José Elías ha vuelto a hacer lo que mejor se le da en su canal: entrar donde normalmente no entra nadie, preguntar lo que el espectador se pregunta en casa y poner cifras —sin adornos— a un sector que muchas veces se mira desde fuera con tópicos. Esta vez ha viajado hasta Monforte (Alicante) para visitar Uvas Monterol, una empresa familiar regentada por la familia Terol, y entender por qué las uvas de mesa sin pepitas se han convertido en uno de los productos más “de moda” dentro del mercado agroalimentario.
El reportaje arranca con una idea clara: estas uvas “se están poniendo muy de moda” y Elías quiere saber qué hay detrás de ese fenómeno. Y lo que encuentra es un negocio agrícola que ya no se basa solo en sembrar y cosechar, sino en inversión, técnica, mano de obra especializada, logística, control de calidad y márgenes. En pocas palabras: una agricultura que deja de ser solo agricultura para convertirse, como dice uno de los responsables, en empresa.
De la viña al lineal: la diferencia entre uva de mesa y uva de vino
La visita comienza por lo básico, pero es importante: la uva de mesa es la que se come, la del vino se destina a vinificación. Parece obvio, pero a partir de ahí se abre un mundo: dentro de la uva de mesa existe una variedad enorme de tipos, colores, calibres y características comerciales. Y entre todas, la que hoy manda en el mercado es la que responde a una exigencia del consumidor moderno: sin pepitas, cómoda, crujiente y visualmente perfecta.
Ahí aparece la primera gran lección del vídeo: muchas veces no gana el mejor sabor, sino el producto que el supermercado acepta. La familia explica que hay uvas de un dulzor espectacular —“hasta demasiado azúcar”, dicen— que terminan siendo rechazadas porque el grano se vuelve “miel”, marrón, y eso estéticamente penaliza en el lineal. El mercado puede castigar una uva excelente solo por la apariencia. Y esa realidad condiciona todo el negocio.
La finca, el agua y la inversión: aquí los números mandan
Uvas Monterol trabaja con una escala que impresiona: 80 hectáreas. Solo el hecho de tener parcelas grandes y continuas en la zona ya marca una diferencia, porque permite mecanizar tareas, optimizar riego y reducir costes de movimiento y logística interna.
Pero el gran dato es la inversión. En el reportaje de vídeo se habla abiertamente de lo que cuesta montar una hectárea: entre 30.000 y 50.000 euros dependiendo del sistema de emparrado, el riego y, sobre todo, la malla (que por sí sola puede encarecer unos 20.000 euros por hectárea). Es decir: entrar aquí en serio no es plantar y esperar. Es capex, amortización y riesgo.
Y el agua, como siempre en el campo, es un factor decisivo. Aunque ese año no haya restricciones, se menciona la recomendación de “cerrar el grifo” una vez recogida la cosecha para evitar que las limitaciones acaben siendo obligatorias. La rentabilidad no depende solo del precio, sino de cómo se gestiona cada coste: agua, energía, fitosanitarios, mano de obra, envases y transporte.
La rentabilidad real: de 0,30 a 0,50 euros de coste a ventas de 1,50 euros, cuando el mercado acompaña
Aquí está el corazón del reportaje: los márgenes. En un año bueno, la uva de primera puede venderse en torno a 1,50 euros el kilo (incluso se mencionan precios de 1,50–1,70 en ciertos destinos). Frente a eso, el coste total —según el tipo de envase y el proceso— puede moverse entre 0,30 y 0,50 euros por kilo, con un coste de producción base cercano a 0,50 en las fincas que hacen muchos kilos, porque el volumen baja el coste unitario.
Eso deja un margen que, en una campaña favorable, puede rondar un euro neto por kilo. Y ahí aparece otra cifra clave: producciones de 30.000 a 50.000 kilos por hectárea en variedades productivas. El propio diálogo lo dice con crudeza: “si te queda limpio”, si el mercado acompaña, si el calibre y el color entran en el estándar y si la merma no se dispara.
