miércoles 25/5/22

Mis amigos, 'los michelines'

Una vez que se establecen la grasas en nuestro cuerpo comienzan los lamentos y la tan célebre frase: 'el lunes empiezo con la dieta'

Mis amigos, 'los michelines'

Una vez que se establecen la grasas en nuestro cuerpo comienzan los lamentos y la tan célebre frase: 'el lunes empiezo con la dieta'

 Por Pascual Fernández Espín 

De nuevo comienza a picar el sol como un enjambre de abejas, y como todos los años, a más de uno, o una, la operación bikini nos ha pillado con los relumbrosos michelines en su sitio. O sea, en el sitio justo donde hace la tira de tiempo ejerce de ocupa con pretensiones de hacer valer lo que en Derecho se denominaría la doctrina de las costumbres. Vamos, que una vez que la grasa se ha establecido en el lugar de autos, bien en flotador sencillo o doble flotador, ni con agua hirviendo conseguimos expulsarla de nuestra cintura. Y es que entre navidad y verano hay tan poco espacio, están tan próximo uno del otro, que apenas nos da tiempo a combatirla como no sea con lamentos y con la archiconocida promesa, ya subida a los altares como una de las frases más celebres de estos tiempo: “el lunes empiezo con la dieta”.

La quintaesencia del truquillo está en no decir a que lunes te refieres. Menos más que el otro día, ahora que se lleva tanto los programas de cocina y el nutricionismo de opereta, me quede más laxo de intenciones y más tranquilo de grasas al escuchar en televisión, a un gurú de la cosa, exponer la solución más idónea para expulsar de nuestros cuerpos a los ocupas adiposo.

Comentaba el endocrino con una erudición divina, al más puro socratismo filosófico, que además de no abusar de las grasas saturadas, de las comidas pre-cocinadas, del estrés y los disgustos... Como todos ustedes comprenderán, esto último es lo que más toca y hunde, porque de que no son los políticos, son las letras bancarias o la declaración de Hacienda, que por si ustedes todavía no se han enterado, ya anda por ahí el señor Montoro dispuesto a seguir ordeñando a la paupérrima vaca de nuestra economía casera. Decía, ya digo, el filósofo endocrino, que uno de los grandes problemas de la sociedad actual es que la gente no tiene establecido un patrón de alimentación saludable y sostenible, y tan pronto tarda varias horas en alimentarse, (y no se refería a las personas de paro de larga duración) como se pega un atracón que le cruje la pelleja, cuando los cánones más razonables y sencillos para mantener las grasas a raya y los huesos en su sitio, es comer pequeñas cantidades de comida varias veces al día, y no arrearse tres comilonas, a dos carrillos y pelota en medio, con avidez de tigre. Pues si eso es así, un servidor de ustedes no se explica que está pasando con alguno de nosotros, ya que aunque los ánimos y la economía la tengamos a la altura del sótano, por estas benditas tierras de separatistas, revisionistas, meapilas y demás contribuyentes, hace la tira de tiempo que se sigue al pie de la letra las recomendaciones nutricionistas más exigentes. O sea, la de no cargar mucho el bandullo para que la digestión sea completita y se realice en un santiamén.

Ya digo, por estas tierras de aborígenes varios, si durante la semana muchos de nuestros semejantes establecen alguna que otra tregua de sacrificio, eso sí, alterada cada vez que se presenta…lo que es de viernes a domingo todo salta por los aíres al diversificar la comida, y muy bien, para que le dé tiempo a nuestra caldera a realizar su cocimiento. Que dicho sea de paso, es bastante y complicado. Pero vayamos por partes para mejor entendimiento. Ya digo, por estas tierras de sol y avispas, de paro y golfos en cantidades industriales, se desayuna, se almuerza, se tapea, se vuelve a tapear, se come, se merienda, otra de tapeo, se cena y el buen postre que no falte, y claro, cómo te vas a ir a la cama sin menear un poco el bigotito, mira que la noche es larga y a veces a las tripas les da por zurrir como a una mala tormenta de verano; pues, ala, un yogurcito, aunque sea descremado, para ayudar al feliz descanso. Y mañana más.

