Hace ya algunos años, los ganaderos europeos se quejaban continuamente de la protección y, por lo tanto, de la proliferación que estaban experimentando los lobos. Se trataba de un animal que causaba grandes pérdidas en sus rebaños, al convertirse en una fuente de alimento para las manadas.
A pesar de todas las quejas y denuncias de este sector, el discurso hacia lobo por parte de la Unión Europea cambió debido a un único ejemplar, en concreto el GW950m, un macho de Baja Sajonia que tuvo como “pecado” para su especie comerse el poni de Ursula von der Leyen. Este hecho provocó su ira y dio lugar a que el problema de los ganaderos se incorporara a la agenda política.
Puede que este pequeño ejemplo suene algo infantil. Incluso es probable que a muchos se les venga a la mente el cuento de Pedro y el lobo. Sin embargo, como ocurre con todos los cuentos, estos dejan lecciones que deben ser aprendidas.
A través del ejemplo del lobo puede apreciarse cómo las autoridades europeas están alejadas de la realidad de la sociedad a la que deberían servir y a menos que le afecte directamente no son conscientes del problemas que afectan a la ciudadanía.
Algo parecido ocurrió con la pandemia de COVID-19, cuando en los mercados internacionales predominaba el interés económico e incluso el pillaje de productos que pasaban por distintos países con destino a otros. En ese contexto se pudo comprobar cómo los productores nacionales debían esperar certificaciones burocráticas, mientras los mercados se inundaban con productos falsificados y que no eran eficaces provenientes de otros países.
Pero, al igual que con el lobo de la fábula, en Europa existen varios riesgos cuya manifestación nos permitirá observar cómo se gestionan cuando finalmente se presenten.
Donald Trump ha convertido el escenario internacional en una auténtica selva, en la que se ha visto cómo las relaciones internacionales han pasado de ser idealistas a realistas. Esto supone que se ha pasado de la diplomacia a la fuerza en las relaciones entre los distintos actores internacionales. Esto ha encendido las alarmas en relación con la seguridad europea, que se siente indefensa ante un posible ataque de Rusia, aunque el actor con aspiraciones territoriales sobre Europa sería EE. UU. Esto convierte en realidad el dicho popular “nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena”, y hace que el ejército, que antes se veía como algo anacrónico e innecesario, sea ahora considerado un pilar fundamental que garantiza nuestra propia existencia.
Asimismo, el posible enfrentamiento con EE. UU. ha hecho que Europa perciba que el armamento americano quizá no sea la mejor forma de equipar a sus fuerzas armadas. De hecho, la industria de defensa propia es lo que puede hacer que Europa salga del atolladero en el que se encuentra. Además, hay una corriente que sostiene que la Unión Europea debería armarse con armamento nuclear, porque sería el único paraguas que impediría que los hegemones puedan intervenir en el continente. Por ejemplo: ¿creéis que EE. UU. habría intervenido en Venezuela si esta contara con el potencial nuclear de Corea del Norte? Más que posiblemente no lo hubiese hecho.
Al igual que la defensa militar, también existen otros grandes pilares que garantizan la existencia de un país y obligan a velar por los intereses nacionales, entre los que se encuentran el energético y el alimenticio, por poner algunos ejemplos, entre muchos otros.
Debido a las limitaciones de un artículo de opinión, nos vamos a centrar en el ámbito alimenticio, por ser de actualidad en el acuerdo que la Unión Europea mantiene con Mercosur, lo que hace previsible que los mercados europeos se vean inundados de productos suramericanos. Esto puede ser beneficioso al ir en contra de los monopolios, pero conviene señalar que, en estos momentos, los agricultores europeos se quejan de la alta carga burocrática que deben soportar, así como de las severas reglas de producción, que limitan el uso de pesticidas y abonos, por poner dos ejemplos. Estas normas no se aplican a los productos importados, lo que no solo genera un agravio comparativo, sino que también dificulta la producción nacional, haciéndola menos competitiva frente a productos que deben ser transportados miles de kilómetros, con la contaminación que ello conlleva. Esto hace que cada vez dependamos más de productos procedentes de fuera de nuestras fronteras para garantizar nuestra supervivencia.
Con todo lo expuesto, quiero mostrar las veces que la Unión Europea ha cometido el mismo error. La mayoría de las veces, si quieres cambiar un resultado, debes modificar alguna de las distintas variables que participan en él. El hacer las cosas igual solo puede provocar el mismo resultado. Como se suele decir en los dichos populares: “si aprendes de un error, lo conviertes en una lección”, y mi pregunta es: ¿hemos aprendido de alguno?
