Amaneciendo un día 6 de enero de últimos de los setenta, los Reyes Magos dejaron a los pies de mi cama una versión infantil de Robinson Crusoe. Fue de mis primeros regalos “literarios” y el comienzo de una afición lectora que permanece hoy día en mí. Hace casi 326 años (1719) que se publicó la obra de Daniel Defoe, y viene a mi memoria no ya su ácida visión de la sociedad inglesa del momento ni las supuestas lecciones de economía subyacentes entre sus idas y venidas por la isla.
¡Tampoco su idealizado colonialismo! No. En mi recuerdo, Robinson es el paradigma de la soledad, y aún recuerdo ciertos pasajes en los que el protagonista, presa de la fiebre, lucha contra terribles alucinaciones postrado en su refugio, una soledad que sólo muy avanzada la aventura llega a un moderado fin con la llegada de Viernes.
Imaginar aquella situación, aquella soledad en mitad de una naturaleza, hostil en mi mente de niño, me hizo revolverme en alguna que otra pesadilla nocturna tras la lectura.
Robinson nos representa a todos frente a la terrible ambigüedad de la soledad, y el paso de los siglos no ha cambiado demasiado el panorama. Ronda la escalofriante cifra de cinco millones el número de hogares en los que sólo vive una persona en nuestro país y aumenta progresivamente el número de ocasiones en que se descubre a alguien fallecido en su hogar al que nadie ha echado en falta hasta que el árido perfume de la muerte lo delata.
Son gentes que abrazaron la soledad sin necesidad de adentrarse en islas desiertas y que rompieron ese lazo social que, paso a paso, les alejó del tiovivo diario en que todos giramos de la mano, acicalados en la mirada de alguien.
