Plaza de Las Ventas (Madrid), domingo, 12 de octubre de 2025. Corrida por la Fiesta Nacional, organizada por la empresa Plaza 1. Cielo azul y buena temperatura. Lleno de No Hay Billetes. Preside Roberto Gómez. Ameniza la Banda de Música dirigida por Rafael Zahonero.
Se lidian seis toros de la ganadería de Garcigrande (que pasta en Alaraz, Salamanca), con pesos entre 534 y 615 kilos, tres cinqueños, serios en conjunto, bien presentados y de juego variado. En el arrastre, el segundo tiene pitos; el mejor, el quinto.
- José Antonio Morante de la Puebla (de lila y oro), dos pinchazos y estocada; silencio. Estocada entera en lo alto sin puntilla; dos orejas.
- Fernando Robleño (de grana y oro), tres pinchazos y entera; silencio. Pinchazo y entera desprendida; oreja.
- Sergio Rodríguez (de blanco y oro), que confirma alternativa, estocada corta algo trasera, tras aviso; ovación. Estocada baja; silencio.
Incidencias: Telemadrid transmite el festejo, que cuenta con la asistencia de la infanta Elena. A terminar el paseíllo se interpreta el Himno Nacional. Los tres espadas saludan una ovación, pero el público, guiado por el tendido 7, reclama un segundo saludo solo para el matador de San Fernando de Henares. Entre los picadores destacan Legionario (de la cuadrilla de Robleño), en el tercero y Héctor Piña (de la cuadrilla de Rodríguez), en el sexto. Con los palos destacan Curro Javier (de la cuadrilla de Morante), en el segundo, e Iván García (de la cuadrilla de Robleño), que se desmontera en el quinto. Salen a hombros Morante por la Puerta Grande y Robleño por la de cuadrillas.
Comentario
La corrida de la Hispanidad, último festejo de la temporada venteña, aguarda en el albero de Las Ventas. No es solo la despedida programada de un gladiador curtido, Fernando Robleño, sino el debut como matador en la primera plaza de un joven llamado Sergio Rodríguez. Sin embargo, el destino tendrá reservado el protagonismo para el hombre que nació en La Puebla del Río y según muchos es el mejor torero de la Historia.
Morante de la Puebla
Morante, en su primero, voluminoso, despliega sin probaturas su primer retazo de magia, con entrega total por verónicas, enormes, y dos medias, cumbres, todo en una baldosa de terreno; ante tal quietud la plaza se pone de pie. Completa con un quite antológico de verónicas lentísimas y acabado chenelista; replica Robleño por verónicas.
Brinda a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que está en el callejón. En la muleta, el toro resulta complicado, se queda debajo, acostándose primero y defendiéndose después. A media altura, Morante traga muchísimo en los embroques, afrontando la embestida a la altura de su pecho. Como el animal no rompe, abrevia con decisión.
El segundo de Morante
A su segundo, “Tripulante”, colorado y bien hecho, lo saluda a revienta calderas, con el pase del perdón de Fernando el Gallo y siguiendo con dos chicuelinas recortadas, en abandono total de la integridad, pero al siguiente lance el toro, vencido del pitón izquierdo, lo voltea de modo espeluznante; Morante cae de cabeza en el ruedo, quedando boca arriba, inerte, con la mirada perdida y el pánico en el público. Quieren llevarlo a la enfermería, con paso tambaleante, pero recupera la verticalidad antes de entrar al callejón y, tras breve receso, vuelve, aún mareado, para enfrentarse a su adversario. Brinda a Santiago Abascal. Lo que sigue es un acto de fe y valor al alcance sólo de los elegidos.
Abandonado y con lentitud, como dormido, Morante se pone a torear al paso que ofrece el toro, poniendo al toreo por encima de su vida, lanzado a la suerte en cada inicio de muletazo, donde el embroque es preciso y el valor, marmóreo. Al natural, el toro se le mete por dentro, soltando cabezazos, y Morante, tragando, demuestra que en el sitio donde se prescinde de la integridad física es donde surge el arte; la plaza sucumbe al toreo de suavidad y colocación. En redondo y en un palmo de terreno, el cigarrero encadena tandas enormes, incluyendo un cambio de mano magistral. La faena, más emotiva aún tras la cogida, pone a Madrid boca abajo.
