España está cometiendo fallos en su lucha contra el Coronavirus en relación con otros países. Italia mantiene el estado de emergencia. El foco del virus en Europa logra frenar la segunda ola. Pekín y Melbourne actúan si demora contra los rebrotes en localidades y logran resultados.
Durante los meses de marzo, abril y mayo, España fue uno de los países con mayor número de casos de coronavirus y fallecimientos por esa causa, en proporción al número de habitantes.
En este momento, España lidera el número de infectados y de muertes registradas en Europa durante las últimas dos semanas. Ya no hay duda de que nos encontramos inmersos en una segunda ola de la pandemia.
La situación es muy preocupante. The Conversation cuenta el análisis de dos expertos, Ignacio López-Goñi, catedrático de Microbiología, Universidad de Navarra y Juan Ignacio Pérez Iglesias, catedrático de Fisiología, Universidad del País Vasco para desgranar los fallos que hemos cometido.
En los últimos meses se han publicado dos artículos, en The Lancet y The Lancet Publich Health sobre la necesidad de evaluar de forma independiente la respuesta de España a la crisis de la COVID-19. ¿Por qué España se encuentra en una situación tan mala? ¿Qué se ha hecho mal para liderar el ranking de países con peores datos? ¿En qué hemos fallado? Las pandemias son muy difíciles de controlar; si no, no serían pandemias. El nivel de incertidumbre ha sido muy alto y, por ello, no ha sido fácil tomar decisiones.
Los grandes errores
En momentos de crisis, el liderazgo es un elemento clave. Los líderes deben tender puentes, propiciar consensos, integrar a personas y grupos diferentes en pos de un objetivo común. Actuando con flexibilidad, el líder debe rodearse de los mejores, con independencia de su ideología, porque el objetivo es la salud, la seguridad y el bienestar de todos. España ha carecido de ese liderazgo a lo largo de esta crisis. La relación del Gobierno con la oposición y de las CCAA entre sí en España no es la mejor para afrontar el virus. La lucha cainita se ha puesto por encima de la salud de los españoles.
Ha habido una evidente falta de coordinación entre el Gobierno central y las Comunidades Autónomas. De la centralización total del estado de alarma se ha pasado al “sálvese quién pueda”. Los virus no saben de fronteras, por lo que, en un estado descentralizado como el nuestro, debe compatibilizarse de forma inteligente el principio de subsidiariedad con la necesaria coordinación entre las diferentes administraciones: estatal, autonómica y municipal. No está siendo ese el caso como demuestra la batalla entre Madrid y el Gobierno.
Para tomar decisiones bien fundadas se necesita contar con el mejor conocimiento disponible. Por ello, un liderazgo efectivo exige que todas las decisiones sean informadas por un comité científico multidisciplinar. Esto no quiere decir que solo se tengan en cuenta elementos científicos; también deben considerarse otros.
El mejor conocimiento disponible exige, por supuesto, contar con los datos que dan cuenta de la situación en cada momento. Pero durante estos meses la gestión de datos ha sido caótica. Sin contar a tiempo con métricas, indicadores y umbrales claros, no se puede gobernar una crisis como esta. La coordinación en este punto también ha sido muy deficiente.
Pandemia y políltica
La pandemia no es un problema político, sino comunitario. Pero desde su comienzo se ha utilizado como arma arrojadiza en el enfrentamiento partidario. Y de esa confrontación, el único beneficiado ha sido el virus. La crispación política alimenta la polarización, lo que conlleva que la ciudadanía se alinee con los suyos y renuncie a evaluar sus actuaciones de forma crítica.
Para que la población asuma ciertas medidas, sobre todo si conllevan limitación de libertades o un alto coste, es fundamental que se entiendan las razones por las que se toman. Y para eso hay que explicarlas con claridad, especificando su base científica, por un lado, y los bienes que se pretende preservar, por el otro.
El confinamiento tuvo un efecto devastador, no solo en la economía sino también en el ánimo y la salud mental de la población. Era necesario no solo salvar la vida sino también el medio de vida. Sin embargo, el proceso de desescalada fue muy rápido. La proximidad de la temporada estival hizo que se priorizasen el ocio, las vacaciones y el turismo, sin tomar las precauciones debidas (control de fronteras y cuarentenas, por ejemplo).
Cada vez que se han producido brotes o se ha constatado un crecimiento peligroso de la incidencia de la Covid-19, se ha tardado en reaccionar y cuando se ha hecho, con timidez. La razón de la demora ha sido, seguramente, el deseo de no dañar el tejido económico pero, paradójicamente, esa forma de actuar ha agravado la propia situación económica
