lunes 17/1/22
Alfonso Romero, novillero sin picadores
Alfonso Romero, novillero sin picadores

Alfonso Romero: la filosofía de un mozo de espadas

Semblanza del mozo de espadas y taurino jerezano, recientemente fallecido

Ahora, que estamos en el mes de abril, Alfonso Romero habría cumplido setenta y tres años. El mozo de espadas que se marchó de entre nosotros hace casi dos meses había nacido en abril de 1946 en Paterna de Ribera (de donde eran sus abuelos). Pronto se vino a Jerez, donde vivía en la calle Sol, con su madre y con su tía. Su padre murió siendo pequeño y, además, su madre también murió pronto, pero su infancia siguió los caminos propios de aquella época, juntándose con los niños de la Plazuela para, entre pelotas y tirachinas,  jugar al toro en la calle.

Alfonso Romero, novillero sin picadores

No tenía un ambiente familiar taurino, pero a los doce años decidió que quería ser torero. Hizo el hatillo de maletilla y se fue andando por ahí, tanto que hasta llegó a Santander. Iba por las fincas pidiendo vacas, toreaba en las capeas de los pueblos, donde luego pasaban la gorrilla para sacar unas monedas, o saltaba de espontáneo y a continuación se pegaba una semana en los calabozos en espera de que las mujeres de los pueblos fueran a llevarle de comer.

También llamaba a las puertas  de las fincas para pedir trabajo a cambio de comida y, así, llegó a estar con una familia del pueblecito pacense de Sancti-Spíritus unos cuantos años, haciendo las faenas del campo. Fue la época en que cogió un poquito de cartel por Almendralejo y toda esa zona. Luego llegó a vivir en Santoña y se puso a trabajar en la anchoa, haciendo amistad con un aficionado llamado El Gusanero, que, por cierto, hoy vive en Australia aunque se viene todos los años a Sevilla para la Feria de Abril. Por esos pueblos de Dios coincidía con sus paisanos Luis Parra Jerezano, Rafaeli, Venturita y todos los de su época.

Desde los doce años, que tenía cuando se marchó, no volvió a Jerez hasta los veintitantos y fue entonces cuando conoció a la que sería su mujer y con la que acabaría formando familia, donde nació un hijo, Juan Alfonso, con quien compartimos plática sobre los detalles de nuestro personaje. Por esa fecha cambió el carnet a banderillero pero le sirvió sólo para una actuación, que resultó su debut y su despedida, en Sanlúcar. Cambió nuevamente de carnet y se pasó a mozo de espadas. Primero estuvo como ayuda, pero él ya sabía lo que tenía que hacerse en ese oficio, de tanto ver durante el tiempo que llevaba en ese mundo. Así estuvo con varios toreros por libre, incluso con Ortega Cano, hasta que se colocó, junto a Diego Robles, con Paco Ojeda. Al poco, Diego cogió otro camino y Alfonso pasó a ser el mozo de espadas de Paco Ojeda, con el que estuvo hasta que éste se retiró. El sanluqueño era una persona especial, como genio, pero se compaginaron muy bien porque Alfonso era serio y nada amigo de andar dando volteretas y esa forma de ser le gustaba mucho a Paco.

Alfonso Romero, de novillero

A la vez que era mozo de espadas, nuestro protagonista se hizo empresario y dio toros, para lo cual compró una plaza portátil que estaba en Lerma (Burgos) y se la trajo a Jerez. Su hijo iba con él y le ayudaba  en los papeleos, en pedir subvenciones y en cosas así. Montó festejos en San José del Valle, en Arcos o en Conil y también en Purullena y casi todos los pueblos de Granada; también de Córdoba. Además, cuando no organizaba, alquilaba la plaza portátil. En casa se guardan los carteles de toda esa época. Después de ese período entró a trabajar con José Cutiño, cuando llevaba Sanlúcar y se daban muchos festejos; fueron cuatro o cinco años en los que Alfonso hacía de gerente y además se encargaba de organizar las novilladas y algunos festivales. Luego el sevillano se juntó con Domínguez y empezó a llevar Olivenza.

Alfonso Romero con la cuadrilla de Paco Ojeda

Para cumplir uno de sus sueños, compró una ganadería. Al efecto arrendó una finca, Los Gambuzones, en Medina y se hizo con un semental de Paco Ojeda y veintitantas vacas que compró a José Luis Pereda, llegando a tener ciento y pico de cabezas con su propio hierro. Dio con su ganado una novillada en Sanlúcar pero lo que más le resultaba era echar vacas en los festejos que organizaba en la plaza portátil y vender vacas para Marbella y para las calles de otros lugares. Dejó la finca asidonense y pasó a Sevilla, en otra finca que era de la familia Urquijo. Finalmente vendió el ganado con sus correspondientes cupos de subvención, porque, dice su hijo, comían mucho, era una ruina.

Alfonso Romero, Mozo de espadas de Paco Ojeda

Tras la etapa de Ojeda, estuvo con Raúl Gracia El Tato, desde los comienzos de éste hasta el final de su carrera. Ahí la tarea era completa, porque en la Casa Matilla el mozo de espada hace también de representante de la empresa. Con Raúl ha seguido la amistad de por vida y el torero iba a verlo a Conil, donde disponía de una casa con bungalows. Su última etapa es la que pasó con Rafael de Paula cuando toreó sus dos o tres últimos años; entonces se acompañó de su hijo, como ayuda.