Pero también se muestra la otra cara: hay años con tanta uva en el mercado que recoger “segunda” no compensa. Aparece el concepto de los “changrones” (segunda floración o segunda cosecha), racimos que quedan colgando, que pueden ser aprovechables, pero que si se pagan a 0,50 euros, con la mano de obra y el tiempo, “no vale la pena”. En el campo, a veces, dejar producto sin recoger es una decisión económica racional.
Un trabajo manual que no se puede sustituir: la uva se hace a mano
La cámara de vídeo entra en el almacén y ahí se entiende por qué este negocio es rentable… y por qué es durísimo.
La uva de calidad se selecciona y se limpia a mano. Quitar granos feos, evitar tocar demasiado el “polvillo” natural (que protege y da aspecto fresco), cuidar el racimo para que llegue perfecto a destino… todo es manual. Lo dice la propia empresa sin rodeos: “esto es manual al 100%” y es muy difícil automatizarlo sin perder calidad.
Aparece un asunto clave: la mano de obra. Muchas trabajadoras llevan décadas y el relevo generacional es una preocupación. Se entrevista a una trabajadora veterana que señala una realidad: la juventud no quiere o no ve este tipo de trabajo, aunque ella lo haya hecho “toda la vida”. Ese punto es importante: el negocio puede ser rentable, pero depende de una red humana de experiencia.
Además, hay un factor moderno: la empresa trabaja también con “contraestación”, comprando uva de Chile, Perú o Sudáfrica para mantener actividad y empleo todo el año. Es decir: ya no se vive solo de la campaña local, sino de una estrategia global para sostener el negocio en doce meses.
Riesgos: pájaros, lluvia, color, plagas y variedades que fracasan
El reportaje también muestra los enemigos silenciosos de la rentabilidad:
- Pájaros, que obligan a invertir en mallas, cañones ahuyentadores o sistemas de sonido.
- Lluvia, que raja la uva y puede estropear una campaña.
- Color, especialmente en uvas rojas, afectado por el cambio climático y la falta de contraste térmico noche-día.
- Perros sueltos, que pueden destrozar intentos de control biológico (ocas) para hierbas o caracoles.
- Variedades importadas que funcionan en Italia y fracasan en Monforte: inversión perdida, cambio de plantación y años de retraso.
Aquí aparece una idea muy potente: falta I+D y mucha experimentación la asumen los propios agricultores con su dinero. El vídeo lo dice claramente: no se puede plantar a lo bestia sin probar antes, porque el coste de equivocarse es brutal.
El fenómeno “sin pepitas”: comodidad, mercado y precios altos
La uva sin pepitas es el producto perfecto para el consumidor moderno: fácil de comer, atractiva, ideal para snacks y con mucha salida internacional. El vídeo muestra varias variedades, desde rojas a blancas, y se insiste en que el mercado busca un color “fino”, homogéneo, sin manchas ni roces. De ahí el uso de bolsas protectoras, plásticos y técnicas para evitar que el agua se quede en el racimo.
Y aparece otro dato curioso: hay mercados como Reino Unido donde se venden incluso granos sueltos, sin racimo, porque determinadas variedades lo permiten sin que se rompan. Eso demuestra hasta qué punto el sector se orienta a tendencias de consumo.
Una agricultura que ya es empresa
La visita de José Elías a Uvas Monterol deja una conclusión clara (sin decir “conclusión”): la uva sin pepitas no es un capricho gourmet, es un negocio de alta rentabilidad potencial… pero solo para quien entiende que esto ya no es solo campo. Es inversión, gestión, técnica, personal, logística y decisiones difíciles.
En un año bueno, la uva de mesa puede dejar márgenes que pocos cultivos ofrecen. En un año malo, puede comerse el beneficio en cuestión de semanas. Y entre medias, familias como los Terol sostienen un modelo que funciona porque dominan lo más complicado: producir calidad constante en un producto extremadamente delicado.
José Elías lo resume sin decirlo: aquí no se viene a ver uva. Aquí se viene a ver cómo se fabrica un negocio agrícola.
