“Se acabó, todo el mundo abajo”
El chófer de un autobús reacciona enérgicamente ante un acto de insolidaridad
A veces una reacción espontánea, natural, nacida de los adentros, provoca un resultado heroico. Socialmente hablando. Ha sucedido en París, la ciudad amada, la ciudad soñada, la ciudad henchida de prodigios. De presagios. Un conductor de autobús ha reaccionado de manera inusual. Nunca por las bravas. Nunca de manera ilegal…

Pero sí, en efecto, de modo inusual. Le pudo la nula, la escasa sensibilidad de sus pasajeros. Y respondió haciendo honor a su verdad. Para quedarse más ancho que pancho. Los hechos sucedieron cuando un hombre en sillas de ruedas se disponía a subir al bus. Y se topó con un unánime gesto de insolidaridad: nadie, absolutamente nadie, le ayudó.
El chófer observó de reojo la pasividad del personal. Nadie se inmutaba, nadie se movía de sus plazas. Hieráticos en la máxima quietud. Parecía como si la escena hubiese sido parada con el imaginario botón del ‘pause’. El chófer, que en sus adentras estaba a punto de explotar, concedió unos minutos más de tregua… Por si la conversión de la actitud personal brotaba de alguno de sus pasajeros…
Pero no. Y estalló. El chófer explotó. No pudo contenerse más. Y dijo: “Se acabó, todo el mundo abajo”. Y obligó a todos los pasajeros a bajar. Una vez todos abajo, ayudó al hombre con esclerosis múltiple a subir al vehículo. Pero es más: ni por asomo permitió que los pasajeros subieran de nuevo. “Los demás, esperáis al siguiente”. Y, sin pensárselo dos veces, arrancó y se marchó.