Alfonso Romero con El Tato

Con Conil tuvo mucha relación, hasta el punto de que acabó dando toros allí por esa relación con la localidad; se quedaba gente en la calle. Pasó el tiempo y acabó vendiendo la plaza porque en los pueblos empezaron a escasear las subvenciones. Una vez que se retiró El Tato fue apoderado de novilleros, entre otros Vicente Prades o Curro Jiménez,así como el rejoneador Javier Mayoral; con éste viajó el hijo como representante un par de años.

Después estuvo como gerente de la plaza de Jerez, junto a Pepe Rodríguez, dos o tres años, cuando reapareció José Tomás. Ése fue su último contacto directo como profesional activo del mundo del toro, porque tuvo un infarto en 2006 y a partir de ahí empezó a vivir los toros desde otra perspectiva.

Mientras realizaba toda esa labor que hemos ido contando, había estado trabajando durante veinte años en la bodega de Sandeman. Tenía una autorización para faltar los días que tenía tarea de mozo de espadas y pidió voluntariamente el despido, previa indemnización, cuando, con un cambio de la gerencia de la bodega, dejaron de darle esos permisos.

Tuvo una carpintería, que estaba detrás del cuartel de la Guardia Civil, y en ella trabajaba por las tardes; la llevaba con otro y hacía, entre mueble y mueble, palillos para las muletas, picas, garrochas para acoso y derribo… Además fue albañil y construyó, a medias con el compañero del taller, una casa de tres plantas en la barriada de San José. Para él, hizo la casa de Conil, donde había comprado una parcela hace cincuenta años; allí no paraba de trabajar en el campo, desde que se levantaba hasta la noche. Luego amplió la casa, con los bungalows, que dedicó al alquiler.

En Jerez vivió en la barriada de La Unión, donde adquirió una casa como los demás operarios de la bodega, hasta que luego, sobre el 2001, se trasladó a una casa unifamiliar que compró en Las Delicias. Últimamente hacía vida de jubilado, pero seguía ligado a Conil, donde paraba los fines de semana y en verano y, aunque no era aficionado a la playa, tenía su piscina.

Después de ver la biografía sumaria de Alfonso Romero, merece que, antes de terminar, paremos en dos aspectos de su labor como mozo de espadas. Uno es la mecánica de esta profesión, que resulta compleja. Tiene que saber de primeros auxilios, tiene que saber poner una venda no sólo para el torero sino para cerrar el traje rajado en un revolcón; tiene que lavar el traje de luces, coser un botón. Él, cuando era ayuda, iba aprendiendo esas cosas. Luego vinieron otras cosas, cuidar y organizar el material y que todo cuadre. Hay que programar dónde parar a comer en el camino, aparte de las otras labores, entre las que entran pagar el hotel y a la cuadrilla. A veces participa en la elección del traje del matador en cada tarde. Ayudar a vestir al maestro no es cualquier cosa, es una tradición; hay que vestirlo despacio porque está concentrado. Luego está lo de atar los machos, en donde ahora se usan ganchos, pero antes se hacía a mano y eso costaba mucho trabajo; Alfonso se resistía a abandonar la forma antigua. En muchos casos el mozo tiene que saber colocar las estampas como el torero quiere en el oratorio portátil. Fundamental resulta la labor de los viajes, de las paradas, de los avisos… En fin, la labor es compleja.

Toda esa mecánica debe estar guiada por una filosofía, y Alfonso la tenía. El mozo de espadas personalmente debe ser honrado, leal, discreto, trabajador. Actuará como la mano derecha del torero. Los toreros pasan miedo; necesitan a su lado alguien que sepa canalizar esos miedos, que sepa decir a los demás que están en la habitación “vámonos, que tiene que estar solo”. Actuará casi como un padre o un hermano; el empresario tiene que buscar contratos pero no ser padre y ese papel lo juega un buen mozo de espadas. Es un mundo muy específico y complicado; hay una tradición detrás y una serie de costumbres que el torero tiene que ir conociendo poco a poco. Debe ser la mano derecha en su día a día, incluso en el invierno. Es la figura desconocida en el mundo de los toros pero es muy importante porque debe saber apaciguar, comprender, calma la decepción, motivar. Tiene que saber de toros, porque cuando el animal sale del toril el matador pregunta al peón de confianza y al mozo de espadas. Alfonso tenía un concepto puro, de taurino antiguo. Otros pueden tener una visión más crítica, ante el cambio de las formas y maneras que se da en los tiempos modernos. El trabajador que es taurino aficionado aguanta cosas por el espíritu bohemio de la profesión. Aunque sufriera, siempre aparecía el reconocimiento de que “este mundo es así”.

Alfonso Romero, torero toda su vida

Así era Alfonso Romero, uno de los mejores mozos de espadas que ha dado Jerez, junto a Garbancito y Eugenio Cobo. Se nos ha ido. Con la enfermedad última estuvo un año y pico, entrando y saliendo en el hospital, aparte de los cuatro o cinco últimos días en que se aceleró todo. Los aficionados deben recordarlo como el gran taurino que fue.

Alfonso Romero: la filosofía de un mozo de espadas