El mar, con la espesura de las nubes, toma muchas mañanas tonos grises, del más difuminado hasta el de una espesa gasa ennegrecida. Observas, miras, contemplas el final del espacio indefinido y marino que abarca la vista con unos temblores sonoros de una lejana tormenta. ¡No estoy en la costa! ¡No me encuentro al lado del mar! No, pero me lo imagino, me lo imagino visualizándolo en mi mente y lo siento dentro de mí, en mi interior más profundo. Me imagino esa esponja del amanecer junto a mi amada, junto al mar...
Me imagino ese olor de los sentidos que huele a mar, que huele a playa con esa humedad de las olas, humedad que pinta sombras y contrastes en lienzos desnudos. Pongo música en mi alma, y llora el sol con timidez, y es que suena La Quinta Estación con su canción El sol no regresa... Y pienso: ¿es la oración del mañana? Es una noche de insomnio, pero un insomnio agradable pensando en la expresión de muchos de mis escritos, y además, escucho el dulce respirar de mi amada, Eva.
Vuelvo al mar, lo contemplo y lo escucho con mi imaginación... ¡dichosa imaginación!..., y reinicio historias relacionadas con ese olor a brisa del mar, la brisa del corazón, un corazón que tengo al lado, el de Eva.
Es un relato maravilloso dentro de mi cabeza, y me encuentro en el paraíso escuchando la respiración de Eva, es el romántico ruido de esas olas que desembocan en la orilla de mis sueños, en la orilla de esa música que me hace feliz, música que canturreo dentro de mi alma, y ahora suena Y no amanece de Los Secretos... ¡Cómo no, Los Secretos!
El ladrido del perro del vecino me despierta estando despierto, pero no importa, porque me giro, le doy un beso a Eva, y duermo enamorado del relato interior y de ella misma.
