Hablando con unos amigos sobre la noticia de corrupción de un funcionario al que le encontraron 19 millones de euros emparedados en su domicilio, surgió una conversación que daba para reflexionar. ¿Cómo es posible que un funcionario que tiene semejantes cantidades de dinero en su casa siga involucrado en actos de corrupción? Y eso teniendo en cuenta que probablemente su domicilio no sea el único lugar donde escondía su dinero.
Se me vino rápidamente a la mente la explicación a través de la fábula de las 99 monedas de oro. En ella se cuenta cómo a un humilde sirviente, que siempre era feliz y estaba rodeado de personas que lo querían y en quienes confiaba, le entregaron una bolsa con monedas de monedas de oro. Lo primero que hizo el sirviente fue ordenarlas en columnas de diez. Cuando terminó, se dio cuenta de que tenía nueve columnas completas y que a la última le faltaba una moneda para ser igual al resto. Le extrañó tanto que revisó de nuevo el interior de la bolsa buscando la moneda “olvidada”, pero no la encontró. Después, la buscó por el suelo por si se le había caído, con el mismo resultado. Llegó entonces a la conclusión de que alguien se la había robado. Decidió esconder el resto con sigilo para que nadie descubriera su tesoro y empezó a desconfiar de todos, mientras trataba, sin éxito, de ahorrar la última moneda de oro que le permitiera llegar a las cien.
La fábula muestra cómo una persona puede dejarse llevar por la codicia hasta el punto de sentirse desdichada pese a tener una gran cantidad de dinero. Así se explica lo que se conoce como el “círculo del 99”.
Mis queridos lectores y amigos, sé que la explicación es bastante sencilla, y sabéis que soy vocal de la Junta Directiva de la Asociación de Politólogos de Andalucía. Por lo tanto, debo abordarla con un análisis más profundo pero dentro de los límites propios de un artículo de opinión, con el fin de haceros reflexionar al menos un poco sobre la sociedad actual.
La sociedad actual podría definirse como una sociedad materialista y superficial, en la que los éxitos personales suelen medirse de forma cuantitativa por la cantidad de recursos que una persona es capaz de acaparar. El ejemplo más claro es la admiración hacia individuos enormemente adinerados, sin cuestionar si su patrimonio fue adquirido honradamente o por el contrario mediante prácticas éticamente dudosas. Es más, incluso personas con una reputación cuestionable pueden llegar a ser admiradas abiertamente.
Una vez definida, aunque sea a grandes rasgos, la sociedad actual, debemos analizar a las personas de manera individual. Puede tratarse de cualquiera, incluso de funcionarios que ocupan los niveles más altos de la administración y que, para acceder a su plaza, han tenido que superar incluso entrevistas con psicólogos. Por lo tanto, debemos entender que se encuentran en plenas facultades mentales y que no padecen ningún trastorno. Pero analizando más detenidamente a las personas, se puede observar cómo el individualismo extremo se está imponiendo incluso sobre la propia cultura mediterránea. Es decir, las familias españolas, tradicionalmente caracterizadas por su cohesión y por mantener reuniones familiares de forma continua, están dando paso a individuos que anteponen sus propios intereses al bienestar colectivo, incluso en detrimento del interés general y de sus propias familias.
Hoy en día no es extraño que una persona llegue a percibir a su familia como un ancla que le impide alcanzar sus mayores logros, cuando, en la cultura mediterránea, la familia había sido siempre un pilar fundamental para el desarrollo y los éxitos individuales de sus miembros.
Queda una tercera variable que es el régimen político. Hay quienes podrían culpar a un capitalismo extremo, en el que se premia precisamente la acumulación de riquezas. Sin embargo, debemos tener en cuenta que el sistema capitalista ha existido también bajo otros valores, donde la riqueza se valoraba cuando era fruto del esfuerzo y del trabajo, y no cuando proviene de la especulación o de la llamada cultura del “pelotazo” como ocurre en la actualidad.
La corrupción es una dolencia transversal a todos los regímenes políticos, incluso a aquellos con sistemas penales draconianos. Por lo tanto, culpar al capitalismo como causa única puede considerarse una falacia por simplificación.
Una vez analizado todo lo expuesto, podemos observar que se trata de un problema que abarca mucho más que un simple comentario de texto y que enfrenta multitud de teorías contradictorias. Sin embargo, me gustaría que mis amigos lectores reflexionaran sobre aquellas personas que acaparan enormes riquezas y siguen trabajando, como el protagonista de la fábula, pese a tener dinero que no gastarían ni siquiera en cien generaciones. Y también sobre quienes continúan delinquiendo, arriesgando su libertad y su honorabilidad, a pesar de tener su vida resuelta y la de sus descendientes.
Aquí es donde la navaja de Ockham nos recuerda que, a menudo, la explicación más sencilla es la correcta. Y tras todo este análisis, quizá la respuesta se encuentre precisamente en una simple fábula infantil.
