El filósofo George Santayana advirtió que “quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Con esa premisa, conviene volver la mirada hacia uno de los episodios más brutales del siglo XX. Los hechos ocurridos el 16 de marzo de 1968, cuando una nación que se presenta como garante de los derechos humanos protagonizó una de sus mayores contradicciones. Los hechos se produjeron durante la Guerra de Vietnam. En concreto, tropas estadounidenses al mando del teniente William Calley arrasaron la aldea de My Lai, incendiaron viviendas, violaron a mujeres y menores de apenas 12 años, mataron el ganado y terminar reuniendo a la población civil para ejecutarla. La mayoría de las víctimas eran mujeres y niños.
La matanza fue detenida por el suboficial Hugh Thompson Jr., quien intervino situando el helicóptero que pilotaba entre los soldados estadounidenses y los aldeanos supervivientes. Acto seguido, dio la orden a los soldados a su cargo de disparar a sus compatriotas si continuaban con la masacre.
El número de víctimas se estima entre 347 y 504 aldeanos, una horquilla tan amplia que refleja las graves deficiencias en la investigación de los hechos.
Solo el teniente William Calley y otros 22 militares fueron llevados ante la justicia por estos hechos. El proceso se saldó con una única condena a cadena perpetua para Calley, quien cumplió apenas tres años de arresto domiciliario antes de ser indultado por el presidente Richard Nixon.
Sin embargo, el suboficial que detuvo la masacre fue condenado al ostracismo por sectores del ejército y del gobierno, recibiendo amenazas y sufriendo estrés postraumático y alcoholismo. Rechazó la condecoración con la Cruz de Vuelo Distinguido al estar falsificados los motivos de la misma. En concreto, habían intercambiado los papeles de víctimas y agresores.
En 1998, treinta años después de los hechos, Hugh Thompson Jr. recibió la Medalla al Soldado. Un año más tarde, en 1999, fue reconocido con el Premio al Valor de la Conciencia otorgado por la Abadía de la Paz.
Lo expuesto hasta ahora muestra hasta qué punto la guerra puede derivar en atrocidades y cómo la población civil puede convertirse en víctima incluso de quienes se presentan como garantes de los derechos humanos. Cabe entonces preguntarse qué ocurre en aquellos ejércitos que ni siquiera reconocen esos principios y qué tipo de abusos pueden estar sufriendo sus poblaciones.
Al mismo tiempo, este caso muestra cómo, en ocasiones, un superior que actúa al margen de la ley puede recibir respaldo de los niveles más altos, mientras que quienes se oponen a la injusticia corren el riesgo de convertirse en enemigos de la institución en su conjunto.
Desde la perspectiva de las ciencias políticas, estos hechos podrían explicarse con la “ley de hierro de la oligarquía” de Robert Michels, que sostiene que las organizaciones complejas tienden a concentrar el poder en una élite que se protege a sí misma. Esto genera un corporativismo en los niveles superiores, donde los mandos se amparan mutuamente, incluso frente a abusos o irregularidades.
La “banalidad del mal” de Hannah Arendt también ayuda a entender estos hechos. Según Arendt, el mal puede surgir de la rutina, la obediencia y la falta de pensamiento crítico, y no necesariamente del odio. Esto explica cómo, en algunos casos, incluso las potenciales víctimas son quienes colaboran en la opresión.
Por último, los experimentos sobre la “obediencia a la autoridad” de Stanley Milgram muestran cómo la presión jerárquica puede hacer que cualquier acción, por grave que sea, se perciba como legítima cuando se realiza bajo órdenes de un superior.
Con todo lo expuesto, quiero que mis amigos lectores recuerden la Masacre de My Lai y honren a sus víctimas. También que sean conscientes de que cualquier persona puede ser autora de alguna barbaridad, dejándose llevar por lo que conocemos como corporativismo u obediencia debida.
Recordar My Lai es una advertencia y no se limita solo a un ejercicio de memoria histórica. Las instituciones que no toleran la disidencia ni protegen a quienes denuncian abusos corren el riesgo de repetir los mismos patrones. La diferencia entre una atrocidad y su interrupción puede depender de una sola decisión individual, obedecer o actuar con conciencia y pensamiento crítico.
