Jerez de la Frontera ha vuelto a vestirse de palabra y memoria taurinas. La Fundación Cultura Taurina convocó, en este 2025, la séptima edición de unas veladas que ya son rito, resistencia y celebración. Entre muros centenarios, la Bodega Gago se convirtió en un templo civil de la tauromaquia, donde se encontraron la ciencia, la emoción y el recuerdo.
Las Veladas nacieron en tiempos difíciles, como respuesta a un olvido impuesto y a un clima de hostilidad institucional. Hoy, bajo un aire distinto, se han consolidado en el calendario jerezano. Son cita esperada, espejo donde se miran generaciones de aficionados que encuentran en ellas el alimento de la palabra y la defensa de la tradición.
Primera velada
En la primera el inicio fue solemne. Antes de la primera intervención, un minuto de silencio recogió la memoria de Jerónimo Roldán, periodista, hijo predilecto de la ciudad, aficionado cabal y voz clara en difusión de la fiesta. Su ausencia pesó en el ambiente. Él fue colaborador de estas Veladas.
Beatriz, representante de la bodega, abrió con gentileza las puertas de aquel escenario. Reafirmó el compromiso de su empresa con la cultura, con la tauromaquia y con Jerez, candidata a Capital Cultural Europea, subrayando la importancia de una alianza que une a las instituciones, a los profesionales y a los simples aficionados en un mismo empeño: mantener vivo un legado que forma parte de la identidad de la ciudad.
Después tomó la palabra Rafael Valenzuela, presidente de la Fundación Cultura Taurina. Recordó los orígenes de estas veladas, cuando surgieron como trinchera cultural frente a la hostilidad política. Hoy, en cambio, se levantan como símbolo de concordia y de afirmación. «Trabajamos por el fomento, la concordia y la libertad de nuestra cultura taurina», dijo con serenidad.
Valenzuela anunció que la Fundación había abierto una sala de exposiciones dedicada al arte inspirado en la tauromaquia. También destacó los trabajos de adecuación de la Escuela Municipal de Tauromaquia, fundada en 1986, que volverá a latir como semillero de futuros toreros. Esa escuela es mucho más que un aula: es el puente entre las generaciones y el corazón pedagógico de una pasión que busca la pervivencia.
Los Antonios
La primera velada tuvo como tema «Los últimos días del toro bravo». No era un título apocalíptico, sino científico. Los veterinarios Antonio Moreno Boiso y Antonio Ruiz López desgranaron, con datos y ejemplos, la importancia decisiva de esas horas finales antes de que el toro pise el ruedo. Hablaron de hidratación, de transporte, de corrales, de estrés. Cada detalle técnico era, en realidad, un alegato ético: cuidar al toro es cuidar la tauromaquia.
El toro bravo, recordaron, es el verdadero epicentro de la fiesta. No lo es el torero, ni el empresario, ni el público. Sin toro no hay verdad, ni arte, ni riesgo. Por eso, defenderlo como concepto y como criatura viva es la condición de posibilidad de la tauromaquia. «El toro puede sufrir de verdad, se hiere de verdad y se muere de verdad», dijo Antonio Moreno Boiso, subrayando la singularidad de este animal herbívoro que ataca sin ser provocado, único en la biología.
Desmontando leyendas
Los veterinarios desmontaron viejas leyendas. Negaron, con estudios en la mano, que privar de agua al toro aumente su bravura. Demostraron que la deshidratación reduce fuerza, merma resistencia y arruina años de trabajo del ganadero. Explicaron que el transporte mal planificado multiplica el estrés y que los corrales deficientes convierten al animal en prisionero inquieto, incapaz de comer o beber. El toro, como un atleta, necesita llegar en plenitud para mostrar su verdad en la plaza.
Moreno Boiso y Ruiz López reclamaron un reglamento taurino que proteja al toro, no solo al espectador o al empresario. Pidieron ciencia al servicio de la tradición: puyas menos lesivas, banderillas adaptadas, estribos acolchados, transporte climatizado, aulas inmersivas para acercar la dehesa a los jóvenes. La tauromaquia, dijeron, solo sobrevivirá si se abre al conocimiento, si se adapta a la sensibilidad de la sociedad del siglo XXI.
En sus palabras hubo una advertencia clara: la tauromaquia está en peligro. Méjico debate su abolición, Colombia la va a proscribir, Cataluña la desterró. «¿Podrá resistir la tauromaquia del siglo XXI con reglamentos del siglo XVIII?», preguntaron. La respuesta parecía obvia: no. La fiesta necesita evolucionar.
