La administración de Donald Trump ha diseñado y ejecuta un plan claro y estructurado para Venezuela, pese a que durante meses se ha instalado el relato de que Estados Unidos actuaba sin una estrategia definida. Desde la Casa Blanca se insiste en que no se trata de improvisación, sino de una hoja de ruta cerrada en tres fases que ya se ha puesto en marcha tras la captura de Nicolás Maduro.
Así lo ha explicado el periodista y enviado especial a Washington David Alandete, que ha detallado desde la capital estadounidense cómo altos cargos de la administración Trump han venido explicando este plan tanto en el Capitolio como en los pasillos del ala oeste de la Casa Blanca. La estrategia se articula en tres etapas sucesivas: estabilización, reconstrucción y transición política.
El elemento vertebrador de todo el plan es el control del sector energético, especialmente del petróleo, considerado en Washington como la principal palanca de poder del chavismo y la fuente que ha permitido al régimen sostener alianados internacionales como Cuba, Irán o Rusia durante años.
Primera fase: estabilización y asfixia financiera del régimen
Estados Unidos se encuentra actualmente en la primera fase del plan, la denominada estabilización. Esta etapa se centra en cortar de raíz las fuentes de financiación del régimen venezolano y en imponer condiciones políticas inmediatas que Washington considera imprescindibles para evitar un escenario de colapso o de caos interno.
El núcleo de esta fase es el control total del sector del crudo. La administración Trump ha intensificado el bloqueo naval en el Caribe, ha interceptado petroleros tanto en el Atlántico Norte como en aguas caribeñas y ha asumido de facto la supervisión del flujo de petróleo venezolano. El objetivo es impedir que los ingresos del crudo sigan funcionando como “cordón umbilical” del régimen y de sus aliados internacionales.
Paralelamente, esta fase incluye exigencias políticas directas. Entre ellas destaca la liberación de presos políticos, una medida que desde Caracas se ha intentado atribuir a mediaciones externas, pero que en Washington se presenta como una imposición directa del secretario de Estado Marco Rubio. Según explican fuentes de la Casa Blanca, estas concesiones se imponen deliberadamente al actual núcleo del poder chavista para evitar que una oposición en el gobierno tuviera que asumir medidas extremadamente impopulares bajo la amenaza de un golpe interno.
Segunda fase: reconstrucción económica y regreso al mercado energético
La segunda etapa del plan es la reconstrucción, diseñada como una operación de gran envergadura económica e industrial. Esta fase pasa por una fuerte entrada de capital extranjero, liderado por grandes petroleras estadounidenses, con el objetivo de levantar un sector energético que Washington considera devastado por años de mala gestión.
En este contexto, Trump se ha reunido con directivos de gigantes como Exxon, ConocoPhillips y Chevron, empresas que han presionado durante años para recuperar su presencia en Venezuela tras las nacionalizaciones impulsadas por Hugo Chávez. La administración estadounidense espera que estas compañías inviertan decenas de miles de millones de dólares para rehabilitar infraestructuras petroleras clave y devolver a Venezuela un papel relevante en el mercado global del crudo.
La reconstrucción no se limita al petróleo. Desde la Casa Blanca se habla también de intervenir en infraestructuras críticas como carreteras, puentes y redes básicas, sentando así las bases materiales para una recuperación económica más amplia. Esta fase se concibe como un periodo de transición económica que prepare el terreno para cambios políticos más profundos, pero siempre desde un enfoque pragmático y no ideológico.
Tercera fase: transición política y elecciones sin vetos
La última fase del plan es la transición política, que culminaría con la celebración de elecciones libres y sin vetos. Según detalla Alandete, Washington no prevé imponer candidatos ni establecer interlocutores predeterminados, sino reconocer al ganador de unos comicios en los que pueda concurrir toda la oposición sin censuras ni manipulaciones.
En esta etapa, Estados Unidos estaría dispuesto a reconocer como interlocutor legítimo a quien resulte elegido en las urnas, independientemente de nombres concretos. Esta postura explica por qué, en la fase actual, Washington evita una interlocución directa con figuras como María Corina Machado o Edmundo González Urrutia, reservando ese reconocimiento para el momento electoral final.
El plan asume que una transición precipitada sin control previo del régimen podría desembocar en un autogolpe o en un colapso institucional. Por ello, la administración Trump descarta desplegar tropas sobre el terreno y opta por un proceso gradual, apoyado en presión económica, control energético y advertencias claras a los jerarcas del chavismo sobre las consecuencias de cualquier resistencia.
Un plan marcado por tensiones internas en Washington
La estrategia para Venezuela no ha estado exenta de tensiones dentro del propio Gobierno estadounidense. Según Alandete, ha existido un pulso interno entre la línea dura encabezada por Marco Rubio y sectores del Departamento de Estado y del Consejo de Seguridad Nacional, frente a otra corriente más partidaria de tender puentes con el chavismo, representada por figuras como Rick Grenell.
Durante meses se han explorado escenarios de salida negociada para Maduro, incluyendo ofertas de inmunidad y exilio en terceros países, así como fórmulas en las que Delcy Rodríguez asumiera el poder sin grandes cambios estructurales. Estas opciones han fracasado cuando Trump ha considerado que Maduro no negociaba de buena fe y se burlaba de los intentos de acuerdo.
El resultado es un punto intermedio: Maduro ha sido apartado, el régimen ha perdido autonomía real y el sector petrolero comienza a abrirse a la penetración de empresas estadounidenses e internacionales, mientras se mantiene la promesa de elecciones a medio plazo.
Petróleo antes que discursos sobre democracia
Uno de los aspectos más llamativos del plan es la ausencia deliberada del discurso de “democratizar” o “exportar valores”. Trump habla abiertamente de petróleo, de riqueza y de beneficios para Estados Unidos, una narrativa diseñada para convencer a su electorado y a su partido de la utilidad de la intervención.
Desde Washington se reconoce que el argumento de la democratización ha quedado desacreditado tras las experiencias de Irak y Afganistán. El enfoque actual prioriza resultados tangibles: control del crudo, estabilidad regional y reducción del número de presos políticos, aunque sea de forma gradual.
A día de hoy, el balance inicial que se subraya en la Casa Blanca es que, incluso de forma modesta, hay menos presos políticos en Venezuela que hace una semana. Para la administración Trump, ese dato sirve como justificación inicial de un plan que, lejos de la improvisación, se ha diseñado en fases y con objetivos definidos, aunque su desenlace final siga abierto.
