miércoles 25/5/22

Aquel mensaje del Papa Juan Pablo II en El Rocío

Se cumplen 25 años de la histórica visita del pontífice a la entonces ermita de la aldea almonteña

En el presente 2018 se cumplen 25 años de uno de los momentos más álgidos, trascendentes y trascendidos de la concepción más pura de la devoción rociera. Sucedió el 14 de junio de 1993. Muchos lo recordarán como si fuese ayer. Con un nitidez de frescura asombrosa. Entonces la aldea almonteña y la otrora ermita de la Virgen del Rocío recibirían con máxima sencillez la excepcional visita del Papa Juan Pablo II (San Juan Pablo II desde su beatificación en 2014).

Una visita histórica, mediática, de gran impacto evangélico. Tan fue así que desde aquel momento Karol Wojtyla ha sido conocido como «el Papa rociero». El pontífice viajó a las arenas en helicóptero. Allí fue recibido con atronadoras ovaciones. Con aplausos y vítores de cientos de devotos reunidos al efecto. Ningún rociero de pro quiso perderse el instante. Flotaba en el ambiente que algo grande se fraguaría con la visita de tan digno representante de Cristo.

Las diferentes hermandades filiales estuvieron presentes con sus Simpecados. Una estampa entrañable, edificante. El Hermano Mayor y la Junta de Gobierno de la Hermandad Matriz controlando al mínimo detalle. El Papa dio su bendición a las Hermandades antes de asomarse al ya mítico balcón que se preparó ex profeso para la ocasión.

Un balcón que fue púlpito de metáfora de cercanía. Un balcón desde el que se dirigió a las miles de personas allí reunidas. A lo largo y ancho de su acertado discurso Juan Pablo II pronunció expresiones que han pasado a la posteridad, como por ejemplo aquel “¡Que todo el mundo sea rociero!”. Frase que ha quedado para los restos como una máxima de predicamento y seguimiento.

El Papa supo conectar con la sensibilidad rociera desde la grandeza y a la vez desde la humildad de la pureza de este movimiento universal: el amor a la Virgen, a la Blanca Paloma, a la Reina de Almonte. Sus palabras sirvieron además para acabar con cierta leyenda negra que gravitaba en derredor de la romería. Para sacar a flote la autenticidad espiritual de este movimiento de masas. Para eternizar el Evangelio según el sentimiento mariano de un rocierismo que jamás debe desvirtuarse ni tergiversarse.

Aquel mensaje del Papa Juan Pablo II en El Rocío
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