O sea que, si analizamos a fondo las más elementales reglas de la salubridad alimenticia, somos unos fenómenos, pero unos fenómenos desastrosos que nos saltamos las reglas de la salud cada vez que cantan un gallo. Pero claro, los españoles, que para eso somos españoles, aunque los tiempos y costumbres tienda a cambiar, alguno…bastantes, nos seguiremos alimentando de forma anárquica. A decir verdad, aunque se trate de ciudadanos con ideales políticos-sociales-religiosos de lo más conservador y firmemente estructurados, los españoles solemos comportarnos (salvo rarilla excepción) anárquicamente hasta en el respirar. Ya nos hizo el tráiler de nuestra película Ortega y Gasset, en su “España Invertebrada”.

Pero a lo que íbamos, siendo como somos muy nuestros, uno se tranquiliza al comprobar como, por ejemplo, los guiris, y no tan guiris, ya que baste que sus procedencias sean de al otro lado de los Pirineos para sentar las bases del experimento, si cuando llegan a terreno patrio, en esto de las costumbres alimenticias y siestas varias, nos miran con curiosa atención…¡Vamos!, como se miran a los bichos raros, entre lastimilla y lego interés, ya que ellos están acostumbrados a sus ligeros snacks alimenticios, y a las ocho, a la cama. Pero eso era antes de llegar a España, ya que, los muy señores míos, al ir descubriendo los rincones gastronómicos del país, al tercer día… que digo al tercero, a la siesta siguiente, con el descubrimiento de la primera paellita o pincho de tortilla española, comienza la sublime metamorfosis. Lo primero que empieza a transmutarles es el color pajizo de los mofletes a un llamativo rojo cangrejo cocido, para después ir extendiéndose el granate a lo largo de sus cuerpos hasta conseguir barnizarle las ideas, y si la visita a la zona de marras era siquiera para ocho días, y le han cogido el tranquillo a los pinchitos, la paella, la tortilla, el jamón y la siesta, cuando marchan a su país, además de irse cantando el “Asturias patria querida”, no les viene ni el abanico.

Pascual Fernández Espín, escritor murciano nacido en Bullas en 1948, es autor de "Bulerías tal como lo escuché", "Salto lucero", "El pastel ajeno", "Con el Otoño a cuestas" y de "Testimonio de una tragedia".

Por tanto, señores y señoras mías, en cuestión de michelines, sin complejos, y si el bikini no les tapa suficientemente las mollas, nos ponemos un burka y en paz, que para eso los señores de Podemos están a favor de la prenda. Y si la barriga cervecera se descuelga con ligero peligro de cubrir las partes nobles del cuerpo, tampoco sufran los señores, nos colocamos una de las túnicas del desaparecido Demi Rossos, o un bañador con tirantes, a lo Fraga, pero lo que es inevitable es que el verano y las mollas ya está aquí, y ni el Corte Ingles ni cualquier otro centro dogmático, defensor de parámetros a lo Noemí Campbell, Kete Moss o Jon Kotajarena, no lo pueden amargar, por tanto, si permiten ustedes un humilde consejo, no hagan caso de nada ni de nadie, pese a lo que diga el modisto Adolfo Domínguez, de que la arruga es bella, nati de nati, es antiestética y aburrida. Es más, a las tapitas del día, la cervecitas de a media mañana, la del medio día, la de la tarde o noche, y el chocolatito y la siesta, un comité de sabios de la Unesco, de la Alianza Atlántica o de Bullas, tenían que nombrarlas patrimonio nacional. Pero patrimonio de los imperecederos. Así, como suena. Por tanto, sobre las grasas, señores y señoras: a que Dios se dé San Pedro se las bendiga.

Ea. Como dice el refranero español: “Si no puedes con tu enemigo, únete a él.” O sea, a los michelines.

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