Aparicio y Martínez
El público, compuesto por autoridades, como el concejal de Cultura Paco Zurita y concejales de Vox, profesionales y aficionados, escuchó con atención. José Ángel Aparicio, delegado territorial de Educación, tomó al principio la palabra para reconocer el valor de estas jornadas en la transmisión cultural. Subrayó la importancia de mantener vivas las raíces y de transmitir a los jóvenes la riqueza de una tradición que es arte, identidad y también futuro. El concejal Ignacio Martínez expresó el compromiso del Ayuntamiento con el mundo taurino, compromiso impulsado por la alcaldesa, que excusó su ausencia por un viaje a Madrid.
La primera velada se cerró con aplausos, reflexiones y un brindis. Un jerez de honor selló la noche entre murmullos de amistad y promesas de continuidad. La bodega se llenó de conversaciones que prolongaron en corrillos lo escuchado en la mesa. La tauromaquia, como la vida, también se sostiene en esos pequeños gestos compartidos.
Segunda velada
La segunda velada cambió el registro. El protagonismo fue para la memoria histórica y la emoción íntima. Elena Aguilar Valderas, aficionada y miembro de la Tertulia Los Trece, subió al atril para evocar a Juan Antonio Romero, el Ciclón de Jerez, torero de vida breve pero intensa, que dejó un eco imborrable en la ciudad.
Juan Antonio Romero
Romero fue símbolo de una juventud arrolladora, de un arte que se abre paso con ímpetu. Su recuerdo, en la voz de Aguilar, se convirtió en homenaje colectivo. El Ciclón no es solo pasado: es presente que inspira y futuro que alienta. La tauromaquia vive también de sus mitologías locales, de esos nombres que encarnan un tiempo y que devuelven al pueblo el orgullo de verse reflejado en ellos.
La ponencia fue también ocasión para reivindicar la voz femenina en la fiesta. Elena Aguilar encarnó, desde su conocimiento y pasión, la aportación de la mujer a un mundo que todavía se percibe como masculino. Su intervención fue ejemplo de que la tauromaquia es también un espacio de libertad y de talento compartido.
Agustín Muñoz y Mercedes Colombo
Agustín Muñoz, primer teniente de alcaldesa, destacó, al comienzo, la conjunción de dos artes que definen a Jerez: el vino y el toro. «Ambos son patrimonio vivo, embajadores de nuestra tierra», dijo. Subrayó el compromiso del Ayuntamiento con la Fundación y con la reapertura de la Escuela Taurina. La defensa de la tauromaquia, añadió, es también defensa del desarrollo económico y de la proyección cultural de la ciudad.
Mercedes Colombo, delegada del Gobierno de la Junta de Andalucía para Cádiz, acompañada de la delegada provincial de Economía, renovó su compromiso con la tauromaquia y recordó las aportaciones como los Premios Taurinos Cádiz y la Memoria anual. También recordó el compromiso del Gobierno andaluz, a través de los Premios Andalucía de Tauromaquia, el nuevo reglamento o la Red de Ciudades Taurinas.
Símbolo de concordia
Las veladas fueron, en suma, un maridaje de discursos, recuerdos y brindis. La ciencia de los veterinarios se unió a la memoria del Ciclón. La emoción por Jerónimo Roldán dialogó con los proyectos para el futuro. La palabra técnica se abrazó a la evocación poética. Todo tuvo lugar en un espacio cargado de vino y de historia, donde el aire parecía conservar ecos de otros tiempos.
El brindis final, con copas de Jerez alzadas, fue símbolo de concordia. En cada sorbo se celebraba la continuidad de una cultura que ha inspirado a poetas, pintores y músicos. Se brindaba por el toro, por los jóvenes que se acercan a las plazas, por las instituciones que apoyan, por los maestros que enseñan, por los aficionados que resisten.
Tradición viva
Las VII Veladas Taurinas de Jerez demostraron, una vez más, que la tauromaquia es tradición viva que se debate, se cuestiona y se renueva. Es herencia y es desafío. Es liturgia y es ciencia. Es, en suma, una forma de mirar el mundo desde la verdad del toro y la emoción del hombre que lo enfrenta.
Queda la certeza de que, mientras existan espacios como estas veladas, el toreo seguirá teniendo voz y lugar. Jerez, con su vino y su arte, seguirá siendo tierra de encuentro y el toro bravo, epicentro de todo, seguirá siendo misterio, desafío y espejo de lo que somos. Así terminó la séptima edición de las veladas, con la convicción de que el futuro solo se gana si se cuida el presente, si se honra el pasado y si se da voz a quienes, desde distintos ámbitos, construyen un relato común. En ese relato caben la ciencia, la memoria, la emoción y el brindis compartido.
