Aviso para navegantes

‘Aunque no sea igual, todo es parecido’

Así podíamos referenciar lo que acaece día a día en la sociedad en general y en la española en particular, poniendo el acento principalmente en la sociedad política española, ya que aunque muchos de sus postulados políticos traten de envolverlos en papel de celofán… que dicen las floristerías que es el papel más llamativo, encubridor y engañoso para poder vender flores de cardo borriquero a precio de rosas de Alejandría, en el fondo, aunque parezcan distintos los mensajes y el producto se venda florido y novedoso, las variaciones son mínimas.

Poniéndonos ya en materia, ¿se acuerdan ustedes de David?… no el David de Goliat, que ése sí merecía la pena conocer, o salvando la distancia, que es mucha, del inglés David Beckham, cuya magia en su pie izquierdo deslumbró a medio mundo futbolero. Pues no, se trata de otro David de muchísima menos categoría personal y más ineptitud por medio, cuyo apellido es Cameron. O sea, al inglés David Cameron. A la postre, primer Ministro de Reino Unido desde el 2010 al 2016.

Un político que creyéndose un pequeño almirante Nelson, de sonrisa encantadora, como las hienas del zoológico y argumentos patrióticos de pacotilla, trató de embaucar al más pintado. Cosa que al final consiguió hasta con los suyos. Un personaje que, al igual que su compatriota Nelson, el de la Batalla de Trafalgar, que le costó el pellejo subestimar a ilustres  navegantes como Blas de LezoLegazpi o Churruca, el tal Cameron, cometió la torpeza de subestimar a su propia población, y lo que es peor, a no prever los efectos secundarios que de ello pudiesen derivarse, ya que echando mano del encanto de su verbo y presencia de encantador de serpientes, sin tener necesidad de ello, hizo bueno el grito de unos pocos para fomentar una necesidad colectiva que no existía.

Una necesidad que sólo favorecía a unos pocos de sus seguidores, y así mismo, ya que según él creía, se le recordaría como al estadista que había conseguido cuadricular el círculo de lo imposible. Y en ello puso su empeño, en  hacer bueno uno de los adagios chinos más previsibles. Eso sí, a corto plazo: “se oyen más a dos energúmenos que chillan que a doscientos prudentes que callan”. O sea, que el muy señor mío, creyéndose el redentor incluso de los que callaban, sin querer liarla, la lió, y gorda.

Lo jodido del tema no sólo está en las consecuencias que Camerón ha provocado a su pueblo, sino que también la propia Unión Europea se verá salpicada por sus consecuencias. Claro que al David de marras, al chico guaperas pero más tonto que Abundio, ambas situaciones se la trajo floja, y según últimas manifestaciones de él mismo, se la sigue trayendo floja, porque cuando la cosa se puso fea y comenzaron los rifirrafes en el parlamento inglés, él puso tierra por medio, dejando tras de sí el tremendo berenjenal del referéndum sobre el no menos empalagoso Brexit. Hasta en la sopa nos sale el Brexit. Eso sí, dejando también a su coetánea Theresa Mary May, otra que tal viste y calza, un follón que de seguro se la llevará al paro como presidenta.

Es verdad que los ingleses votaron en referéndum salir de Unión Europea sin prever bien el futuro, o por lo menos cerraron los ojos a sus posibles consecuencias, ya que lo que no se esperaban es que después de aquellos días de vino y rosas e euforia callejera,  pintaría en bastos, y que los de “enfrente” digan ahora que antes de irse de rositas de la Unión Europea tengan que rascarse el bolsillo, además de que a partir del momento en que la ruptura se haga efectiva, se activarían los muros arancelarios y hasta es posible que los muros a la libre circulación de personas.

Una realidad, la de las fronteras, que comienza a hacer mella entre los ciudadanos ingleses de a pie, y lo que es más llamativo, en ese querer y no querer del propio parlamento inglés, todo el proceso empieza a sonar a bluff, a engaño y arrepentimiento. Pero la defecación ya está pisada y su olor esparcida. Y ese olor tan “agradable” es el que debería cruzar fronteras y llegar a las pituitarias de algunos sujetos que con parecidas tácticas de  embaucamiento y promesas de cielo azul, además de fraccional y friccionar a una parte de la sociedad española, concretamente a la española-catalana, al resto de españoles nos mantiene la bilis en constante actividad amarga.

Para más de uno la situación inglesa sin ser un calco de la chincheta nuestra; o sea, de la situación catalana, empieza a parecerse tanto que sin tener a un chico guaperas, como el tal Camerón, aunque eso sí, tengamos a muchos charlatanes de feria como él, si alguna vez algún iluso constitucionalista se dejara convencer por el charlatanismo separatista por un puñado de votos, y tentaciones no faltan, incluso en el seno del Tribunal Constitucional, seguro que se formaría el mismo guirigay que ahora tienen los ingleses, y hasta cabría la posibilidad de que bastante peor, porque historia ya hay escrita de una España que no hace tanto quiso resolver sus cuitas por el camino menos indicado. O acaso creen algunos ciudadanos españoles-catalanes, o de otros puntos del Estado, que al día siguiente de su ansiado referéndum, antesala de su particular brexit, entraría por la puerta grande directamente a un mundo de Jauja.

Buenas pagas, buena vida, todos rubios, altos y de ojos azules, en fin, la bicoca padre. Pero que equivocados están. Sin tener nada que ver con Rappel el adivino, ni con sus túnicas y profecías, hasta yo, que no doy ni una, sería capaz de aventurar el futuro que espera a todas aquellas personas que piensan que con dejar de estar tutelados por España, sus problemas quedarían resueltos.

Ahora bien, dicho lo cual, también habría que puntualizar que, a entender de muchos, urge una profunda reflexión sobre si realmente los moldes con los que se configuró en su día a la España de la Autonomías, hoy no necesita un reajuste general que la haga menos arisca, más atractiva y más igualitaria. Una reflexión sobre la excesiva grasa que con los años se ha ido acumulando alrededor del músculo estatal, lastrando directamente a la propia democracia, Una reflexión donde la igualdad entre los españoles no fuese un mero anuncio del art. 14 de la Constitución Española, sino que fuese una realidad que se pudiese palpar en el día a día.

En fin, que el lío formado en el Reino Unido puede ser un aperitivo comparado con lo que tenemos ahí mismo en la esquina de casa.