lunes. 23.03.2026

Adiós a Fernando Domecq, ganadero

El ganadero jerezano ha fallecido en Madrid a la edad de 73 años

Adiós a Fernando Domecq, ganadero

El ganadero jerezano ha fallecido en Madrid a la edad de 73 años

Nos llega la noticia del fallecimiento de Fernando Domecq Solís, ganadero de bravo. Sabemos por amigos que desde hacía año y medio estaba afectado por una enfermedad fatal. El 20 de mayo de 2019 no ha dejado y deja un recuerdo grande en Jerez, su ciudad natal, y la gente que le conocía, con la que desplegaba su don de gentes.

Era hijo de Juan Pedro Domecq Díez, el creador del encaste Domecq, encaste triunfador que ahora mismo, y desde hace tiempo, domina el panorama ganadero en el mundo de la fiesta brava. Fernando era, por tanto, nieto de Juan Pedro Domecq Núñez de Villavicencio, el bodeguero jerezano que en 1930 compró la ganadería de Veragua, antigua Real Vacada y procedente de la testamentaría de Vicente José Vázquez, creador de la casta vaazqueña. Es cierto que este primer Juan Pedro compró la ganadería por el interés comercial que tenía, al ser un símbolo que podía estimular el éxito en el negocio del vino, pero no es menos cierto que supo inculcar a sus hijos el amor al toro bravo. Ese amor pasó a sus nietos, y en la rama Domecq Solís destacaron Juan Pedro, el primero de los hermanos, fallecido en accidente de tráfico, Borja, el tercero, y Fernando, el cuarto.

Cuando el hermano mayor se separó de la madre y de los demás hermanos, llevándose el hierro de Veragua, Fernando se hizo cargo de la ganadería y supo mantener el estilo que le había impreso su padre Juan Pedro. A su vez, en 1988, él se independizó también, siendo sustituido por Borja, y formó ganadería propia con unas pocas vacas, de la parte que le tocaba, y otras pocas vacas viejas que le compró a su tío Salvador. Para la marca, compró el viejo hierro navarro de Zalduendo, ligado desde siempre a la casta navarra; lo hizo como homenaje a su madre, Matilde Solís-Beaumont, que era navarra de nacimiento y además descendiente directa del Marqués de Santa Cara, el primer ganadero navarro de nombre conocido, del cual provenía, generaciones por medio, la ganadería navarra de Zalduendo. Para asentarse, compró en la provincia de Cáceres una dehesa llamada “Moheda de Santa Leocadia”, nombre que él trocó por el de “Moheda de Zalduendo”.

En su finca cacereña se aposentó y en ella desarrolló su ganadería, que pronto alcanzó un nivel de éxito que hablaba bien tanto de la procedencia genética como de la mano que la regentaba. Lidió por primera vez en 1992, aunque su hierro es el tercero más antiguo de España, y fue en 1999 cuando alcanzó su momento más significativo, al lidiar en Sevilla el toro Jarabito, que le tocó en suerte a Emilio Muñoz, quien, tras el derroche de clase y bravura, le cortó las dos orejas. Luego vendrían muchos momentos de éxito, materializados incluso en indultos, entre los que señalamos sólo como muestra el logrado por el toro “Tonteras” en Jerez de la Frontera, ciudad natal del ganadero, en 2016 a cargo de López Simón.

Recordamos una charla que, invitado por la Tertulia Los Trece, impartió en la sede del Casino Jerezano, que curiosamente era el edifico, en la calle Tornería, donde se desarrolló su infancia, pues había sido la casa familiar de los Domecq Solís e incluso conservaba todavía el piano que solía tocar la madre, persona esmerada. En aquella ocasión nos explicaba que, de la misma manera que su padre había aportado a la cabaña brava un tipo de toro con el concepto moderno de bravura, él lo que pretendía era lograr un tipo de toro que permitiera al torero desarrollar su planteamiento de faena. Al efecto, puso como ejemplo algunas faenas que a sus toros le había sacado Enrique Ponce, que era, por demás, uno de sus toreros favoritos.

En conversación particular, tras presentación por medio de Jerónimo Roldán, me dijo le hacía gracia que nuestras dos situaciones personales fueran justamente simétricas, entre Cáceres y Jerez. Él vivía en Madrid, donde trabajaba como financiero, en el Banco de Santander, y me confesaba que cada semana estaba deseando que llegara el jueves para salir del trabajo corriendo, coger el coche e irse a su finca extremeña, donde tenía su paraíso particular. Allí celebraba los principales acontecimientos de su familia, incluidas bodas de los hijos.

Ese paraíso llegó un momento en que decidió despojarlo de la ganadería brava, aunque no lo hizo por arrebato sino tras una decisión muy pensada. Acabó declarando que, tras cuarenta años de ganadero, había llegado a un punto de decepción, ante tantas críticas que recibía de aquellos que no gustaban de sus toros. Para encontrar comprador puso como condición que la vacada no corriera peligro de dividirse ni de someterse a una línea diferente de la que él había traído hasta entonces. En 2014 encontró esa persona y resultó ser, un viejo conocido, Alberto Bailleres, hombre de negocios y gran aficionado mejicano, que aceptó las condiciones y se llevó el ganado a la inmediata dehesa que acababa de comprar al torero Miguel Báez Litri, en el mismo término municipal de Aliseda. Su finca se destinaría ahora sólo a ganado de carne, pero él seguía disfrutando del ganado, pues continuaba asesorando al nuevo propietario y además no dejaba de frecuentar los burladeros en los callejones de las plazas, para seguir dando rienda suelta a su pasión.

Fernando Domecq con Marciano Breña, responsable taurino de El MIRA

Esa pasión por la Fiesta y la ganadería ha encontrado punto final este fatídico lunes de 20 de mayo de 2019, cuando ha dicho su definitivo adiós en el Hospital 12 de Octubre de Madrid, a los 73 años de edad. Damos el pésame a su viuda Cuca Núñez y demás familiares. Descanse en paz.

Adiós a Fernando Domecq, ganadero