En la antigua Roma, durante el imperio romano, la sociedad estaba organizada en un sistema de clases donde el esclavo ocupada el lugar más bajo de la pirámide social.
Los esclavos provenían tanto de las guerras libradas por el imperio, como compensación o botín de guerra, como de la propia sociedad romana: hijos de esclavos, personas que perdían la ciudadanía, niños abandonados, etc.
Dichos esclavos eran fundamentales para el funcionamiento y desarrollo de la economía romana ya que desempeñaban todo tipo de tareas, especialmente las más penosas, el trabajo en las minas, uno de los peores destinos, el trabajo en el campo para la realización de tareas agrícolas, esclavos domésticos, esclavos de propiedad pública (servus públicus), peluqueros, mayordomos, cocineros, secretarios, costureras...y los más preparados como contables, en la enseñanza o en la medicina.
Estos esclavos vivían en una dualidad que, a ojos de hoy en día, resulta, cuando menos, curiosa y llamativa, a saber: por un lado eran considerados personas pero por otro lado se les consideraba “res”, es decir, una cosa, una propiedad. Carecían de personalidad jurídica y, por consiguiente, de derechos como el de propiedad o a ejercer la paternidad.
Muchos siglos después, en Europa, más concretamente en España, pareciera que hemos superado completamente esa forma de organización pero la realidad nos demuestra que no es así, simplemente la hemos sofisticado, disfrazado y perfeccionado.
Ahora ya no los llamamos esclavos pero hay una parte de nuestra sociedad, una parte muy notable en cuanto a número y relevancia, que carece de los más elementales derechos de los que gozan el resto de ciudadanos, me estoy refiriendo a los autónomos.
En España los autónomos, somos más de tres millones, también realizan todos tipo de tareas, algunas de ellas de gran penosidad y riesgo (pescadores, agricultores, transportistas...) pero fundamentales, imprescindibles, para el desarrollo económico de nuestra sociedad, otros, los más “afortunados”, prestan servicios diversos a su comunidad (tenderos, talleres, arquitectos, abogados, contables…), en todos los casos tienen un denominador común, no tienen derecho a vacaciones retribuidas, después de una vida entera trabajando apenas les queda una pensión de miseria, en el mejor de los casos, no tienen derecho a paro o es casi imposible de conseguir, ni a caer enfermos y están sometidos a todo tipo de obligaciones, muchas veces absurdas, incluso a trabajar gratis como recaudadores para el Estado que los oprime (IVA) y que desfalca trimestralmente sus exiguas cuentas, permitiéndoles únicamente sobrevivir para que puedan seguir produciendo y prestando servicio para la sociedad.
Estos esclavos modernos, en muchos casos, como también sucedía en la antigua Roma, no han tenido más remedio que abrazar la esclavitud como única forma de supervivencia, bien por su edad que los expulsa del mercado laboral o por las crisis económicas cíclicas que han acabado con cientos de miles de puestos de trabajo.
En un país en el que hay millones de personas que son improductivas, que no producen riqueza alguna (parados, pensionistas, jubilados, políticos, funcionarios burócratas, etc.) y en el que, los corruptos políticos de turno, plantean alternativas como “salario mínimo vital” para granjearse los votos de los vagos y de los incautos, la figura de este esclavo moderno, la figura del autónomo, se antoja fundamental. ¿Quién si no va a generar la riqueza suficiente, sin rechistar, para mantener y sostener ese mal llamado “estado del bienestar”, del que se benefician todos menos ellos?
En la antigua Roma existía la figura jurídica de la “manumisión”que se obtenía de diferentes formas: con la muerte propia (qué ironía), con la muerte de su amo, por voluntad de éste o comprando su libertad.
Quiero imaginar que la generaciones futuras estudiarán la situación de estos esclavos modernos, la situación de los autónomos españoles, con la misa perplejidad con la que yo lo hago con los esclavos de la antigua Roma, hasta entonces sólo nos queda rezar para que, al igual que en la película de Kubrick, aparezca un Espartaco que se rebele contra esta situación y sea capaz de unirnos para cambiar las cosas.
