El mundo entra este martes 3 de marzo de 2026 en una escalada que ya no se limita a un intercambio puntual de misiles. Carlos Herrera abre el monólogo con una advertencia que marca el tono: el planeta vive una guerra que amenaza con extenderse y, por tanto, con convertir en cotidianos factores que hasta ahora son excepcionales, como la volatilidad energética o la tensión diplomática permanente.
En ese escenario, el comunicador subraya un hecho que sitúa en el centro del problema: Irán asegura que cierra el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, un corredor por el que transita, según recuerda, alrededor del 20% del petróleo mundial. Para Herrera, el impacto es inmediato y lo paga el ciudadano, porque la energía sube “de una manera o de otra” y lo hace en un momento en el que el mercado ya viene tensionado.
A partir de ahí, Herrera traslada el foco a España. Sostiene que el país queda fuera de los centros de decisión y que “ya no cuentan con Pedro Sánchez”, no por una cuestión de agenda, sino por la percepción internacional de que España deja de ser un socio fiable en el bloque occidental, especialmente tras su negativa a facilitar el uso de Rota y Morón a Estados Unidos en el marco de la operación contra Irán.
Ormuz se cierra y el petróleo se dispara: la factura llega a casa
Herrera sitúa el cierre del estrecho de Ormuz como el hecho económico más sensible del día porque afecta a una arteria crítica del sistema energético global. No se trata solo del petróleo: el comunicador añade que por esa zona también circula una parte muy importante del gas que consume el mundo, y que el simple anuncio de un cierre ya multiplica el coste del riesgo en el transporte marítimo, en los seguros y en la disponibilidad real de suministro.
En su monólogo concreta el golpe en cifras que utiliza como termómetro de pánico: el petróleo acumula una subida cercana al 10% en mercados internacionales. Ese dato, sostiene, no es un titular financiero: es la antesala de un encarecimiento general que termina afectando al precio de la electricidad, al transporte, a la cesta de la compra y a los costes de producción de empresas que dependen de energía intensiva.
Herrera también abre una incógnita que considera decisiva: cuánto tiempo puede permanecer cerrado Ormuz. Si el cierre dura poco, la crisis se contiene; si se prolonga, el riesgo pasa de volatilidad a escenario de recesión global, porque las economías no absorben durante semanas un encarecimiento sostenido de energía sin trasladarlo a inflación y pérdida de actividad.
Rota y Morón: el “no” de Sánchez y el coste diplomático
El elemento que Herrera convierte en eje político es la negativa de Pedro Sánchez a permitir a Estados Unidos el uso de las bases de Rota y Morón para apoyar la operación contra Irán. Herrera recalca que el presidente presenta la decisión como gesto de pacifismo y de defensa del derecho internacional, pero sostiene que el efecto real es otro: España se coloca contra el consenso de aliados y paga la factura en credibilidad y en peso diplomático.
En su lectura, Sánchez busca una posición de “referente mundial del antitrumpismo” y alimenta una imagen interna de dirigente que desafía a Washington, aunque eso implique tensar vínculos estratégicos en plena crisis internacional. Herrera insiste en que esa decisión no se adopta para proteger al país de represalias, sino para reforzar un relato político, y que esa motivación explica por qué el daño termina siendo mayor que el titular momentáneo.
El comunicador empuja el argumento hasta el terreno práctico: si España se descuelga del bloque de socios en una crisis de esta magnitud, ¿con qué entusiasmo responden esos socios si mañana España necesita apoyo ante una amenaza real? Herrera introduce el ejemplo de Ceuta y Melilla para ilustrar que la fiabilidad no es un concepto teórico, sino una garantía de seguridad cuando hay conflictos en el entorno geopolítico inmediato.
“España ya no es fiable”: fuera de reuniones clave y sin asiento en las estrategias
Herrera sostiene que el descrédito internacional dura más que la propia operación militar. Lo explica con un listado de señales políticas que, a su juicio, ya se perciben: España no entra en reuniones restringidas, no aparece en los diseños estratégicos que impulsan países como Francia y Alemania, y queda en “otras cosas” mientras otros socios plantean incluso nuevas arquitecturas de disuasión.
El punto central de este bloque es que el problema no es solo Sánchez, sino la imagen del país. Herrera afirma que con Zapatero primero y con Sánchez ahora se consolida una línea que aleja a España de la socialdemocracia occidental y la coloca en una posición que, para aliados, deja de ser previsible. Y en diplomacia, insiste, la previsibilidad es seguridad.
En paralelo, el comunicador añade una lectura ideológica: considera que parte de la izquierda española no es capaz de situar el régimen iraní —al que define como opresor— en el lugar que ocupa, porque el antiamericanismo pesa más que el análisis del régimen al que se enfrenta Estados Unidos. No presenta esto como debate moral abstracto: lo usa para explicar la distancia entre España y la lógica de sus socios.
Zapatero en el Senado: Plus Ultra, Venezuela y el intento de cambiar el foco
El monólogo se cierra con la comparecencia de José Luis Rodríguez Zapatero en el Senado, en la comisión vinculada al Caso Koldo. Herrera sostiene que la comparecencia no le sale bien, que termina a la defensiva y que pide amparo al presidente de la comisión ante la presión del interrogatorio, con un senador del PP al que atribuye un papel determinante en el desarrollo de la sesión.
Herrera afirma que Zapatero desmiente algunas cuestiones llamativas —como una supuesta mina de oro en Venezuela—, pero no logra despejar el núcleo de sospechas sobre su relación con Análisis Relevante, una empresa a la que describe como instrumental, y sobre el vínculo de esa estructura con Plus Ultra, asunto que vuelve una y otra vez al primer plano por la operación de rescate y por los pagos que se investigan en el entorno de la aerolínea.
Según el comunicador, Zapatero intenta utilizar su intervención pública para que la noticia sea otra: un alegato de defensa de Puigdemont y de Bildu. Herrera interpreta ese giro como una maniobra para desplazar el foco, pero sostiene que el fondo permanece: la comparecencia coloca de nuevo a Zapatero en el centro de una trama política que, a su juicio, conecta con la normalización institucional de Bildu y con el relato posterior al final de ETA.
