Actualmente, el mundo se encuentra en una confrontación geopolítica que parece dividirse en dos bloques liderados, por China y Estados Unidos respectivamente. Esta situación ha generado numerosos análisis en medios de comunicación, donde se recurre con frecuencia a la teoría de juegos para interpretar el escenario internacional. En medio de estos análisis, encontré uno que me pareció especialmente significativo, ya que señalaba el grave problema demográfico que enfrenta China.
El gran tamaño de la población china llevó a que se aprobara en 1979 la política del hijo único con el objetivo de reducir el crecimiento demográfico del país. Esta medida pone de manifiesto las posibles consecuencias que puede acarrear una natalidad descontrolada. Por un lado, se puede pensar que ningún país, por próspero que sea, puede crecer de forma ilimitada sin enfrentar consecuencias negativas. Un ejemplo ilustrativo de esto es el experimento “Universo 25” del investigador John B. Calhoun, en el que se recreó un hábitat ideal para ratones que, pese a contar con recursos ilimitados, terminó en un colapso total de la población, fenómeno que Calhoun denominó “la muerte del alma”. También destaca la visión naturalista, que plantea que el ecosistema podría quedarse sin recursos suficientes para abastecer las necesidades de una población tan numerosa.
La realidad de esas políticas ha llevado al país tiene que ver con el fuerte desequilibrio demográfico que enfrenta China. La pirámide poblacional muestra una desproporción alarmante en términos de edad y sexo. Esto se debe, en gran parte, a que muchas familias preferían tener un hijo varón por motivos culturales, como la continuidad del linaje familiar. Según muchos economistas, esta situación amenaza con provocar el colapso del sistema productivo chino y una caída estrepitosa de su economía incluso antes de un eventual enfrentamiento con Estados Unidos.
Ante esta situación, el gobierno chino ha reaccionado. Primero permitió tener dos hijos, luego tres, y finalmente eliminó las restricciones, permitiendo la libertad reproductiva. Además, ha prohibido los abortos que no estén justificados médicamente. Todo esto se ha implementado en apenas tres años, con el objetivo de revertir el desequilibrio demográfico.
Este contexto me lleva a reflexionar sobre la situación en España. En los últimos treinta años, el país no ha superado una media de 1,5 hijos por familia, situándose actualmente en torno a los 1,27 hijos. Esta baja natalidad se debe a múltiples factores y sería reduccionista atribuirlo a uno solo. Sin embargo, quiero centrarme en el papel que puede jugar el Estado para ayudar a las familias que desean tener más hijos.
Por ejemplo, las clínicas de fertilidad están proliferando en todas las ciudades, a pesar de sus elevados precios, debido a las largas listas de espera en la sanidad pública para acceder a tratamientos de reproducción asistida. A esto se suma que los tratamientos privados no reciben ningún tipo de ayuda estatal, ni siquiera pueden desgravarse en la declaración de la renta.
Además, el elevado coste de la vivienda supone una barrera importante. Cada vez se requiere una mayor proporción de los ingresos familiares para acceder a un hogar, lo que retrasa la independencia de los jóvenes y exige que ambas personas de la pareja trabajen. Esto, a su vez, deja pocos recursos para pagar una guardería o contratar una niñera si el menor se enferma, recordando que normalmente las guarderías no admiten a niños enfermos.
Analizando todo lo expuesto, se puede concluir que aunque España no impuso una política del hijo único como hizo China, la falta de políticas que favorezcan el crecimiento de las familias podría estar teniendo un efecto similar. Al menos China ha reaccionado para fomentar la natalidad entre su población autóctona. En cambio, en España, los gobiernos de los últimos treinta años ni siquiera parecen estar abordando seriamente el problema, o no han sido capaces de ofrecer soluciones eficaces. Esto podría conducir, como advierten algunos analistas mencionados al inicio, al colapso del sistema social y económico.
