jueves 2/12/21

La felicidad pretérita

Nadie abandona —por sus propios medios— el sitio donde siempre ha sido o está convencido que puede ser feliz

La felicidad pretérita

Por Juan Manuel Barragán Romero

En un ejercicio lúcido y altanero, una de mis personas favoritas defendía que el momento histórico por el que pasamos había que abrazarlo como una oportunidad única para conocernos, pues es la primera vez que nos ponen ante un espejo como sociedad; esto es lo que somos.

Así pues, ahora soy el conjunto de recuerdos por los que mi mente divaga mirando hacia atrás a través de la tentadora nostalgia. Estamos hechos de momentos que, según nuestro actual parecer, nada ni nadie podrá volver a igualar, mucho menos superar.

Nadie abandona —por sus propios medios— el sitio donde siempre ha sido o está convencido que puede ser feliz. Pero como todo lo bueno y efímero de la vida —un quejío gitano, un Jerez en catavino o esa inefable sensación que nos provoca los primeros segundos de tu noche iluminada—, la felicidad es un estado temporal de la mente. Se genera y disuelve antes de que nos demos cuenta y solo somo capaces de elevarla a la categoría de experiencia suprema cuando ya es pretérita.

¡Qué de buenos recuerdos! Éramos unos locos suicidas actuando a pecho descubierto sin importarles las resacas (no solo fisiológicas) que, a la mañana siguiente, nuestros impuros actos provocarían. No nos importaba cual fuera el camino si el destino era la felicidad.

Por eso, querida, te deseo todos los bienes de este mundo menos uno: la salud. Porque si tú sanaras de tu locura, me privaría de la alegría y el gozo de tu presencia.

Ay, Real Feria de Jerez de la Frontera, con tu pelo rubio color albero y tus ojos azules color cielo, ¡cómo te echo de menos!

La felicidad pretérita