En los medios de comunicación estamos acostumbrados a llamar partidos populistas a los partidos emergentes, y me gustaría ofrecer una visión que invite a la reflexión de los lectores. En España, este término se utilizó en su momento para referirse a partidos como Podemos y en la actualidad se aplica a formaciones como la de Abascal. Puede verse que este fenómeno que afecta a todo occidente: en Estados Unidos con Donald Trump, o en Europa con partidos como el de Le Pen, Meloni o AfD, entre muchos otros ejemplos.
Como podéis comprobar, el populismo abarca desde un extremo ideológico hasta su antagónico. Si se le pregunta a Google por los partidos populistas en España, aparecerán varios. Entre ellos, los dos mencionados anteriormente, ya sea por su lucha contra la corrupción o por su oposición a la inmigración ilegal, además de otros, como los partidos nacionalistas.
Como se puede observar, los partidos populistas están experimentando un auge transversal en muchas democracias occidentales de forma simultánea. Esto nos lleva a preguntarnos por las posibles causas que dieron inicio a este proceso. No podemos caer en simplificaciones, ya que el ascenso de una nueva corriente política suele ser multicasual y como norma general no responde a un único motivo, aunque pueda existir uno que resulte más determinante que los demás.
Muchas de las posibles causas pueden sonar a los lectores como conspirativas. Sin embargo, también habrá quienes reflexionen sobre ellas o incluso quienes las den por ciertas. Estas causas pueden ir desde un movimiento financiado por entes supranacionales con intereses claros, en la actualidad podría ser un ejemplo la llamada contrarreforma woke. Otra causa sería la idea de que determinados embaucadores simplemente están aprovechando la coyuntura actual para dar sentido al refrán: “A río revuelto, ganancia de pescadores”.
No obstante, nos basaremos en la teoría de la navaja de Ockham para elegir la explicación más simple desde un punto de vista político. Esta no sería otra que la aparición de un vacío político o de votantes que fue aprovechado por estas formaciones emergentes.
Una vez definida la teoría, debemos analizar la variable del vacío: ¿se trata de un vacío generado por los partidos del establishment debido a cambios en sus políticas, o bien de un vacío surgido a raíz de los distintos movimientos sociales desarrollados durante décadas? Esta cuestión daría para un ensayo en sí misma y resultaría reduccionista intentar condensarla aquí. No obstante, dejo a la reflexión de los lectores cuál creen que podría ser la causa, pues seguramente existan diferentes perspectivas y por lo tanto, distintas verdades.
También quiero dejar otra pregunta para que los lectores puedan analizar y llegar a sus propias conclusiones: ¿puede considerarse populista un partido político que llega a la presidencia de países tan importantes como Estados Unidos, Italia o Argentina, o que es un serio candidato en lugares como Francia y Alemania? ¿Y qué ocurre con aquellos que, como en el caso de España, logran mantenerse durante varias legislaturas entre las principales fuerzas parlamentarias?
Antes de que me juzguen, permítanme explicarme. Resulta difícil calificar como meramente populistas a partidos que representan a millones de personas y que, además, logran perdurar durante años con resultados crecientes. Quizás sus políticas no sean populistas, sino realistas. Ya saben, no hay nada más tozudo que la realidad que siempre termina imponiéndose.
Es posible que los partidos tradicionales del establishment hayan perdido el contacto con los problemas sociales, o que simplemente no hayan sabido adaptarse con la suficiente rapidez a los cambios para poder atraer a esos votantes. Aunque también cabe otra hipótesis, como que los propios partidos tradicionales se hayan mantenido en un populismo de lo “políticamente correcto”, dejando de lado ciertas reivindicaciones sociales que, por temor a ser tachadas de ofensivas, quedaron relegadas a la clandestinidad. Sin embargo, como se ha visto en la historia democrática de este país, esas reivindicaciones han terminado siendo beneficiosas y enriquecedoras al salir a la luz y optar a representación pública. Un ejemplo de ello fue la legalización del Partido Comunista en España, inicialmente prohibido y cuya aceptación generó una gran controversia en su momento.
Con todo lo expuesto, quiero invitar a los lectores a reflexionar sobre los posibles orígenes y las futuras derivas que pueden tener las nuevas formaciones, ideas o corrientes políticas. Quizás no se trate de populismo en sí, sino de la apertura de una ventana de Overton impulsada por una necesidad social, en la que la ciudadanía exige un cambio en el rumbo de la política para dar cabida a reivindicaciones soterradas bajo el peso de lo “políticamente correcto”.
Y termino con una reflexión: ¿Qué resulta más populista, un partido que evita ofender a nadie o un partido que, aun sabiendo que será estigmatizado como de extrema izquierda o derecha, asume la pérdida de votos y el riesgo de violencia política, como lamentablemente estamos viendo en la actualidad, con tal de defender aquello en lo que cree?
