David y Dani Summers: dos guitarras y una voz para el confinamiento
El cantante de Hombres G y su hijo regalan en Instagram la más hermosa unión musical
No existe mayor premio para el hombre que el amor incondicional de un hijo. Entonces la razón de ser alcanza su cénit. Y la aspiración humana su máximo colofón. El amor de un hijo todo lo justifica como proceso natural de la existencia. Y viceversa. Un hijo que se sabe amado por su padre sin condicionantes, sin limitaciones, sin paréntesis, sin altibajos, es consecuentemente un hijo feliz, henchido de natural plenitud.
Durante el periplo de este inesperado confinamiento las familias se han visto obligadas a la convivencia sin trampas ni cartón. No una obligación manu militari pero sí en atención al bien común. En nuestro encierro radica la salud del prójimo. En el encierro del prójimo estriba nuestra salud. La sociedad está retroalimentada por esta cadena de favores.
Los miembros de las parentelas son conscientes de ello. Y se han tomado este encerramiento con gallardía. Con templanza. Con esa alteza de miras que concede el convencimiento de saberse ciudadano del mundo. Nadie -o prácticamente nadie- ha sacado los pies del tiesto. Nadie ha hecho de esta capa -capa protectora de todos para con todos- un sayo. Nadie ha salido por la tangente.
Las familias españolas han sabido optimizar el mejor provecho de esta tesitura. De esta anómala situación sobre la que sin embargo enseguida se han sacado o entresacado no ya conclusiones -que también- sino hábitos positivos.
Unos hábitos cuya busilis antes estaban en desuso: es decir: no hay mal que por bien no venga para rescatar cuanto el frenesí cotidiano nos arrebataba por mor de no sé qué prisas tan atosigantes para esta sociedad del siglo XXI.
Y entre los rescates priman ahora, sobre todo, la convivencia familiar. Existe al fin opciones de parar y de paralizar el reloj para estar con los nuestros. Cada cual con los suyos. Y se ha recuperado la excelencia del trato con los reyes de la casa.
Hay quienes, desde una posición de fama alcanzada por méritos propios en base a una trayectoria artística consolidada, no esconden el amor que profesan por su hijo, por sus hijos. Y, de nuevo incidimos, viceversa.
Es el ejemplo paradigmático del cantante del siempre exitoso -así que pasen décadas- grupo Hombres G David Summers. Un ya veterano en las lides musicales quien no obstante tampoco ha perdido el perfil juvenil de sus años mozos. Pelo más canoso. Pero nada más. La música de este cantante y compositor sigue concitando el interés de una oleada de seguidores de todo lo ancho del universo mundo. Como si del momento de más fulgor mediático se tratara.
La irrupción de Hombres G en el panorama musical, con toda aquella efusiva eclosión del fenómeno fan de mediados de los años ochenta, ha ido aposentándose en una suerte de sostenida madurez que no pierde enteros sino, de un modo endógeno, consolida el estilo -música y letra- de un conjunto cuyo espíritu artístico late al ritmo de la experiencia y la reposada madurez que otorgan los años.
Tan es así que aquel chico aniñado que volvía locas a todas las quinceañeras, a todas las ‘chicas cocodrilo’ de cuando entonces, fue padre andando el tiempo y su hijo creció como la espuma también al son del correr de la vida. Un hijo, Dani, que, pese a su juventud, ya destaca en el mundo de la música. Es un guitarrista de fuste. Un guitarrista de tronío…
Es un chico noble y voluntarioso. Con madera y talento musical. De casta le viene al galgo. Bendita rama la que al tronco sale. De tal palo, tal astilla. Ambos, David y Dani, nos están regalando un confinamiento la mar de dulce. Ambos subiendo a Instagram vídeos de canciones míticas de Hombres G, y cantadas por el propio David en un concierto personal muy de agradecer, acompañado por el hijo a la guitarra. Dos guitarras y una voz para el confinamiento. ¡No se los pierdan!
