En los últimos años, nuestras hermandades y cofradías han vivido una efervescencia marcada por lo extraordinario. Procesiones magnas, cultos solemnes revestidos de gran aparato, multiplicación de bandas, traslados públicos, exposiciones, actos conmemorativos… Sin duda, todo ello responde al amor y al entusiasmo de muchos hermanos por engrandecer nuestras devociones. Sin embargo, corremos el riesgo de olvidar lo que verdaderamente nos sostiene: la vida cotidiana de la fe.
Un hermano de largo caminar en la Iglesia me decía hace poco, con la serenidad de quien ha aprendido a mirar con hondura: “Estamos confiando demasiado en lo extraordinario, cuando lo que de verdad sostiene a una hermandad es la vida de cada día: la oración callada, la fraternidad sencilla, el esfuerzo por vivir como cristianos”. Y tenía razón. El Papa san Pablo VI, en la encíclica Evangelii Nuntiandi, lo expresó con claridad: “La Iglesia existe para evangelizar” (EN, 14), y esta misión no comienza con grandes gestos públicos, sino con el testimonio sencillo de una comunidad que busca a Dios en la humildad de cada jornada.
Hoy urge volver a lo esencial. Nuestras hermandades deben recuperar con convicción su vida interna: la formación permanente, la vivencia real de los sacramentos, la fraternidad auténtica entre los hermanos, la adoración al Santísimo, el rezo del Rosario, la dirección espiritual, el acompañamiento personal. Porque antes que organizadores de actos, estamos llamados a ser discípulos de Cristo.
En ocasiones, confundimos “actividad” con “vida”, cuando en realidad solo hay vida cristiana si hay encuentro con Cristo. Y ese encuentro no se improvisa: se cultiva en la oración, en la escucha de la Palabra, en el silencio de la adoración, en la confesión sincera, en la comunión frecuente. Sin Eucaristía, sin confesión, sin conversión… no hay hermandad que resista, por más patrimonio o número de nazarenos que tenga.
Dice también Evangelii Nuntiandi que “para la Iglesia, evangelizar significa llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad” (EN, 18).
¿Qué renovación podemos esperar si no empezamos por nosotros mismos? Si nuestras cofradías no son hogares de caridad y oración, de perdón y verdad, entonces no estamos evangelizando: estamos solo gestionando tradiciones.
Volver a lo ordinario no es resignarse a menos. Es optar por lo esencial. Es decirle a Cristo: “Queremos que seas Tú el centro de nuestra hermandad, no nuestros planes ni nuestras estéticas”. Es poner el corazón en la Eucaristía, fuente y culmen de toda vida cristiana. Es redescubrir el sacramento de la Reconciliación como un tesoro olvidado. Es confiar de nuevo en el poder transformador del Rosario y en la ternura maternal de la Virgen, nuestra Madre y Maestra.
Y a todo esto se suma un fenómeno nuevo que apenas hemos empezado a discernir: la exposición constante de nuestra vida interna en redes sociales. Fotografías de altares en montaje, reuniones de juntas de gobierno, cultos retransmitidos en directo, decisiones de cabildos comentadas casi en tiempo real… ¿No estaremos enseñando demasiado? A veces parece que queremos mostrar públicamente la cocina de la familia, las conversaciones privadas, las heridas aún no curadas. Las redes pueden ser una herramienta útil para evangelizar y comunicar, pero si no se usan con prudencia, pueden vaciar de sentido lo sagrado y trivializar lo que pertenece a la intimidad espiritual de la hermandad.
Quizá ha llegado el momento de aprender a guardar el corazón, a recuperar el valor del silencio, a proteger lo que debe ser cultivado al calor de lo doméstico, no de lo viral.
Las cofradías que sobrevivirán a este tiempo no serán las que más se exhiban, sino las que más recen. Las que sirvan con humildad, no las que se impongan con ruido. Las que se arrodillen ante el Sagrario, no las que se arrodillen ante las modas.
Es hora de pasar de lo llamativo a lo verdadero, de lo multitudinario a lo profundo, de lo exterior a lo interior.
Es hora de volver a lo ordinario: porque es allí donde Dios nos espera.
