia, sino de pedagogía democrática. Recordar que la libertad institucional no está garantizada por inercia, que requiere vigilancia cívica y responsabilidad política. La lección no es que la democracia sea invulnerable, sino que necesita consensos básicos, respeto a las reglas, aceptación de los resultados electorales y compromiso con la verdad factual y menos vendedores de ttitulares sin proyectos de futuro.

La polarización puede ser inherente al pluralismo, pero cuando se convierte en trinchera permanente erosiona la confianza que sostiene el edificio democrático. El 23F nos recuerda que la democracia española supo resistir una noche decisiva. El desafío contemporáneo es demostrar que también puede fortalecerse en tiempos de ruido constante y desacuerdo intenso.

Las efemérides no son solo fechas en el calendario; son espejos del pasado con miradas al futuro. Y el 23 de febrero sigue interpelándonos pues la democracia no se defiende solo frente a los golpes espectaculares, sino también frente al desgaste cotidiano actual que la vacía por dentro.

Hoy, políticos sin políticas, sociedad de libertades sin libertad para exponer, fachas y rojos, flautistas de Hamelin con una legión de descerebrados ratones detrás, y titiriteros manejando las cuerdas de títeres adoctrinados hacen que miremos al pasado para no repetir en el futuro, aunque a algunos de los de aquí, y de los de allá, les encantaría revivirlo.

Hoy, no oiremos aquello de "Quieto todo el mundo" porque una parte de nuestra sociedad está inmóvil y cansada de dedos señaladores por el solo hecho de pensar diferente, o solo por pensar.

"Quieto todo el mundo", lo que nos dice hoy aquel 23F