En la sociedad actual, nos encontramos inmersos en una era en la que el término "políticamente correcto" ha tomado un papel predominante en nuestras vidas. Se nos ha inculcado la idea de que debemos cuidar nuestras palabras para no ofender a nadie, lo cual ha llevado a una especie de tiranía lingüística en la que se censura cualquier expresión que pueda considerarse inapropiada. Sobre todo, cuando eres un "personaje público" o te dedicas al mundo de la política, te están vetadas ciertas palabras o expresiones.
Esta imposición de lo políticamente correcto ha llevado a una limitación en la libertad de expresión de muchos ciudadanos y ciudadanas, solo por pertenecer a ámbitos donde se exige un uso lingüístico más académico y severo que el del resto de la población. Nos vemos obligados a autocensurarnos para no caer en el ojo crítico de aquellos que buscan cualquier excusa para señalar una supuesta falta de respeto o inclusividad en nuestras palabras.
Hoy es importante recordar que el lenguaje es una herramienta poderosa que puede influir en la forma en que percibimos la realidad y en la influencia que podemos tener en otras personas. Sin embargo, esto no significa que debamos ser controlados por una serie de normas impuestas por una mayoría que busca imponer su visión del mundo, recortando nuestra libertad de expresión por pertenecer a un ámbito que debe ser reflejo de una sociedad hipócrita que esconde los lodos existentes en ella.
La tiranía de lo políticamente correcto pone en riesgo la libertad de expresión de los ciudadanos. Nos encontramos en un momento en el que cada vez es más difícil expresar nuestras opiniones sin temor a ser juzgados o señalados por no cumplir con las normas establecidas por aquellos que se autoproclaman como los guardianes de la moral y la ética.
Por todo ello, es importante reflexionar sobre el impacto que tiene la tiranía de lo políticamente correcto en nuestras vidas. Debemos ser conscientes de la importancia de utilizar el lenguaje de forma responsable, pero sin caer en la autocensura impuesta.
Debemos defender nuestra libertad, pero sin caer en la ordinariez chabacana de aquellos que hacen del insulto y la grosería una forma de destacar ante el resto con intereses personales de perro de presa del amo de turno, como hemos visto recientemente en un miembro del gobierno.
Libertad lingüística, sí, pero con autocontrol, para no reflejar un nivel educativo y cultural bajo llevado a la expresión extrema. Esto solo refleja lo que el resto de la ciudadanía denota que existe entre algunas de las personas que conforman nuestras élites políticas: chabacanos de tres al cuarto venidos de lodozales y alcantarillas donde lo políticamente incorrecto es su día a día.

