domingo. 22.03.2026

Réquiem por el fin del viejo orden mundial

Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen - EP
Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen - EP

Las palabras recientes de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, señalando que “el viejo orden mundial ya no existe”, no constituyen una frase retórica más en el lenguaje diplomático. Reflejan una percepción cada vez más compartida entre compañeros politólogos, dirigentes políticos y estrategas, el sistema internacional surgido tras el final de la Guerra Fría está llegando a su fin. En su lugar emerge un orden más fragmentado, competitivo y menos previsible. 

Para la Unión Europea, la cuestión central ya no es si ese cambio se producirá, sino cómo adaptarse a él y ser un actor principal.

Durante más de tres décadas, Europa, aunque a dos velocidades, prosperó en un contexto relativamente favorable. La globalización se expandía, el comercio internacional crecía y Estados Unidos garantizaba en gran medida la arquitectura de seguridad occidental. La Unión Europea pudo concentrarse en su integración interna, en la ampliación hacia el este y en el desarrollo de un modelo económico basado en mercados abiertos, regulación y bienestar social.

Ese equilibrio se ha erosionado por varios factores simultáneos. El ascenso de China como potencia económica y tecnológica, el revisionismo estratégico de Rusia, la creciente rivalidad entre grandes potencias y el debilitamiento del multilateralismo han configurado un entorno mucho más competitivo. A ello se suman las transformaciones tecnológicas, la transición energética y las tensiones en las cadenas globales de suministro.

Ante este nuevo escenario, la Unión Europea se enfrenta a un reto histórico: pasar de ser principalmente una potencia normativa a convertirse también en una potencia estratégica.

Durante años, la idea de “autonomía estratégica” fue objeto de debate dentro de la Unión. Hoy se ha convertido en una necesidad práctica. Esto no implica aislarse del mundo ni romper la alianza transatlántica, sino reforzar la capacidad europea para actuar de forma autónoma cuando sus intereses lo requieran.

En materia de defensa, ello exige un salto cualitativo. Los Estados miembros europeos siguen fragmentando sus capacidades militares en múltiples sistemas y estructuras nacionales. La cooperación industrial, la integración de capacidades tecnológicas y el aumento sostenido del gasto en defensa son condiciones indispensables si Europa quiere ser un actor creíble en el nuevo contexto geopolítico.

El nuevo orden mundial también se juega en el terreno de la tecnología. La inteligencia artificial, los semiconductores, la computación cuántica o la biotecnología se han convertido en ámbitos de competencia estratégica entre potencias.

Europa parte de una posición ambivalente. Posee talento científico, empresas industriales avanzadas y una fuerte capacidad regulatoria, pero depende en gran medida de actores externos en tecnologías clave. Reducir esa dependencia requiere inversiones masivas en innovación, una política industrial más coordinada y la creación de verdaderos campeones tecnológicos europeos.

Al mismo tiempo, la resiliencia económica se ha vuelto prioritaria. La pandemia y las crisis geopolíticas han demostrado la vulnerabilidad de las cadenas globales de suministro. Diversificar socios comerciales, reforzar la producción estratégica dentro del continente y consolidar el mercado único serán elementos esenciales.

Otro desafío estructural para la Unión Europea es su fragmentación diplomática. Aunque la UE dispone de instrumentos económicos y normativos de gran peso, su capacidad de influencia política se diluye cuando los Estados miembros actúan de forma descoordinada.

En un mundo de grandes bloques geopolíticos, la coherencia externa será cada vez más crucial. Esto implica avanzar hacia decisiones de política exterior más ágiles, reforzar la diplomacia europea y construir alianzas estratégicas con países del sur global, África y América Latina.

La adaptación al nuevo orden mundial no será únicamente una cuestión de política exterior, también exigirá cohesión interna. Las divergencias económicas, el auge de los populismos y las tensiones sobre el Estado de derecho pueden debilitar la capacidad de acción europea.

Si la Unión Europea aspira a desempeñar un papel relevante en el nuevo escenario global, deberá preservar el equilibrio entre eficacia política y legitimidad democrática. La fortaleza del proyecto europeo siempre ha residido en su capacidad de combinar prosperidad, estabilidad y valores.

El fin del viejo orden mundial no tiene por qué ser únicamente una amenaza, sino una oportunidad histórica para los europeos, puede representar una oportunidad para redefinir el papel de Europa en el mundo.

La Unión Europea sigue siendo uno de los mayores mercados del planeta, una potencia comercial de primer orden y un referente normativo global. Si logra traducir ese peso económico en capacidad estratégica, podrá convertirse en uno de los polos fundamentales del nuevo sistema internacional.

En última instancia, el desafío para Europa no es solo adaptarse al nuevo orden mundial, sino contribuir activamente a moldearlo y ser actor principal, la alternativa sería quedar relegada a un papel secundario en una era definida por la competencia entre grandes potencias.

Réquiem por el fin del viejo orden mundial