Al recoger las orejas, Morante deja una en el suelo en señal de acuerdo con el sector crítico e inicia una vuelta de paso solemne, como saboreando el momento por algo que sólo él sabe. Al terminarla, se encamina hacia la boca de riego y ahí se para. Son las 19:35 horas; se echa las manos a la coleta y el público no se cree lo que está viendo. El torero no puede reprimir el llanto, que le sale muy de dentro; es un momento de confusión y de vacío y entre el público salen lágrimas y gritos de “no te vayas”. Morante de la Puebla se corta la coleta. Demuestra que todo es finito, aunque su obra está ya escrita en letras de oro. Va a convertir su Puerta Grande de Las Ventas (la segunda de su carrera) en la más nostálgica, la más triste de todas; el toreo se siente huérfano.
Fernando Robleño
Fernando Robleño, en su primero, colorado, soso y descastado, cumple al recibir. Legionario pica duro. En banderillas el toro muestra alegría. Brinda al público; con la muleta en mano, el animal se viene abajo de sopetón, por lo que el torero se limita al oficio, tratando de buscarle las vueltas a un toro dificultoso. Así, la faena, tejida con intención y limpieza, navega entre el tedio y la dificultad; no termina de coger vuelo.
El segundo de Robleño
Con su segundo, “Tropical”, muy bien hecho y con clase, Robleño no se distrae ante tantas emociones y ofrece un gran quite por chicuelinas. Las banderillas de Iván García son excepcionales. Con la muleta, torea como pocas veces en su dura carrera le ha estado permitido; a diestra muestra relajo y composición, ligando en tandas profundas.
Con la izquierda no baja la nota y logra naturales de trazo y ritmo perfectos, llevando la embestida detrás de la cintura y haciendo rugir a su plaza. El final de faena, metido en cercanías, vuelve a poner a Madrid boca abajo. El torero, conmovido, pasea el trofeo y luego, más allá del tercio, deja que sus dos hijos le corten la coleta, no sin lágrimas.
Sergio Rodríguez
Sergio Rodríguez, en su primero, noble aunque sin transmisión, saluda vertical y con buenas formas, intentando llevar con largura y mano baja las embestidas de un toro, pero las verónicas y chicuelinas tienen poco eco. Tras la ceremonia, inicia genuflexo la faena para cimentarla en el tercio, limpia pero sin continuidad, sin emoción. Algunos naturales tienen hondura y el conjunto ofrece cierta frialdad. Su concepto, predispuesto a la largura, tiene más intención que resultado, aunque demostrando buenos mimbres.
El segundo de Rodríguez
A su segundo, colorado, con nervio pero noble. espera de rodillas con larga cambiada para luego hilar un buen recibo de verónicas. Piña pica bien. Tras brindar a Ayuso, en la faena, con hambre y tesón, se encaja de riñones ante un animal fijo pero de escasa transmisión. No se arruga y relaja el trazo y logra muletazos muy bien compuestos, sobre todo por la diestra, en tandas de mano baja. Deja una confirmación seria, aunque el público, tras la doble despedida, contempla su labor con frialdad.
Puertas (Grande y de cuadrillas)
Son ya las sombras largas de un 12 de octubre que Madrid había cincelado para la épica pero que la providencia y el alma de un torero han convertido en un hito de melancolía inabarcable. Junto al honor de una despedida anunciada, una decisión fulminante es el cierre de un capítulo en la Historia de la Tauromaquia. El ruedo de Las Ventas se llena de gente, joven principalmente, como en las viejas fotos de la segunda década del XX.
La tarde concluye en dos procesiones paralelas. El rey de la épica y la lucha indómita se retira con justicia poética y sus alumnos de la escuela José Cubero Yiyo lo sacan a hombros por la puerta de cuadrillas. La joven muchedumbre alza a Morante en una vuelta al ruedo muy lenta hacia la calle Alcalá, bajo la mirada espectral de Antoñete, con la sensación de un vacío en el corazón del toreo. La cara del torero es fiel reflejo de lo humano, en un cuerpo dolorido por la cogida, y de lo glorioso, en la apoteosis del triunfo de una vida. Que el aficionado no llore porque se retira; que sea feliz porque ha podido disfrutarlo.
