Tanto si el patógeno es original (virus o bacteria), como si está atenuado y es inofensivo (una vacuna), el cuerpo detecta un elemento extraño. Y desencadena una respuesta que se produce en distintas etapas, detalla a la catedrática de Inmunología del Centro de Investigaciones Biomédicas (CINBIO) y doctora en Medicina, África González.
La primera es una respuesta rápida, la innata, una ofensiva en la que un 'ejército' de elementos solubles (interferones) y células (macrófagos, neutrófilos y células dendríticas) intentan retrasar el avance del virus y evitar la infección e incluso los síntomas.
En la segunda, el sistema inmune pone en marcha la respuesta adaptativa, más lenta y específica, encargada de producir anticuerpos contra el virus atacante y de eliminar todas las células del cuerpo que estén infectadas. Para ello, producirá células T y B de memoria, cuya misión es "defender al organismo de futuras agresiones de ese mismo patógeno", explica González.
Respuesta inmune
Si esta respuesta inmune combinada es lo suficientemente fuerte, el organismo no sólo será capaz de eliminar al virus y frenar el avance de la enfermedad, sino que además, quedará preparado para eliminarlo rápidamente en el futuro; es la memoria inmunitaria.
De hecho, en eso consiste la vacunación: en hacer que el organismo recuerde al patógeno para defenderse rápidamente contra él cuando sea necesario.
Aunque el proceso sea el mismo en todas las personas, la intensidad de la inmunidad generada tras una infección depende de muchos factores como la genética, la edad, el sexo, las vacunas previas o la exposición a patógenos.
Por ejemplo, para el covid-19 se ha observado que algunos genes pueden proteger del virus. Y que algunas vacunas como la de la gripe común, también dan "cierta protección"; mientras que ser hombre, mayor de 65 o tener diabetes, obesidad o hipertensión son factores que elevan el riesgo de sufrir covid-19 severo, explica la catedrática de la Universidad de Vigo.
Además, algunas alteraciones genéticas también pueden incrementar la susceptibilidad de enfermar de gravedad del virus, añade.
En el lado contrario de la balanza, por ejemplo, están los niños menores de 10 años que parece que tienen menor capacidad de infectarse de SARS-CoV-2 y de contagiar. Y que, cuando se infectan, no desarrollan síntomas (o son muy leves), todavía no se sabe muy bien por qué.
El tipo de patógeno, su virulencia y su capacidad para mutar, también determinan el tipo de infección y su gravedad; por eso, "la inmunidad no es igual entre unas personas y otras, ni en intensidad, ni en duración", avisa González.