miércoles. 25.03.2026

La Soberbia del poder

Santiago Carrillo y Adolfo Suarez
Santiago Carrillo y Adolfo Suarez

La soberbia que viene con el poder puede cegar a cualquiera, sobre todo a inútiles en política, haciendo que se olviden de sus principios o de lo que realmente importa, que es no perder el Norte del bien general. Es como si subirse a ese pedestal los desconectara de la realidad, y terminan persiguiendo su propia sombra en lugar de servir a los demás.

El poder en política suele ser efímero. Aunque alguien pueda ocupar una posición de autoridad durante un tiempo, las circunstancias, las elecciones o los cambios sociales pueden arrebatárselo rápidamente. Es una danza constante entre mantener la influencia y adaptarse a lo impredecible, no todos asimilan bien el síndrome del teléfono mudo, la perdida de poder va aparejada de menos halagos, servilismo y ausencia de llamadas. La bancada de la oposición, con su frialdad y su distancia, actúa como un recordatorio constante de que el poder no es absoluto ni eterno. Al final, nuestra clase política, alguna de ella sin clase, por más que se crean titanes, dependen del vaivén de las elecciones y de la voluntad de la gente, esa fría bancada de la oposición los devuelve a la realidad, no eres más que una marioneta de las elecciones en manos del electorado, ese mismo que te sube o en hunde y cuya decisión también es influida por los dioses del Olimpo mediático o tu comportamiento durante el poder.

Para algunos, esa dinámica es una humillación que los carcome, un golpe al ego que los lleva a obsesionarse con recuperar el control y vengarse, pues la política es un espejo de la naturaleza humana y cada uno reacciona según lo que lleva dentro; la política, en teoría, debería estar llena de "políticos" en el sentido noble: personas con visión, principios y un compromiso real. Pero en la práctica, lo que abunda es "gente en política", individuos que están ahí por conveniencia, poder o simple inercia, sin esa chispa que distingue al verdadero estadista. Es como si el arte de la política se hubiera diluido en una carrera de oportunistas atraídos por el erario público en un ámbito donde el mínimo esfuerzo es algunas veces recompensado extraordinariamente.

Hubo una época dorada muy interesante en éste país, la generación del 78, aquellos políticos, los de la Transición española, tenían un aura especial. Figuras como Adolfo Suárez, Felipe González o incluso Santiago Carrillo parecían llevar sobre sus hombros el peso de un país que salía de décadas oscuras. Había una mezcla de pragmatismo y visión, un esfuerzo por construir algo desde cero, con todos los defectos y tensiones que eso implicaba. Lograron la Constitución, el consenso, y sentaron las bases de la democracia moderna en España. Pero también hay quien dice que esa "época dorada" se mitifica, que no todo fue tan ideal y que también hubo oportunismo y errores, los mismos que hoy copan despachos sin más méritos que ocupar un puesto de salida en una lista electoral.

La generación del 78 tenía varias características que los distinguían, especialmente si los comparamos con la "clase política" actual, vivieron y trabajaron en un momento de ruptura pues salían de una dictadura de casi 40 años, capacidad de consenso, y sobre todo, espíritu de trabajo pues muchos venían de duras trayectorias, y aunque hubo pactos oscuros, errores y hasta cierto grado de improvisación, lo que los hacía diferentes, era esa combinación de adversidad, visión y voluntad de mirar más allá de sus propios intereses que alejaban la soberbia del poder.

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