El asesinato del activista político Charles Kirk ha supuesto un punto de inflexión en la violencia política de Estados Unidos. Hasta ese momento, los ciudadanos norteamericanos vivían bajo una censura que comenzaba por la que se ejercía uno mismo, motivada por el miedo de un linchamiento social. Esto se evidenciaba claramente en las redes sociales, donde podían decirse o no auténticas salvajadas según la ideología que se defendiera.
Permítanme poner un ejemplo muy visual y reciente de lo mencionado anteriormente. El asesinato de Iryna Zarutska en Estados Unidos fue un caso ampliamente mediático, por lo que solo haré una breve descripción. Se trataba de una joven ucraniana de tan solo 23 años que se vio obligada a pedir refugio en Estados Unidos debido a la guerra en su país, y que fue asesinada sorpresivamente por la espalda en un vagón del metro, únicamente por el hecho de ser blanca. No hizo nada, salvo sentarse frente a una persona a la que le molestaba su color de piel. Fue un crimen racial, aunque no el habitual en estos tipos de casos, los papeles de asesino y víctima se encontraban invertidos respecto a lo que suele verse en situaciones de este tipo.
En un primer momento, los medios de comunicación no le dieron difusión al caso, pero, debido a la presión en las redes sociales, que lo hicieron viral, se vieron obligados a cubrirlo. Esto demuestra la autocensura que mencioné anteriormente, una práctica en la que no solo caían las personas, sino también los propios medios de comunicación e incluso las instituciones públicas.
Este caso también sirve como ejemplo de cómo pueden permitirse barbaridades y de cómo se puede defender lo indefendible según la ideología, en un claro ejercicio de corporativismo. Ha habido movimientos que incluso han llegado a justificar al agresor, amparándose en la idea de que “las personas oprimidas tienen derecho a la violencia”, lo cual resulta completamente fuera de lugar y que muchos consideran un insulto a la víctima.
Esta censura no es exclusiva de Estados Unidos. En Reino Unido, por ejemplo, se produjo un escándalo en el que las instituciones no actuaban por miedo a ser tachadas de racistas, en el contexto de una red de prostitución de menores británicas blancas y, a priori cristianas, en manos de musulmanes procedentes de Pakistán. Suena incluso propio de una conspiración y difícil de creer, pero las autoridades, incluido el Ministerio del Interior, han pedido perdón por estos hechos.
Como decíamos, una vez vistos los ejemplos que muestran la situación en la que nos encontrábamos, vamos a analizar lo que ha supuesto la muerte de Charlie Kirk. La víctima se encontraba en un acto en el que se invitaba al público a debatir con él sobre sus inquietudes e intereses, sin seguir un guion establecido. En ese momento, un certero disparo de rifle le perforó el cuello, en una escena realmente violenta y desagradable, presenciada por una gran cantidad de personas.
Al igual que en el caso de Iryna, hubo personas que justificaron este asesinato. Sin embargo, en esta ocasión existió un agravante que es digno de mencionar, la alegría expresada por algunos ante su muerte. Cabe destacar que hubo incluso quienes celebraron el asesinato in situ, delante de él.
No obstante, como hemos mencionado anteriormente, el caso de Charlie Kirk representa un punto de inflexión. Desde ese momento se evidenció aquello que Maquiavelo advertía en su obra El Príncipe: “Si se ha de herir a un hombre, se debe ser tan severo que no se pueda temer su venganza”. Si lo observamos con retrospectiva histórica, se puede ver cómo continuamente se abren y cierran las ventanas de Overton, y con ello, el que antes era censurado termina siendo quien censura.
Actualmente se está produciendo una caza de brujas, en la que se han llegado a presentar solicitudes para retirar visados o permisos de residencia a personas que estaban perfectamente integradas en procesos académicos, de investigación o incluso trabajando en Estados Unidos. También se han registrado solicitudes para que ciudadanos estadounidenses pierdan su empleo y sean estigmatizados, impidiéndoles conseguir otro trabajo.
Esto debería hacernos reflexionar hasta qué punto ha degenerado la sociedad y hasta qué punto hemos perdido la capacidad de empatizar, llegando incluso a deshumanizar a ciertas personas simplemente por no compartir nuestras ideas políticas.
No quiero extenderme, por eso concluyo reflexionando con Voltaire y su idea: “Hay que defender la libertad de palabra, incluso para aquellos cuyas opiniones aborrecemos.” ¿No sería más beneficioso para la sociedad que el pensamiento no esté en la clandestinidad, de modo que se pueda actuar sobre él mediante políticas educativas o informativas, en caso de que sea necesario?
Hoy en día es casi imposible censurar a las personas, y lo único que se consigue es la radicalización de los pensamientos. Si no se puede debatir, es imposible que las personas escuchen otras perspectivas y quién sabe, incluso reconozcan que algunas de ellas están equivocadas. Como se dice, entre mi verdad y la tuya se encuentra la realidad, solo hay que encontrar el punto exacto debatiendo.
